El Museo Conventual de las Descalzas de Antequera es una de las instituciones culturales de mayor singularidad de la comunidad de Andalucía, tanto por el alto valor de sus colecciones como por la concepción museológica del mismo.

Fue creado por decisión de la propia comunidad de carmelitas descalzas y previa autorización del obispo de Málaga, aunque tardaría algunos años en hacerse realidad debido a la falta de medios económicos y a la dificultad para ser ubicado en una zona del recinto monástico que no afectase al vivir cotidiano de la clausura de las monjas. 

Finalmente se optó por llevar a cabo su instalación en una serie de dependencias semiabandonadas, localizadas en una segunda planta y alrededor de la capilla mayor de la iglesia y de las galerías del llamado claustrillo, éste en realidad un patio columnado de una antigua casa noble del siglo XVI incorporada al convento en el momento fundacional (1). Para ello hubo que transformar en puerta de acceso a la zona una alacena de la sacristía exterior de la iglesia y construir de nueva planta una escalera de subida a las dependencias elegidas en las que se dispondrían las diferentes salas expositivas. Las obras de adecuación, llevadas a cabo en diálogo constante con la entonces superiora madre María Victoria de San José, fueron financiadas por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, la entidad Unicaja, el PRODER de la Comarca de Antequera y el propio Ayuntamiento de la ciudad, quien a través de su Delegación Municipal de Patrimonio Histórico dirigió todo el proceso. El día 16 de octubre de 1999 quedaba inaugurado el nuevo Museo Conventual, por lo que en el presente año se ha cumplido el veinte aniversario de su apertura a la visita del público. Seis años después, el 23 de diciembre de 2005, se añadía al Museo una nueva sala con la intención de instalar en la misma un Nacimiento o Belén en el que poder incorporar la interesante colección de figuras andaluzas de terracota de los siglos XVIII y XIX, que las monjas guardaban con mimo en cajas, así como el Misterio de origen quiteño del artista Manuel Chili llamado Caspicara (2).

En esta nueva sala se expusieron, asimismo, otras importantes piezas artísticas escultóricas y pictóricas relacionadas con el ciclo de la Natividad de Jesús. Destacan entre ellas el magnífico grupo escultórico de la Virgen de Belén, que atribuimos hace algunos años al sevillano Pedro Duque Cornejo, en el que se representa de tamaño natural y medio cuerpo la elegante figura de María envolviendo con una sabanita el cuerpo desnudo del Niño Jesús. También se expone en esta sala una pieza que es emblema icónico de este Museo Conventual, como es el Niño Jesús Pastorcito del maestro murciano Francisco Salzillo, que nos sorprende con su rostro encantador, de grandes ojos enmarcados en sus finos párpados, nariz menuda, así como con el tratamiento de las masas del cabello rubio, fundido en la frente con sinuoso peleteado a la manera de los barristas napolitanos (3). Carácter más popular tiene el grupo de Las Jornaditas de Belén, con figuras vestideras de tamaño menor en madera policromada de San José de pie y María embarazada subida en un burro de pasta vegetal, vestidas de ricas telas y expuestas en una sencilla vitrina antigua de madera y vidrios o cristales con aguas. Otros contenidos de esta Sala VI corresponden a una colección de instrumentos musicales de percusión (panderos, panderetas, zambombas, castañuelas...), que en siglos pasados utilizaban las monjas para cantar villancicos en Navidad. Y, como aportación del siglo XX, una amplia colección de cabecitas de barro policromado, realizadas por José Romero en 1980, que en su día fueron concebidas para un belén de inspiración napolitana y que muestran en sus formas y expresiones la influencia de los imagineros neobarrocos sevillanos de la segunda mitad del siglo XX, como es el caso del artista Francisco Buiza, discípulo de Sebastián Santos.En el apartado pictórico destaca en esta sala el lienzo El Hogar de Nazaret, de reciente incorporación a la colección permanente del Museo mediante el sistema de donación, obra de escuela andaluza del siglo XVII que respira ciertos aires venecianos (4). Otros lienzos de interés del siglo XVIII son dos pinturas de formato apaisado y tamaño menor que representan a la Sagrada Familia en una visión amable de su vivir cotidiano: San Juanito jugando a asustar al Niño Jesús y La Virgen lavandera ayudada por los ángeles a tender la ropa, obras de un anónimo pintor antequerano que echó mano de conocidas composiciones.

