La Real Feria de Agosto de Antequera es “Real” porque así lo decidieron dos monarcas. En primer lugar, Fernando VI en 1748 responde a la petición municipal de fomentar la venta de productos, sobre todo de los fabricantes de mantas y bayetas del 20 al 23 de agosto. 

Como suele ocurrir con los cambios e iniciativas, hay sectores que se oponen y consiguen entre 1760 y 1768 que se reduzca su desarrollo y se aprueba un mayor control municipal. Fue languideciendo hasta desaparecer, pero afortunadamente desde el consistorio se vuelve a pedir y el 2 de agosto de 1793, ahora Carlos IV, concede el privilegio de Real a la feria que se celebraba entre los días 20 y 22 de agosto. 

Como cada fiesta histórica, qué mejor momento que volver a nuestras páginas para saber los orígenes de estas fiestas. Para ello nos basamos en artículos escritos por Ángel Guerrero y Antonio Parejo, quienes comparten que el título de Real se debe al monarca Fernando VI cuando otorgó durante diez años la “Real concesión de una feria a celebrar los días 20, 21, 22 y 23 de agosto, a instancias del Cabildo Municipal y de los fabricantes de mantas y bayetas”. La necesidad se basaba en el sentido de promover la posibilidad de que los antequeranos vendieran sus mercancías y se abastecieran de las que normalmente no existían en la ciudad, así como atraer a forasteros. 

Estas fiestas surgen “en las reuniones anuales de mercaderes y cambistas –propiciadas casi siempre por la propia Corona mediante la concesión de una serie de privilegios fiscales, para de esta forma lograr la reactivación económica de determinada comarca– el concepto termina identificándose con el de «fiesta», luego que se le asocien toda clase de diversiones y espectáculos populares, que serán los que a la postre, y tras una larga convivencia que llega casi hasta nuestros días, terminen por imponerse, convirtiendo lo que originariamente era un mercado comercial y de ganados, en una programación de expansión social que evoluciona de acuerdo con los tiempos”. 

Pues así, llegó la concesión real “aunque sólo el primer día gozase de las exenciones tributarias que llevaba aparejadas una concesión de esta clase. Sorprende, a primera vista, lo tardío de la fecha, todavía más cuando por su situación geográfica y tradición comercial, parecía lógico que Antequera contase con una feria desde mucho tiempo antes. Pero quizá el régimen tributario especial que permanentemente gozaba la población –exención del pago de alcabala, impuesto sobre el intercambio comercial–, o el famoso mercado semanal, agrícola y ganadero, que todos los lunes, y desde principios del siglo XVI tenía lugar en la Plaza Alta, influyeran para que no se llegase a plantear –que sepamos– la necesidad de establecer una feria anual. Lo cierto es que, durante más de dos siglos, artesanos y comerciantes marchaban a vender sus productos a las ferias de Ronda, Écija, Jerez, Villamartín, Coín y Olvera”, destaca Parejo. 

El origen de la feria de agosto surge por tanto “como uno más de la serie de privilegios otorgados a la Fábrica de Lanas, en orden a lograr una mayor comercialización de sus productos manufacturados –paños y bayetas– asfixiados por la competencia extranjera, la debilidad del mercado que surtían y sus propias deficiencias estructurales”. Pero esta ampliación del mercado lanero local, “llegó a abarcar, prácticamente el mismo año de su creación, al resto de las actividades mercantiles, en especial la compraventa de ganado, géneros de lencería, cuero, calzado y platería. En este sentido, la feria de agosto fue la heredera natural y directa del mercado semanal, en trance de desaparición para ese tiempo, y que desde 1767 se recupera de nuevo al instalarse en los terrenos del «real», situado entonces a uno y otro lado de la Puerta de Estepa, entre lo que hoy es arranque del Paseo y la Alameda hasta la calle Estepa”. 

 

Presencia de comerciantes de toda Andalucía

En ese lugar, y durante cuatro días al año, “instalaban sus tenderetes mercaderes, artesanos y ganaderos de toda Andalucía. Abundaban, sobre todo, los merceros de Sevilla y Granada, así como los plateros cordobeses –obsérvese la presencia de individuos dedicados a la venta de artículos de lujo–, aunque también eran numerosos los ganaderos de la campiña de Córdoba y las sierras de Granada y los agricultores de la propia comarca. Unos y otros, junto a pañeros y comerciantes antequeranos, componían la «oferta» de la feria”. 

En cuanto a la gente que venía a la ciudad desde la nobleza hasta la burguesía, pasando por clases acomodadas “consumían unos artículos suntuarios que difícilmente encontraban en la ciudad en épocas normales, mientras que el mercado de la pañería lo componían los campesinos de las zonas cercanas, quienes directamente o a través de mercaderes, adquirían ropa y vestido para el invierno, en un momento en que, todavía reciente el fruto de la última cosecha, aún disponían del suficiente dinero en metálico”. Hoy, por citar algo que perdura, las fábricas de mantecados venden sus primeros lotes con las visitas de quienes vienen por estas fechas. 

