La rehabilitación o remodelación arquitectónica de la Plaza de Toros de Antequera, dilatada en un periodo de tiempo que abarcó más de dos décadas (1984-2004), no debemos entenderla como la adecuación de un edificio preexistente a los modelos y lenguajes propios del momento en el que ésta se lleva a cabo. Por el contrario, se planteó en su momento, siguiendo criterios tardo-regionalistas, tan del gusto del mundo taurino a lo largo del siglo XX, como una recreación historicista en la que se emplearon ciertos elementos de la arquitectura vernácula local, aplicados a una tipología arquitectónica –la plaza de toros edificada– que como tal nació en el siglo XVIII. 


Es decir, la larga remodelación del edificio no pretendía modernizarlo, en el sentido estético-temporal del término, sino añadirle unos valores en cierto modo atemporales y residenciados en un pasado en el que la propia ciudad y la práctica de la tauromaquia pudieran haberse encontrado. Una evocación construida que nos trasladase a un tiempo en el que el arte de la lidia se comenzaba a definir como espectáculo reglado, algo que ocurrió a partir de mediados del Setecientos.

En el tiempo que ahora vivimos, en el que desde tantas posiciones se cuestiona la eticidad de la tauromaquia, quizá resulte difícil entender cómo hace casi cuarenta años emprendimos desde el Ayuntamiento una obra que, en el fondo, pretendía dar el mejor escenario a una tradición patria que entonces se vivía de manera abiertamente festiva por una gran mayoría de ciudadanos. No existía ninguna opción política que cuestionase la llamada “fiesta nacional”. Hoy ya no es lo mismo. Como en tantos otros aspectos de la vida, cuando una parte de manera interesada patrimonializa vehementemente algo, el resto puede terminar rechazándolo casi de manera natural. Y en este tema, como en tantos otros, las nuevas generaciones serán muy libres de decidir: tiempo al tiempo.

Los espacios para la fiesta de los toros en el pasado de nuestra ciudad

Los orígenes de la tauromaquia en Antequera se remontan a finales del siglo XV, concretamente el año 1494, si bien la primera celebración taurina de la que se tiene constancia e información tuvo lugar en la plaza de San Sebastián, el año 1509, para conmemorar la toma y ocupación de la ciudad de Orán, en la actual Argelia, por el cardenal fray Francisco de Cisneros. Lógicamente no estamos hablando del toreo a pie, sino del alanceamiento de los toros a caballo por parte de la nobleza local. Algo que se seguiría haciendo a lo largo del siglo XVII y buena parte del XVIII, utilizándose como escenario para tales festejos la plaza Alta (Almenillas-Arco de los Gigantes), el Coso Viejo, el Coso de San Francisco –de ahí el nombre de calle del Toril–, la Alameda junto a la Puerta de Estepa y la ya citada plaza de San Sebastián. Para tales celebraciones se construían empalizadas a manera de barreras de quitaipón y, en algunas ocasiones, graderíos de madera también provisionales. En este sentido hay que recordar que el lugar más ‘festivo’ fue siempre el Coso de San Francisco –el actual Mercado de Abastos no se construyó hasta el año 1881–, dado que las autoridades podían asistir desde los llamados Miradores de Fiestas a todo tipo de eventos públicos. Estos palcos de la municipalidad fueron construidos en 1672 y demolidos por su estado ruinoso en 1861, tratándose de un edificio de tres plantas y aspecto muy castellano que separaba la Calzada del Coso de San Francisco, salvo un cobertizo de comunicación entre ambos espacios. Su diseño arquitectónico se debió al trinitario fray Pedro del Espíritu Santo, autor asimismo de la iglesia de la Trinidad de Antequera.

La celebración de los festejos taurinos en las plazas públicas implicaba no solo su adecuación provisional y efímera, bastante costosa si se hacía con un mínimo de seguridad para el público, sino también un peligro cierto en cuanto al control y enchiqueramiento de los toros bravos. En algunas ciudades como Madrid, Sevilla o Ronda, ya se construyeron plazas de toros permanentes y de obra fija en el siglo XVIII, tomando como modelo los antiguos anfiteatros romanos. No obstante, parece que las plazas de toros más antiguas tuvieron planta cuadrada o rectangular, como las primitivas de Béjar (Salamanca), construida entre 1667 y 1711, o la original de Sevilla que, como la actual, también se ubicaba en El Arenal.

En Antequera ya hubo un intento en 1833 por parte del cabildo municipal de construir una plaza de toros permanente, aunque ésta sería mayoritariamente de madera, en el llamado corral de San Juan de Dios. Tal como nos refiere Juan Campos en su obra “Apuntes Históricos de la Antequera Contemporánea”, en el pliego de condiciones de la subasta pública de la obra se especificaba que “La plaza habría de estar formada de buenas maderas, firme, estable, bien construida, “según las reglas del arte”, capaz de contener de ocho a diez mil personas, con gradillas, cajones, camarines (palcos), antepecho y barrera”. Al parecer, el concurso quedó desierto y la plaza no se llegó a construir.

