Cuando miramos hacia nuestro interior vemos las
cosas de otra manera, de otra forma, reflexionamos y comprendemos muchas
aspectos que desde el exterior son completamente diferentes. Desde hace
un año le doy vueltas a ese mirar que tienen muchas personas
con respecto a la Semana Santa de Antequera.
Si miramos desde fuera podemos ver grandes tronos, verdaderas riquezas
artísticas que tenemos las suerte de conservar y poder pasear
por las calles estrechas y repletas de personas de nuestra tierra. Desde
fuera todo es muy bonito, maravilloso.
Si lo es desde fuera, se pueden imaginar cómo puede ser desde
dentro. Si creen en esto que les voy a decir, descubrirán que
todo tiene su verdadero sentido, significado y que lo bonito es impresionante
desde su interior.
Desde que comienza el Miércoles de Ceniza, la Cuaresma, marca
un camino lleno de trabajo para todas las personas cofrades que esperan
con inquietud ese día, en el que su Señor o su Virgen
salen a la calle.
Desde ese día parece que las miradas de esas personas tienen
un brillo muy especial. Fíjense en alguien cercano que viva desde
dentro el sentir cofrade antequerano, que sienta de verdad que ese trabajo
que realiza merece la pena, y que hay que luchar por él. Miren
cómo sus ojos se iluminan como nunca. Y es que los sentimientos
que le rodean es la sangre que les anima a vivir.
Todo son prisas, agobios, no hay descansos, horas y horas, discusiones,
estrés, todo hay que compaginarlo con el trabajo, con la familia
que también se vuelca en estos días. Preparativos, fallos
de última hora, nadie es perfecto, siempre hay algo que se escapa
al ser humano. Y se preguntarán si tanto sacrificio merece la
pena. Ellos también se lo preguntan todos los años, cuando
cada Domingo de Ramos les tiembla el corazón al ver salir su
imagen. Merece la pena, lo digo con la boca llena, porque lo siento
así y lo he visto, lo he vivido, y es así de simple.
Cuando te levantas por la mañana parece que todo es un sueño,
piensas que el día que tanto esperabas aún está
muy lejos, y sin embargo está a unas horas de ese café
que te tomas a toda prisa. Vas a la iglesia, y todo parece un milagro,
por fin estás delante de tus imágenes. La gente pasa por
tu lado, y tú ni los ves, sólo te fijas en ellos. Por
ellos has luchado durante 365 días, por ellos te sacrificas,
y por ellos estás aquí. Lo miras todo detalladamente,
no das un respiro a tu mente, ingeniando cómo pude ser el año
que viene, aunque este año aún no haya terminado.
Ese sentimiento es único, es irrepetible, y cada año es
distinto al anterior. Así de sencillo y difícil a la vez,
la vida de un cofrade está llena de enigmas y de sorpresas, y
sobre todo está llena de fe. Porque es fe lo que le lleva a hacer
esto.
Y no por estar ahí va a estar más cerca del cielo, jamás
pretenden eso, ni son más santos que nadie, ni más beatos,
ni más buenos, simplemente hacen lo que sienten, simplemente
hacen lo que para muchos es una locura. Pero muchas veces, esa locura,
algunos la necesitarían para que sintieran de nuevo la vida,
que se les va de entre las manos y sin saber cómo.
Es una mirada muy especial a nuestra Semana Santa, es una mirada que
a todo el mundo se le escapa, nadie les presta atención a ellos
cuando durante la Vega sufren como nadie, y otros sólo miran
desde fuera, desde el exterior, siempre desde el exterior.
Esos ojos hacen posible que cada mirada de este pueblo antequerano se
fije en cada una de sus imágenes, en sus rostros, en sus manos,
en sus mantos, en sus coronas, en su CRUZ.
Ésa es la Semana Santa, la que viven los cofrades de Antequera.
Si alguna vez quieren ver lo que no ven ahora, y descubrir esto que
les estoy contando, acérquense por cualquiera de sus iglesias
por la mañana, temprano, cuando sólo unos pocos están
allí. Simplemente observen y escuchen el silencio, déjense
llevar por el olor a incienso y vean desde el interior, con sus ojos,
con su mente, con su corazón, el trabajo de un cofrade.
LORENA SÁNCHEZ DEL RÍO