 

El diorama del Nacimiento

Durante una visita que realicé en agosto de 2000 a la ciudad de Nápoles, me sorprendió, al recorrer las dependencias de la Basílica, Monasterio y Museo de Santa Clara, una espectacular instalación, tipo diorama, de un magnífico Presepe Napolitano con numerosas figuras del siglo XVIII. Rápidamente me vino a la mente la posibilidad de hacer algo parecido en el Museo Conventual que un año antes habíamos inaugurado en Antequera, solo que con las figuras antiguas de terracota que las monjas descalzas guardaban en cajas. El problema era dónde montarlo y cómo sería el espacio escenográfico que tendríamos que recrear, ya que las salas abiertas al público estaban ocupadas con adecuado equilibrio. La solución partió de las propias monjas de la comunidad, quienes, entusiasmadas con la idea, decidieron añadir al Museo un nuevo espacio de las dependencias conventuales, situado junto a la Sala de Santa Teresa (hoy Sala VII). Aprovechando un lateral de la nueva sala, cubierto con un tejado en pendiente, se planteó crear un espacio específico en el que instalar el Nacimiento permanente. El diorama de nueva creación tendría una escenografía en la que ofrecer al visitante, a través de una embocadura a manera de escaparate acristalado, un ambiente en el que se conjugarían formas, perspectivas y luces para fingir lejanías, cielos, alturas y profundidades, al tiempo que –mediante la correspondiente instalación eléctrica– se simularían en un espacio temporal no demasiado largo, las diferentes luces del día: amanecer, claridad, atardecer y noche.

 

El tema elegido para la escenografía del diorama fue la propia ciudad de Antequera, destacando de la misma las torres y murallas de la Alcazaba y la Medina, desde el Arco de los Gigantes hasta bajar, por el lado derecho, hacia el arrabal o barrio de San Juan y el curso del río de la Villa. A la derecha del ‘paisaje’, en un primer plano, se planteó una portada de carácter monumental y barroco, algo deteriorada, como frente arquitectónico del portal ocupado por el Misterio. Esta ubicación cercana al espectador obedeció al mayor tamaño de las figuras de Caspicara y para que éstas pudieran ser contempladas con mayor facilidad por el visitante. Con evidente libertad interpretativa del lugar representado, se optó por situar la gruta de la Aparición del Ángel a los Pastores debajo del cerro de la Alcazaba, mientras que el Palacio de Herodes, simulado en una pequeña estructura arquitectónica columnada del siglo XVIII de madera dorada y policromada, se situó en la falda de lo que pudiera ser el más alejado cerro de San Cristóbal. El aspecto reproducido de la Alcazaba, concretamente en el frente norte (Arco de los Gigantes-torre del Homenaje), corresponde a la imagen dieciochesca que del mismo refleja el cuadro de La Epidemia, que en realidad es un exvoto de grandes dimensiones ofrecido a la Virgen del Rosario de la iglesia de Santo Domingo de Antequera. En éste podemos identificar el citado Arco de los Gigantes, las Casas de Cabildos, la Casa del Corregidor, la fuente renacentista (hoy en la plaza de San Sebastián). la torre de la Cisterna, la torre del Homenaje y el Muro de las Almenillas que sostiene y contiene el espacio de la llamada plaza Alta. Todo ello quedó reproducido en la maqueta que ocupa el diorama (5).  Para llevar a cabo el montaje de la escenografía se utilizaron variados materiales, fundamentalmente madera, escayola, papel, alambre, tela metálica, estopa, corcho, ramas secas, serrín y pintura acrílica. De su ejecución material se encargaron Antonio García Herrero, escultor en piedra y madera; Rafael Ruiz de la Linde, licenciado en Bellas Artes (Restauración); y José Carlos Capella, maquetista, siguiendo el diseño previo de quien escribe. La portada arquitectónica del portal de Belén, que reproduce el palco presidencial de la plaza de toros de Antequera, fue realizada en su base de madera por la empresa Comercial del Bricolaje. Ya estaba recreado un espacio mitad urbano y mitad rústico, que evocaba una Antequera antigua y en parte imaginada, para colocar en el mismo la colección de figuras de barro cocido y policromado que a lo largo de los siglos las monjas habían utilizado para montar diferentes Nacimientos, en distintas zonas del convento, durante los días de Navidad.

