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 Introducción

 

Ya llega la Primavera y, como todos los años, cuando llega «a Antequera la cruza un ramalazo de dolor», que dijo el eximio poeta y pregonero.

Las calles de la ciudad se aprestan a ser testigo de los desfiles procesionales dispuestos por las cofradías antequeranas, un año más, para cumplir con esa parte de sus fines. Por supuesto que todas y cada una de ellas se empeñarán en hacerlo de la mejor manera posible. Falta hace en estos momentos clave de las Cofradías y Hermandades, de las procesiones.

Coinciden los sociólogos en señalar cómo en los sitios en que se empeñaron en no hacer compatibles Religión con Ciencia y Progreso, en los sitios en que el Materialismo se quería imponer a las Humanidades, se está registrando una vuelta clara al pensamiento cristiano. ¿Ocurre lo mismo en España, en Andalucía, en Antequera? O, como en tantas cosas andaremos un tanto retrasados y, por tanto, habrán de pasar unos años para que aquí ocurra como en otras partes?

Si las procesiones van a ser sólo eso, procesiones, desfiles con tronos y cuerpos procesionales, bandas de música y lucimiento, estaremos dando la razón a quienes las critican, a quienes ponen en duda lo que realmente son. Se habrá cumplido aquel objetivo de la Edad Media de tratar de conmover al espectador con una materialización, en las imágenes, del sufrimiento de Cristo y María, la Madre; pero, ¿ahí queda todo?

Hay quienes señalan, y quienes nos lo recuerdan en cada ocasión que tienen, que se cofrade es ser «procesionero», sacar una procesión o participar en ella... Hacer o ir en la procesión es hacer una protestación de Fe, de las creencias que ello conlleva, pero esto debe durar mucho más que las tres o cuatro o cinco horas que dura la procesión; esto debe llevar parejo hacer esa protestación, esa proclamación de fe, cada día de la vida, demostrando que se sigue siendo cristiano después de quitarnos la túnica, el capirote, el chaqué o el traje oscuro, la mantilla o el velo.Llevar todos la misma túnica, el mismo color, equivale a decir que estamos unidos en ese sentimiento. Pero... ¿lo mantenemos en nuestro comportamiento diario? De la misma forma que se nota, por nuestra túnica, que somos cristianos que hacemos una procesión, ¿se nota también en nuestra vida diaria? ¿Demostramos seguir el mensaje de Cristo cada día de nuestra vida? ¿Tenemos esa caridad en la que Él resumía sus mandamientos? Si así es, seremos auténticos cofrades; si no, utilizaremos un disfraz que no es sino una ropa, un vestido que engaña a quien nos ve, simulando ser una cosa distinta a la que realmente somos.No sabemos lo que se hablará en una Agrupación que da la sensación de estar desunida, de no ponerse de acuerdo, en temas como los de evitar la coincidencia de fechas en los horarios de cultos cuaresmales, por citar algo evidente. Pero nos imaginamos que habrá quien ponga los dedos sobre las llagas de nuestro comportamiento y nos diga que procesiones sí, pero haciendo testimonio de lo que ahora proclamamos -y presumimos- cuando termine la procesión gloriosa del Resucitado, hasta el año que viene. En que se cumplan esos objetivos, va a radicar que las procesiones tengan sentido y no sean sólo, como las ven algunos, momentos tradicionales, culturales o artísticos. ¿Nos explicamos?

Por supuesto, vaya por delante la felicitación y el agradecimiento más sinceros a cuantos mantienen esa herencia del pasado, en la seguridad de que lo van a hacer lo mejor posible, de que se han entregado a ello con ejemplar dedicación y altruismo... pero no olviden eso que nos recuerdan a diario desde tantos sitios.


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