Entrar por sus puertas es como viajar al pasado. Están allí con su nombre, no te responden, pero sientes que sí lo hacen con una mirada, un gesto, una flor, un besar la mano para rozar su lápida. Es pasear por el Cementerio de Antequera, en la fiesta de Todos los Santos y Difuntos o durante cualquier día del año.

Cuando te crees ser el más desgraciado de las personas por lo que estás allí, sólo precisas parar un momento, esperar, observar, sentir y mirar quién pasa por allí y sabrás su historia.

La hija que es bastón de su madre que visitan la tumba del abuelo. El respeto, la fidelidad, el querer de tantos años siguen presentes. Ella, la mujer mayor, señala con orgullo la lápida del nicho de su marido. Ella, la hija, admira su capacidad de amar, ya hayan pasado veinte años de su pérdida.

Miras el reloj y bajan dos hermanos. Ella, la mayor, llama a su madre para preguntarle dónde están los abuelos, quien le indica con su forma de hablar. Él, el hermano más pequeño, se deja llevar por su intuición y señala por dónde han de tirar.

Pasas de patio y buscas las tumbas en soledad, aquellas que siempre te señalan el camino. Entre ellas las de don José María Fernández, el hombre que amó a esta tierra, pese a que esta tierra no le despidió como se merecía. Pero allí está él, orgulloso, enseñando todo lo que hizo por y para esta tierra.

Llegan los monumentos de las guerras, de las batallas de odio, y sin quererlo, un hijo y un nieto, de uno y otro lado de la línea de fuego, se saludan, con un gesto. Uno lleva un clavel rojo, otro una margarita blanca. Les cae un lágrima. Son días donde no hay vencedores, hay derrotados. La muerte no entiende de claveles ni de margaritas.

Ahora toca estar solo y aprender del corazón leyendo lápidas, dedicatorias. Aquel angelito que se fue antes de tiempo, el retrato de los abuelos, abrazándose, para que el recuerdo siga presente, aunque ya no haya quien les lleve flores y deje la lápida la más brillante del lugar.

Y pasas por la zona de los panteones. Ya no dan miedo, te vas haciendo mayor, ves a ángeles, imágenes de la Virgen, nombres y apellidos del ayer, rejas cerradas esperando que alguien las abra para visitar, ya que la familia se rompió y se fueron de esta tierra o dejaron de tener sucesores.

Luego está el panteón de las vergüenzas, donde están los bisabuelos y abuelos, pero los hijos y nietos abrieron fronteras en la fusión de apellidos, de cariños, de amor, convertidos en esa distancia de la que es soberbio el hombre y nada más que él.

Entre una plaza y otro patio, núcleos de nichos a los que el tiempo les pasa factura y se trasladan, por lo que no encuentras a esa persona, esa frase, esa imagen que te guiaba en tu caminar. Momento de ver al amigo, al que dejas en su soledad. Está hablando con su hermano. Duda si hacerlo, pero lo realiza. Busca la escalera, se sube y besa el nombre de su eterno hermano.

Bajas a la nueva zona de ampliación, entre fotografías de Semana Santa convertidas en lápidas, mosaicos, azulejos y recuerdos de tantas generaciones. Algunas de ellas las que captaste en sus procesiones. Y de calles sombrías a anchos caminos con arriates, verde, árboles, agua, bancos y los nuevos nichos. De la sombra al calor intenso de esta zona de ampliación de la ciudad en silencio.

Y aún palpas el llanto: es la zona de los últimos enterramientos, también la de las nuevas columnas de restos y cenizas. Coronas recién puestas, otras en otoño, huecos libres esperando la llegada de quien aún vive, pero no sabe que será el próximo...

¡Habrá mayor dolor que pasar por la zona de los muertos del último año! A quienes no se les dejó ni estar acompañados de su familia en las últimas horas ni en el momento del sepelio. Ahora están al aire libre, en la zona con más luz del Cementerio. Te acercas, con cautela, fueron los mártires de la pandemia. Allí quedan para siempre. Aún queda esa rosa marchita, esa visita de su mujer, su hijo, su amigo, su compañera...

Allí el marido, sigue desconsolado, no se lo cree. Al nombre e imagen de una Virgen decide colocar un pequeño retrato de su esposa para que vean lo guapa que fue. Al lado, el amigo que llora la muerte repentina de su alma gemela, cuyo rostro se convierte en una pesada cruz.

Te cruzas con esa mujer que apenas te saluda, pero le preguntas dónde está él, y te lo señala, en la parte alta de la nueva calle, donde el sol apenas te deja levantar la mirada. Y entre tanto, la familia rota, con el ramo de rosas más grande que había en la floristería, para intentar decirle lo que lo tienen en falta.

Y es cuando te muestras como eres, sin las tonterías del día a día que nos llevan a mostrar quienes no somos: odio, venganza, envidia, malas personas... porque al final queda tu nombre, tu recuerdo y lo bueno que eras, el bien que dejaste. Y la pena de tu familia.

Ya no podrá el abuelo ver al nuevo nieto, la madre ver crecer a sus hijos, el esposo acompañar a su hija a la Primera Comunión, la madre besar a sus hijos, el hermano tomarse esa cerveza que no se tomaron, el amigo decirle lo que le había ayudado, el vecino lo que le había acompañado...

Es el viaje por las calles del Cementerio, donde al salir, te encuentras con una capilla abierta, donde la inocencia de los que no están se refleja en figuras del Niño Jesús, cuadros con las imágenes que tanta devoción le tenían, flores que se postran ante el altar que se convierte en pórtico del cielo.

Y dices adiós al Cementerio, donde no tienen que guardar distancia, no ponerse mascarilla, porque su pandemia es no poder abrazarte, besarte, quererte en persona como lo hicieron en vida. Y para eso no hay vacuna.

Quizá si se valorara lo que se siente en ese lugar, se viviría más y mejor, nos prepararíamos para cuando nos toque ese viaje que vendrá. Quizá así la soledad y tristeza de los camposantos se transforme si conseguimos vivir valorando lo que tenemos y queremos y no lo que deseamos y malgastamos.

Nos vamos, pero se quedan las nuevas personas que quieren recordar de una manera diferente, especial, a esa persona cuyos restos quedan allí, sin vida. Son como ese piso vacío, esos retratos del ayer, esos objetos que no tienen sentido ni transmiten porque no está su alma para darles sentido y vida. Es lo que sientes al pasear por el Cementerio, en el Día de los Santos, de los difuntos... como también se vive cualquier día del año en el lugar sagrado entre los Dólmenes y la Peña de los Enamorados de Antequera.

 
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