Pocos años después, el 27 de octubre de 1846, doña María Rodríguez y Contreras, como apoderada de su hijo Bartolomé Gonzáles y Rodríguez, vendió dos mil ochocientas varas cuadradas superficiales de terreno –sin que sepamos el precio– a una Sociedad Constructora de la Plaza de Toros de Antequera, en terrenos cercanos a la Puerta de Estepa y salida de la ciudad hacia Sevilla. Algunos meses después, el 16 de enero de 1847, se amplió la venta en dos aranzadas más en precio de tres mil reales de vellón en monedas de oro y plata. Formaban la Junta Administradora de la referida Sociedad los señores José Fernández del Pino Alburuza, Pedro de Castro González, Antonio Méndez, Francisco Herrera, Miguel Apolinario Fernández de Souza, José María González del Pino, José Rivera y Casasola y Matías Romero. En un primer momento el proyecto de la nueva plaza le fue encargado al arquitecto cordobés Manuel García del Álamo, quien replanteó y dirigió las obras por espacio de seis meses. Después sería el malagueño Rafael Mitjana, que por aquel entonces también levantaba la plaza de toros Vieja de Málaga, el encargado de la dirección del nuevo coso antequerano. Pero en realidad quienes tomaban las decisiones a pie de obra, de acuerdo con los intereses de la Sociedad, fueron los maestros de obras locales Francisco de Torres y Juan Muñoz. Dicho de otra manera, se quiso levantar una plaza de toros segura, pero sin grandes concesiones arquitectónicas que pudieran encarecer la ejecución del proyecto. En general la obra se concibió sin especiales pretensiones estéticas y no mayor riqueza de materiales. Toda la construcción es de mampostería de ripio de piedra arenisca, procedente de las canteras del cerro de la Vera-Cruz, presentando en la planta baja verdugadas y remarcado de huecos de ladrillo. El diámetro del círculo exterior del edificio es de ochenta metros, mientras que el redondel de la arena era en origen de cincuenta y ocho metros; es decir, más grande que el actual. En el momento de la inauguración de la Plaza de Toros de Antequera, el día 20 de agosto de 1848, todas las gradas de los tendidos eran de madera, apoyando las tablas para sentarse sobre unos muros radiales y escalonados. En 1917, aprovechando los referidos muros como contención, se aportó un relleno de tierra y escombros y se rehicieron los tendidos de mampostería y los asientos de lajas de piedra del cortijo de Palanco (cerca de la Peña de los Enamorados), entonces muy utilizadas en el pavimento del acerado de las calles más principales.

 

Comienza la reforma de la Plaza

A mediados de la década de los años sesenta del siglo pasado, la Sociedad Propietaria de la Plaza de Toros de Antequera se planteó la demolición del coso antequerano para edificar en el solar resultante viviendas de tipo residencial. La operación fue neutralizada por el entonces alcalde Francisco Ruiz Rojas, incluyendo en el primer Plan General de Ordenación Urbana toda la parcela de la plaza de toros como zona verde. Es decir, el edificio se podía mantener en pie como “equipamiento taurino”, pero si se llegaba a demoler perdía todo su valor especulativo. Llegados a este punto la Sociedad decidió vender el edificio al empresario taurino Francisco Casado, más conocido como ‘Fatigón’, aunque el trato –ya casi cerrado– terminó rompiéndose, pues el Gobierno Civil exigía unas obras de adecuación y reforma que el interesado no estaba dispuesto a asumir. Después de una serie de negociaciones entre la Sociedad y el Ayuntamiento, finalmente la plaza de toros pasó a propiedad de éste en el año 1980, en unas condiciones bastante favorables para la ciudad. Para poder seguir dando los festejos taurinos de mayo y agosto el Ayuntamiento realizó las imprescindibles obras de reparación, lo que, siguiendo el argot taurino, pudiéramos denominar como una “faena de aliño”.

La gran reforma integral de la Plaza de Toros de Antequera comenzó en 1984 casi por casualidad. Después de las elecciones municipales de 1983, en las que Pedro de Rojas Tapia salió elegido alcalde por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), al nuevo concejal Antonio Morente Mora le fue asignada, entre otras delegaciones, la responsabilidad de la Plaza de Toros, dada su conocida afición al mundo taurino. Su primera propuesta fue sustituir los dos portones de madera de la Puerta de Sombra que, debido a su antigüedad y abandono, estaban completamente destrozados. Para ello se aprovecharon todos los herrajes de la puerta antigua, que se incorporaron a las dos nuevas puertas de madera de pino. Y fue en ese momento cuando Antonio Morente me propuso que le dibujara ‘algo’ para decorar de obra los laterales de la puerta, ya que sobre el hueco de acceso había aparecido, debajo del enfoscado, un potente arco rebajado de ladrillo de dos pies de altura. La primera idea fue levantar dos pilastras laterales de tipo toscano, jalonando la puerta, para sostener el entablamento sobre el que apoyara un balcón de hierro forjado. En aquel momento no podíamos pensar en lo que vendría después: la imaginación comenzó a volar y, jugando con criterios de diseño claramente historicista y con base en los alarifes antequeranos del siglo XVIII, se dio comienzo a una obra que, debido a que en gran parte se realizó con los fondos del Plan de Empleo Rural (PER), iba a durar más de veinte años.

