”Son dos mundos que están muy unidos entre sí, y a mí también me llegaron las dos cosas muy unidas, porque he sentido una especial admiración por el toro como animal desde niño, y con el paso del tiempo fui acudiendo a las corridas con mi padre a la Feria de Agosto de Antequera. Con respecto al flamenco fue muy parecido, que yo recuerde, empecé a escucharlo con 9 o 10 años, y mi cantaora era La Paquera de Jerez”, señala Francisco López.

 

Según recuerda, “me ha pasado una cosa muy curiosa tanto en el mundo del toro como en el del flamenco, y es que en los dos me he metido por una decepción. Empezando por el flamenco, hubo un momento con 16 o 17 años en los que estaba de moda los Beatles y decir que te gustaba el flamenco era algo de cateto o antiguo. Yo ya estaba estudiando en Antequera, en el Instituto Pedro Espinosa, y era una época en la que estaban los conjuntos musicales como los Fénix o los Gansos, que eran los que había. Entonces, si decías en ese ambiente que te gustaba el flamenco te la podían dar en el mismo lado, y predominaba claramente la música inglesa. En el año 73 o 74 acudí a un festival en mi pueblo, Villanueva del Rosario, donde estaba cantando Arrierito de Colmenar y estaba haciendo un cante que me estaba pellizcando y tuve la necesidad de saber qué era. Pregunté a todos los que estaban a mi alrededor y nadie lo sabía, y eso me decepcionó tanto que me dije que tenía que aprender de eso, que no podía volver a pasar”. Inmediatamente, “me compré un tocadiscos y una antología de cante flamenco que, sin saberlo y sin que nadie me dijera nada, era una de las mejores que se han grabado en todos los tiempos”.

Con los toros “me pasó lo mismo”. “Desde el año 1985 acompañaba a mi querido y recordado amigo Ángel Guerrero a la plaza de toros de Málaga porque él retransmitía la Feria para Radio Torcal FM. Lo traía en mi coche y él me daba un pase de callejón de técnico de sonido, lo que era todo un orgullo y un privilegio. Luego, en el año 1986, coincidió que visité por primera vez una ganadería en el campo con un tío mío. Yo tenía la noción de que cada ganadería tenía su hierro para marcar los toros, pero me sorprendió un cercado con muchos animales con distintos hierros, algo que me descolocó. Resulta que estábamos nada menos que en la finca El Toruño, la finca estrella de Guardiola, que tenía cuatro hierros distintos. Así que me pasó lo mismo que con el flamenco: me dije, yo de esto tengo que aprender”. “Una cosa te lleva a la otra, estudias, ves y, así empezó todo”, añade.

Todo lo que fue aprendiendo “me encantó, comenzando por ir distinguiendo los palos del flamenco para que no me sonaran todos igual, que es un error que le ocurre a mucha gente y por eso le parece aburrido. Lo primero es distinguir una seguiriya de una soleá o una malagueña de una bulería, y cuando lo aprendes quieres más, y descubres que dentro de los palos cada cantaor crea su propio estilo, creando su escuela. Antes no existían tantas grabaciones como ahora, y el cante se transmitía de boca a boca, por lo que cada uno lo hacía a su manera, como él lo sentía”. También destaca que “el flamenco te mete en la literatura, en la poesía española”.

Tanto en el cante como en el toreo existe el ‘purismo’. Para Paco López, sin embargo, “es un concepto demasiado amplio o poco definido, porque para mí lo que es puro, a lo mejor para otro no lo es. Es algo bastante subjetivo, pero lo que está claro que a mí me gusta un determinado cante o un determinado toreo, que probablemente coincida con lo que se viene a definir como puro”. A este respecto, reflexiona “sobre dos conceptos del toreo con los que yo no comulgo, que es el de torista o torerista. Para mí, el buen aficionado a los toros no puede ser una cosa u otra, tiene que ser las dos cosas a la vez. El gran crítico taurino Gregorio Corrochano decía que el que va a los toros y solo se fija en el torero, se pierde la mitad”.

