En el acervo popular de sitios de la ciudad están nombres que surgen que no vienen en el callejero, pero sí en el uso diario. Entre ellos: “La Estrella” en San Agustín, “La Negrita” en San Luis o en el caso de este artículo “Villodres” en la confluencia de Calzada con Diego Ponce y San Francisco.

Es la demostración de lo que para el pueblo significa un espacio como esta farmacia que abrió sus puertas en 1921, aunque lo hizo inicialmente en el número 29 de calle Calzada, donde hasta hace poco estuvo Modas Gámez, trasladándose poco  después al actual edificio que es punto de encuentros en la ciudad. En él conviven la tercera y cuarta generación con la que compartimos sus vivencias en este reportaje.

Todo comenzó en una panadería de Archidona donde los dueños quisieron que su hijo, José Villodres Cano, estudiara Farmacia en Granada para poder regentar una farmacia propia que estas páginas anunciaba que abría en febrero de 1921 en Antequera, como así lo hizo.

Inicialmente se denominaba “Farmacia Central Villodres”, como recogen los albarelos que conservan, los frascos pequeños donde guardaban elementos químicos o naturales con los que realizaban esos remedios caseros que hicieron tan célebres a las boticas.Conversamos con María Dolores Villodres Ramírez, su marido Antonio Álvarez de Cienfuegos López y sus hijos: Enrique y Marina. Ante la vista de la calle Calzada, entablamos una conversación donde nos comparten la historia del fundador, el paso de los años y cómo ha pasado la botica a ser una farmacia donde las familias son clave para mantener el nombre y el sitio que legaron y llegar a cien años.

“La gente viene a que le escuchen, creemos que no se les presta la atención que deberían en los centros sanitarios, con un tiempo mínimo. Aquí nos plantean sus inquietudes, dolencias y dudas y nosotros les ofrecemos o aconsejamos una solución según el caso”, subraya María Dolores en lo que entiende debe ser el papel del farmacéutico. 

Su hijo Enrique apunta la transformación con el paso de los tiempos. “Por suerte, se regula y vigila que no se consuman sin control los antibióticos como se hacía hasta hace poco sin orden ni sentido común. El médico de cabecera tiene que mandarlos y nosotros pedir la receta por el bien de todos”.

Agradecen la confianza de su clientela que va pasando por su mostrador, aunque el mejor cliente es “la Seguridad Social, el SAS, que es quien nos paga las medicinas que damos por las recetas a ningún coste o con descuento, dependiendo del usuario”.

“Las farmacias son de los pocos establecimientos por los que pasa todo el tejido social de una ciudad y que junto a los supermercados y servicios fúnebres, nunca dejarán de utilizarse por ser esenciales”, nos expone Enrique.Actualmente abren de 9 a 21 horas de lunes a viernes, y los sábados de 10 a 13,30 horas.

“Con el cambio de horarios, nosotros hemos establecido no cerrar a mediodía al ser una zona de paso y facilitar la hora de nuestro clientes”.

 

Cuatro generaciones desde 1921 hasta hoy

Del fundador, su nieta María Dolores destaca que “era una buena persona, atendía a quienes acudían a él. Mi madre recuerda que era ‘tan bueno que se decía: Ve a Villodres que allí te lo dan’. Fiaban mucho porque la gente necesitaba medicinas”.

Como curiosidad, la fachada del actual edificio guarda aún metralla tras el asalto en los años 30 que se hizo a una armería que había en frente, desde donde dispararon al salir y llegó a su casa.El nombre del fundador está relacionado también con la fundación de varios partidos de izquierda, según nos expone su bisnieto. Desgraciadamente fue fusilado a comienzos de la Guerra Civil en Antequera por sus ideales políticos. Antes, se casó con Dolores Podadera Hidalgo, con quien tuvo tres hijos: José Villodres Podadera, que fuera cónsul en Guatemala y nefrólogo; Antonio que fue militar y pediatra; y Manuel, farmacéutico.

Manuel Villodres Podadera fue el hijo que se hizo cargo de la farmacia. Se casó con Ana María Ramírez Durán, quienes tuvieron siete hijos: María Dolores, farmacéutica y actual titular de la farmacia;  Ana María, bióloga; María Jesús, asistente social; José Manuel, informático; Virginia, maestra de educación especial; Teresa, maestra; y Antonio, veterinario.María Dolores se casa con Antonio Álvarez de Cienfuegos López, farmacéutico también al que conoció al estudiar la carrera en Granada.

Casualidades de la vida: las madres de ambos eran amigas de juventud y compartieron que sus hijos se habían enamorado, pero sin saber que era entre ambos. De ellos surge la cuarta generación: Enrique, boticario, psicólogo y cocinero; y Marina, farmacéutica.

Marina expone: “Nosotros seguimos con las directrices que nos marcaron nuestros bisabuelos y abuelos y que ahora nuestros padres nos han dejado: atender siempre a lo que necesitan los clientes”.

Son muchas las anécdotas que tienen: “¡Qué te decimos! Lo peor que tenemos son las inundaciones desde que se les ocurrió la última remodelación de la zona. Caen cuatro gotas y el agua nos entra a nosotros y los vecinos. Hay de todo en nuestro día a día, desde los que se marean aquí y les tenemos que atender, el día que nos robaron al cerrar por defunción, las curas que se hacen cuando alguien entra con una herida o algunos nombres con los que citan algunas medicinas...”.   

Concluye María Dolores agradeciendo: “Estoy orgullosa que mis hijos sigan haciendo lo que mis abuelos y mis padres nos enseñaron: atender a la gente que viene”. Mientras que su hijo Enrique desea: “Seguir dispensando y no vender, tiene que primar el carácter sanitario al comercial”. Otra centenario negocio familiar.

 

 

 
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