También se incorporaron otros elementos de atrezo antiguos como árboles artificiales con frutas fingidas o útiles domésticos de hierro (sartenes, candiles...). Pero, sin duda, lo que más llama la atención del visitante son las dos coronas reales cerradas de espléndidas proporciones, realizadas en plata de ley, que portan en sus cabezas las imágenes de la Virgen y San José; María por ser reina de los Cielos y José por pertenecer a la estirpe del rey David, aun cuando él era carpintero de oficio.

 

El Misterio de Caspicara y las figuras de barro

No cabe duda que entre las numerosas figuras que pueblan este Nacimiento destacan las que componen el Misterio: la Virgen, San José y el Niño Jesús. Se trata de unas esculturas en madera tallada, dorada y policromada, con mascarillas de plomo y ojos de cristal, pertenecientes al obrador del escultor quiteño Manuel Chili (1723-1796), más conocido como Caspicara (6). Este importante artista de raza indígena de la escuela novohispana, educado en su infancia por los jesuitas y formado profesionalmente en los talleres quiteños de los escultores Diego de Robles y Bernardo de Legarda, fue artista de prolífica obra hoy muy repartida por iglesias, conventos y museos de la ciudad de Quito, que en el pasado perteneció al virreinato del Perú, así como por diferentes países de América del sur y de España. Como tantos otros artistas de su tiempo murió de avanzada edad, en la mayor pobreza y recogido en un hospicio.

 

El Misterio que nos ocupa de este Museo Conventual antequerano, particularmente las imágenes de la Virgen y San José, responde a un modelo muy definido que Caspicara repitió en varias ocasiones y que toma algunos detalles de su maestro Bernardo de Legarda, particularmente en los estilemas del rostro de María, tan parecido al de las Vírgenes Aladas de este artista quiteño. Citemos como ejemplos de Caspicara el Misterio conservado en el convento del Carmen Alto de Quito (6),  el muy conocido del Metropolitan Museum of Art de Nueva York o el de las monjas jerónimas del monasterio del Corpus Christi de Madrid (conocidas como las Carboneras). A idéntico modelo responde el Misterio del Museo de América de Madrid, aunque su formalización plástica nos parece una versión de otro artista diferente influido por el arte barroco andaluz. En cualquier caso, en todos los ejemplos citados el personaje protagonista que adopta diferentes modelos y expresiones es el Niño Jesús, muy posiblemente porque a través de los siglos haya sido sustituido por otro diferente al del grupo original (7). 

El resto de las figuras que en la actualidad componen el Nacimiento permanente del Museo Conventual de las Descalzas de Antequera, todas ellas realizadas en barro cocido y policromado, presentan muy diversos tamaños y procedencias. De entre ellas destacan las de formato mayor –personajes vestidos a la usanza andaluza de finales del siglo XVIII– que creemos son manufacturas artesanas salidas de talleres sevillanos de la época. De hecho, estas piezas son muy similares a las que en el año 2006 pudimos estudiar en la clausura del convento de las Teresas (carmelitas descalzas) de Sevilla, que las monjas guardaban en armarios de madera del que llamaban cuarto nuevo.