Dos mundos en crisis permanente

Paco López niega que el toreo y el flamenco estén constantemente en crisis. Sobre su situación actual, expresa que “a la gente parece ser que ahora le ha dado por el flamenco, y ha sido nombrado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, que es algo muy rimbombante. Pero el flamenco siempre ha estado muy mal visto, porque ha sido cosa de borrachos y de juerguistas. Era una manera de que la gente en aquellos tiempos expresara cantando lo que no le dejaban decir. Por eso se le canta a cualquier sentimiento del ser humano, al amor, al odio, a los celos, a la vida, a la muerte...”.

“También se ha dicho que el flamenco siempre ha sido muy machista, y yo no estoy de acuerdo, porque la mujer siempre ha tenido y tiene un papel predominante en sus diferentes facetas, y se les ha cantado como madre, hija, esposa o novia”. Por esos condicionantes, el flamenco siempre estuvo mal visto.

En el caso de los toros, sin embargo, el proceso es inverso. “El mundo del toro al principio era un acto social, y la mayoría de las ganaderías eran propiedad de la clase alta que lo tenía por prestigio. Este fue el caso del primer Juan Pedro Domecq, que compró la ganadería del Duque de Veragua para promocionar sus vinos, y luego se ha convertido en uno de los grandes referentes de la cría del toro bravo en nuestro país.

Localmente, destaca la importancia de acontecimientos como los que se celebraron este fin de semana, precisamente, en el patio de caballos de la Plaza de Toros relacionados con el flamenco con el espectáculo ‘40 Años’ de Paco Javier Jimeno o la Noche Flamenca que él mismo presentaba. Igualmente, valora especialmente “la labor de concursos como el de Juan Casillas, del que me honro en ser jurado, y que está considerado como uno de los de más solera de toda Andalucía seguro, y probablemente también de España. En las fases clasificatorias es cierto que asiste relativamente poca gente, pero hay que tener también en cuenta que el flamenco ha sido siempre un arte de minorías. El flamenco donde se escucha bien es en lo que se llamaba antes una reunión de cabales, y se decía que tenía entre seis y no más de veinte personas reunidas, alcohol en su justa medida y mucho tiempo por delante”. Podían llegar a durar hasta tres días, durmiendo donde se podía, “por lo que había que tener mucha afición para aguantarlas”.

Eso, hoy en día, lo han sustituido en parte las peñas, “y se ha vuelto un poco a la reunión de cabales, y de hecho en Antequera tenemos una peña de la que soy socio que se llama Fernando Terremoto, y cuando podemos nos traemos a un cantaor y un guitarrista y echamos el día con ellos y disfrutamos muchísimo”. Por allí han pasado artistas de la talla de Nano de Jerez, Fernando de la Morena, Vicente Soto ‘El Sordera’, Rancapino padre e hijo o Jesús Méndez.

“A mí lo que realmente me gusta de eso no es ya lo que escuchas, porque cantan para una reunión muy reducida, de 10 o 12 personas, sino todo lo que te van explicando y sobre todo el rato que echas con ellos, las cosas que te cuentan y sus vivencias, que son muy enriquecedoras”, añade López.

Con respecto a los cantaores locales, reivindica que “la Niña de Antequera era una gran cantaora, pero le pasó como a Juanito Valderrama, que logró el éxito y el dinero a través de la copla. Hoy en día se le conoce fundamentalmente por su famosa canción ‘Mi perro’, más que por los grandes fandangos, las malagueñas  o las colombianas que hacía”.

También valora “al recordado cantaor Juan Casillas, que estuvo luchando y ganó muchos premios en festivales por aquí cerca, pero este mundo, como el de los toros, se necesita de un buen padrino para bautizarse”. Esta misma circunstancia achaca a que Antequera no haya tenido una gran figura del toreo a lo largo de su historia; a pesar de haber contado con matadores muy meritorios: “El éxito y el dinero no llega por la chimenea, hay que ganárselo, pero te tienen que dar la oportunidad de ganártelo”, indica para señalar que a algunos de ellos les ha podido faltar un buen apoderado que lo haya puesto en las grandes ferias para demostrar su valía.