Hasta 1760, sigue el cronista que recuperó la Real Academia de Antequera, “la feria se desarrolló ininterrumpidamente, sin incidentes de consideración; sin embargo, en ese año surgieron los primeros problemas: en una reunión fantasma de la Corporación –asistieron sólo cuatro ediles–, se llegó a pedir, para evitar «los graves incombenientes que se han esperimentado en la feria desde que se puso en práctica», su supresión. Tal solicitud no se entiende sin tener en cuenta lo que de reaccionario y caduco había en el Concejo antequerano, pero sus consecuencias ilustran suficientemente lo ocurrido entre esa fecha y 1768, en que definitivamente se revocó la anterior decisión luego de una larga y tensa sesión municipal”. 

El catedrático por la Universidad de Málaga profundizaba en la influencia comercial del siglo XVIII. “Estos argumentos morales fueron hábilmente utilizados por aquellos que sí tenían algo que perder con la feria: los monopolizadores y especuladores, quienes, sin competencia imponían durante indefensos el año precios elevados, y que en los días de feria se encontraban indefensos ante la libertad de comercio y la afluencia de vendedores de otros puntos de Andalucía”.

A partir de 1768 y una vez superadas las dificultades citadas, el control municipal sobre la feria comienza a intensificarse: se prohíbe la circulación por el recinto ferial y se reglamentan los lugares de venta sin posibilidad alguna por la hoy zona de la Alameda y Puerta de Estepa y sí en los “Pingorotes, Hazas de Talavera y Maulí”.  

Curiosamente se pide a los vecinos de la zona de la Alameda que quiten de las aceras “los carruages y otros impedimentos que estorben el paso de personas y toda clase de aquellos; y al mismo tiempo limpien y riegen los resintos, o pertenencias de sus puertas que conserven en esta disposición”.

A la feria de agosto se le fueron sumando espectáculos y diversiones tradicionales en fiestas, “tales como las cintas, los bailes y, especialmente, los toros”, sigue Parejo. De tal manera, “a fines del XVIII y principios del XIX la simbiosis entre feria y fiesta se había consumado: ya no se entendía aquella sin máscaras, bailes o toros. Era el comienzo de una historia que llega hasta nosotros”, concluye en su artículo que se basa en documentación del Archivo Municipal de Antequera entre 1760 y 1793.

 

Se paraliza y Carlos IV la reactiva, creando además la Feria  de Primavera

Pero sucedió que, una vez concedida esta feria, según recoge Ángel Guerrero, “el vecindario se quejaba de ella por las extorsiones y molestias causadas por la forastería”, por lo cual la Feria se suspendió durante varios años, pero enseguida se comprendió que eran mayores los beneficios que las molestias que se pudieran ocasionar a unos pocos vecinos y volvieron las autoridades locales a andar todo lo desandado hasta conseguir que el 2 de agosto de 1793, ahora el Rey Carlos IV, concediera al Cabildo Municipal de Antequera el privilegio de Real a la que se celebraba entre los días 20 y 22 de agosto. 

Y tan buen resultado dieron esas ferias, que, unos años después, las fiestas de Antequera se incrementarían con la Feria de Primavera. Fue el 24 de abril de 1856, cuando el “Ayuntamiento Constitucional de esta Ciudad, deseoso de promover por todos los medios posibles el bien estar y el fomento de los intereses de sus administrados, considerando ser uno de los más a propósito multiplicar las transacciones mercantiles, y proporcionar elementos de vida y prosperidad  la industria y la agricultura, ha solicitado y obtenido del Gobierno de la Provincia autorización para celebrar una feria anual en los días indicados, sin perjuicio de la que por concesión antiquísima tiene lugar del 20 al 22 de Agosto. 

La circunstancia de ser las ferias libres de derechos –que era el beneficio que otorgaba el carácter de “Real”–, según termina el escrito, inspiraron a la Municipalidad “la esperanza fundada de que la concurrencia será tan brillante como desea, y las especulaciones y negocios tan útiles como se propone. Antequera 24 de Abril de 1856. El Alcalde 1º Constitucional, Francisco Joaquín de Aguilar. Joaquín de Lara, Secretario”. 

 

La Real Maestranza de Caballería

Por otro lado, es bueno recordar que Antequera tuvo su Real Maestranza de Caballería, que hoy conservan Ronda y Sevilla, y lo que también tuvieron, además de Antequera, Jerez de la Frontera, Granada y Zaragoza. En una conferencia de Francisco Garrido Domínguez, cuando se descubrió lo de la Real Maestranza de Caballería de Antequera, sigue en uno de sus artículos que escribió el cronista póstumo y director de estas páginas. 

Luego José Escalante completó que confirman aquel anticipo de nuestras páginas, ilustrándolo con fechas y documentos de la mayor importancia. Las Reales Maestranzas fueron una ingeniosa medida del Rey Felipe II, para tener, de forma absolutamente gratuita, disponible un auténtico ejército de jinetes sumamente expertos tanto en el manejo del caballo, como en el de las lanzas o espadas. El Cabildo de Antequera, acordó el viernes 10 de octubre de 1572, formar dicha Real Maestranza. Continuó existiendo hasta finales del XVIII, para extinguirse quizá en el XIX ante los cambios del gusto estético de las corridas y la derivación de la afición hacia otros modos, como justifica la construcción en 1848 de nuestra actual Plaza de Toros. La historia se queda escrita en estas páginas.

 
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