Otras figuras de tamaño ligeramente menor, como las que configuran el grupo de la Aparición del Ángel a los Pastores o los danzantes parecen, sin embargo, de procedencia granadina o antequerana, aunque en realidad son modelos muy difundidos que copiaban los artesanos de diferentes ciudades andaluzas, ya que estas manufacturas llegaban a los más apartados lugares a través de las ferias a las que acudían los vendedores o mercaderes ambulantes. También debemos observar que junto a los tradicionales ‘pastores’ de cualquier Nacimiento, aquí también encontramos otra serie de figuras de carácter anecdótico, como los soldados con uniformes dieciochescos o canónigos de la Colegiata con sotana negra y bonete. El ángel que sobrevuela la portada barroca del portal, por su parte, parece obra portuguesa, como también lo es el Misterio de terracota con solo las figuras de la Virgen y San José asentados sobre abombadas masas de nubes, que podemos contemplar en otra vitrina de esta sala.

 

El escaso protagonismo que concedimos a la presencia del tema de los Reyes Magos en este Nacimiento conventual obedeció a un hecho objetivo: entre las numerosas cajas de figuras de barro antiguas que manejamos en el momento del montaje permanente solo encontramos un ‘juego’ de Reyes Magos en camellos, de tamaño menor y que, además, era factura de escayola del siglo XX y de carácter semi industrializado. Ello nos obligó a ubicarlos al fondo de una profunda cueva, situada como punto de fuga visual del portal de Belén.

 

 

La restauración de las figuras

Sabido es que muchas de las figuras que conformaban los tradicionales Nacimientos, que se montaban y desmontaban cada año, terminaban por sufrir diferentes deterioros. En el caso de los Nacimientos o Belenes de las colecciones reales –normalmente constituidas por cientos de figuras, en la mayoría de los casos de procedencia napolitana– cada año, y con algunos meses de antelación al montaje, se procedía por artistas especializados a la restauración de las figuras que habían sufrido algún daño. Cuando se trataba de Nacimientos más modestos, de figuras de barro de tipo popular, las roturas significativas y de difícil arreglo suponían su definitiva condena y eran desechadas.

 

En el caso que nos ocupa, cuando en el año 2002 se decidió el montaje permanente del diorama para el Nacimiento del Museo Conventual antequerano, se tuvo que proceder a la restauración de un buen número de figuras que las monjas habían guardado a pesar de que muchas de ellas presentaban las habituales mutilaciones provocadas por su anual manipulación. De la restauración de las mismas se encargó el taller de bienes muebles del Centro Municipal de Patrimonio Histórico de Antequera, bajo la supervisión de la restauradora María Isabel Olmedo Ponce y con la colaboración del escultor Antonio García Herrero. También participaron en esta labor algunas monjas del convento, quienes siguieron las pertinentes indicaciones del referido centro municipal. También debemos indicar que las imágenes del Misterio de Caspicara ya habían sido intervenidas, algunos años atrás, por el artista imaginero y pintor José Romero por decisión de la comunidad carmelita, ya que estas piezas eran utilizadas, hasta el montaje permanente del Nacimiento, en el Belén que cada año instalaban las monjas en la llamada sala de recreación.