“Es igual de difícil que salga una figura del toreo que una figura del cante”, asegura para matizar que “el cante se puede aprender con una técnica, igual que en el toreo, pero tienes que tener una cosa dentro que si no sale no vas a ninguna parte, es lo que los aficionados llamamos compás o pellizco”. En el toreo, por su parte, se requiere del temple: “Aunque en este caso, teniendo valor y técnica, puedes tener otros recursos para salir del paso”. En este punto, quiere diferencias “lo que es un aficionado y lo que es el público, que no es lo mismo, porque no todo el que va a una plaza de toros es aficionado, es público, y al público hoy en día, desgraciadamente, se le engaña muy fácilmente”. “En el flamenco es más difícil engañar, porque aunque los cantaores tengan sus días, la gente lo capta enseguida y se da cuenta de que no ha lucido como hace habitualmente. Un cantaor no es un disco, y cuando se sube a un escenario está o no está”, asegura nuestro invitado.  

A la juventud también le gustan los toros

De cara al futuro más inmediato, en el caso del flamenco “lo veo bien, ya que ha superado esos momentos en los que estaba mal visto u otras épocas en las que se le quiso encasillar con ciertas tendencias políticas. Fundamentalmente sucedió con la copla, pero también con el flamenco, y muchos sectores de la izquierda quisieron señalarlo como algo franquista, cuando no era así y los artistas simplemente iban a donde les llamaban”.

“El tema de los toros lo veo más complicado, y no ya solo por la lucha de los antitaurinos y la defensa de los animales; sino fundamentalmente por la dejadez del propio mundo de los toros. Se necesita urgentemente, en mi opinión, márketing para venderse. En el mundo global en el que vivimos, tú puedes tener el mejor producto del mundo que, como no lo publicites, no lo vendes. El mundo del toro, o no sabe o no quiere venderse”, manifiesta López Godoy.

“Lamentablemente no se ponen de acuerdo, y así está la cosa que no funciona, a pesar de que a la juventud sí que le gustan los toros, como lo hemos visto recientemente en las dos novilladas que se celebraban hace unas semanas en Antequera. Lo que pasa es que la gente no tiene el hábito de ir a los toros, porque además es un espectáculo caro e imprevisible, y esa juventud prefiere gastarse el dinero en otras cosas”.

    Al preguntarle cuál ha sido su torero, Paco López lo tiene claro: “Mi torero siempre ha sido Curro Romero, yo he sido currista cuando serlo tenía mérito, porque entonces o le tiraban el manojito de romero o el papel higiénico. A Curro Romero, en sus últimos años en activo, se le perdonaban muchas cosas que antes se le criticaban, y salieron curristas de debajo de las piedras”.De los actuales “sigo mucho a Pablo Aguado, me gustan cosas de Morante, porque yo soy también aficionado de detalles”.

“En lo que respecta a los cantaores, como dije antes, empecé con la Paquera, y después de pasar por mi época de los Beatles y demás y regresar al flamenco, me compré una cinta de Antonio Fernández ‘Fosforito’ y lo escuché muchísimo. Después, no me acuerdo cómo, compré otra cinta de Terremoto de Jerez y me empecé a dar cuenta de la diferencia de los que se llama cante gitano y cante payo, lo que no quiere decir que uno sea mejor que otro. Últimamente, ahora mismo, tengo un cantaor que para mí tiene mucho mérito aunque no sea muy famoso que se llama Manuel Domínguez Castulo, que además es amigo mío. Natural de Mairena, es un gran seguidor (que no imitador) de la escuela mairenista que dejó el maestro Antonio Mairena”, asegura Paco López, que sigue disfrutando de sus dos pasiones con la misma intensidad.

 

 

 
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