 

Conclusiones

El resultado final del proyecto realizado para el montaje del Nacimiento permanente del Museo Conventual de las Descalzas de Antequera ha tenido su valoración con el paso de los años y con la aceptación popular de sus muchos visitantes, circunstancia que se acentúa durante los días de cada Navidad. Su sentido enlaza con lo que fueron los montajes de Nacimientos en las clausuras españolas y virreinales del siglo XVIII, muchos de los cuales permanecían instalados en una estancia específica durante muchos años y sin apenas modificaciones. Algo así pretendimos con este proyecto, aunque evidentemente con una clara componenda de carácter historicista. El esfuerzo compartido creemos que mereció la pena, pues solo en su ámbito adecuado las tradicionales figuritas de barro recuperan el sentido para el que fueron concebidas, en la mayoría de los casos por anónimos artesanos del barro. Es verdad que en este Nacimiento, separado del público mediante el cristal del escaparate de su musealización, no percibimos el olor del musgo de El Torcal antequerano ni el aroma del tomillo de los cerros del nacimiento del río la Villa, porque en cierta medida su naturaleza expresa la fosilización de una tradición de siglos. Pero todo él (paisaje y figuras) nos evoca con claridad una forma de entender y representar la Navidad, tal como estas monjas carmelitas han venido haciendo desde las primeras décadas del siglo XVII. En definitiva, una celebración íntima y gozosa, compartida en comunidad, a la manera como en su día les enseñó Santa Teresa de Jesús, venerando la representación de la Sagrada familia de Belén, con el acompañamiento de las cancioncillas que la propia fundadora abulense componía para la ocasión y que las monjas cantaban con los mismos instrumentos tradicionales de carácter pastoril que aún hoy se exponen en las vitrinas de este Museo.

 

Notas

-1. El convento de las Carmelitas Descalzas de Antequera, dedicado como tantas otras fundaciones de la Orden del Carmen Descalzo a San José, fue creado en el año 1623 bajo el patronazgo de doña María de Rojas y Padilla, una singular dama antequerana viuda ya del regidor perpetuo de la ciudad don Jerónimo Matías de Rojas, que fue caballero del orden de Santiago. Fue la primera priora la madre María Isabel María de la Visitación, que vino con otras compañeras de Baeza, de Sabiote y de Málaga, tomando posesión del nuevo convento y asistiendo a la primera misa el 13 de julio de 1636.

- 2. El apodo por el que fue conocido este artista, que ha llegado con carácter popular hasta nuestros días, parece responder a dos vocablos del idioma kichwas: caspi (madera) y cara (corteza), algo así como cara de palo o cara de madera, sin duda por el color cobrizo de su rostro andino.

- 3. Ver ROMERO BENÏTEZ, Jesús. “Cuatro obras del Patrimonio Artístico de Antequera en Las Edades del Hombre 2015”, El Sol de Antequera, Antequera, 2016, pp. 136-138; ROMERO BENÍTEZ, Jesús. “Niño Jesús Pastorcito”, Catálogo Exposición Teresa de Jesús. Madre de Oración, Las Edades del Hombre, Ávila, 2015, pp. 228-229.

- 4. ROMERO BENÍTEZ, Jesús. “El Hogar de Nazaret”. Catálogo de la Exposición Últimas incorporaciones a la Colección Permanente del Museo Conventual de las Descalzas, Antequera,2019, pp. 18-19.

- 5. El cuadro de La Epidemia, ubicado en la nave de la Epístola de la iglesia de Santo Domingo de Antequera y junto a la capilla y camarín de la Virgen del Rosario, hace referencia a la gran calamidad sufrida por la ciudad de Antequera el año 1679, aunque el actual lienzo es una sustitución del siglo XVIII y en el mismo se reproduce con bastante fidelidad la ciudad en esta centuria.

6. VALIÑAS LÓPEZ, Francisco Manuel. “El Belén ante Misterio del Arte (II). Notas para el estudio de sus contenidos y mensajes iconográficos”, Cuadernos de Arte, Granada, 41, 2010, pp. 303-320.

- 7. El Niño Jesús del Misterio de Caspicara del Museo Conventual de las Descalzas de Antequera en concreto presenta un tamaño algo mayor que el que en lógica proporción le correspondería. Algo que nos lleva pensar que pudiera ser de otro escultor.

 

 

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