En el mes de enero de 1985 se comenzó a levantar, realizada en ladrillo rústico de Vélez-Málaga, la portada de la Puerta de Sombra. En un reportaje fotográfico de Paco Durán, encargado por el Ayuntamiento en marzo de 1985, se puede ver esta portada ya muy avanzada en su construcción e incluso colocado el escudo con la Jarra de Azucenas del ático, que es réplica del existente en el zócalo de la escalera monumental de la Casa Consistorial. También se puede comprobar que está realizado el zócalo del frente del edificio y el remarcado de la llamada Puerta de Autoridades. Fue cartel de la Real Feria de Agosto del año 1985 una foto en color con el eje principal completo de la Puerta de Sombra, elevándose sobre la cornisa del tejado un airoso frontón mixtilíneo y, en su centro, un escudo de España realizado en azulejería y cobijado por corona real cerrada realizada en forja. Las dos figuras en terracota representando a un torero y un picador con vestimentas goyescas, obras del artista local Eloy García, se colocarían a la altura del balcón de la Puerta de Sombra bastantes años después; concretamente en 1998, coincidiendo con los ciento cincuenta años de la construcción del coso antequerano.

La portada de la Puerta de Sol se construyó en septiembre de 1985, manteniéndose el arco rebajado de ladrillo de 1848. Sobre una sencilla cornisa añadimos un gran peinetón curvado en sus laterales y remate, centrado todo por un relieve modelado en terracota y representando un Sol antropomórfico, que realizó y donó en aquel año el artista antequerano Pepe Romero. En las obras del PER del año 1987 se incluyó la realización, en el interior de la plaza, de un primer tramo de la logia con columnas y arcos de medio punto donde apoya el tejado a dos aguas que cubre los tendidos altos. Como para la Feria de Mayo de aquel año solo dio tiempo a levantar ocho columnas con sus correspondientes siete arcos, el gracejo popular denominó a lo realizado como “el piso piloto”. Del cálculo de toda esta nueva estructura arquitectónica se encargó el aparejador municipal Manuel León de las Heras.

Para interrumpir la danza de arcos que rodea toda la plaza se plantearon dos puntos de singularización, el Palco de la Presidencia, en el centro de los tendidos de sombra, y justo enfrente el peinetón montado sobre el alero del tejado para colocar el reloj que marca los tiempos de la lidia. No es ningún secreto para nadie que todo el tratamiento de los tendidos altos lo tomamos “prestado” de la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, aunque a una escala algo menor y echando mano de determinados elementos de la arquitectura vernácula antequerana del siglo XVIII.

Especial tratamiento, en el conjunto arquitectónico de la plaza, quisimos otorgarle al Palco de la Presidencia. Un elemento que destacase con entidad propia en su formalización de portada de palco principal, realizada en ladrillo visto como contrapunto al resto de las arquerías sobre columnas de los tendidos altos. Recordemos que en la terminología decimonónica a los palcos de las plazas de toros se les denominaba “camarines”. En este sentido la portada se concibió como embocadura, casi a manera de retablo-tabernáculo, del reducido ámbito de la presidencia de la corrida. Se abre a la plaza mediante un arco de medio punto flanqueado por sencillas pilastras toscanas que sostienen el entablamento; sobre él se alza un frontón curvo y abierto, en medio del cual emerge un peinetón rematado en cornisa curvada en el centro y recta en sus laterales. Tres perinolas bulbosas de caliza blanca y silueta muy movida se recortan en el cielo, como concesión barroca a un diseño arquitectónico que bebe de fuentes proto-neoclásicas. Jugando con el tiempo, quisimos diseñar algo que podrían haber planteado los maestros alarifes antequeranos del último tercio del siglo XVIII.

 

Los nuevos tendidos

Por aquellos años ochenta del siglo pasado y terminado el periodo anual de lluvias, buena parte de los asientos de los tendidos bajos se deformaban y hundían parcialmente, dado que estaban construidos sobre tierra y escombros. De tal manera que cada año había que recrecer en parte las gradas para nivelar los asientos; se retiraban las losas de piedra, se recalzaban los escalones y se volvían a colocar las mismas lajas. Como se suele decir, el cuento de nunca acabar. Llegados a este punto el que era entonces alcalde Paulino Plata Cánovas solicitó el correspondiente informe técnico para encontrar una solución definitiva; y ésta no era otra que demoler todos los tendidos bajos hasta la cota cero del terreno y levantar una estructura hueca de hormigón armado. Con esta solución se conseguía un graderío sólido y más cómodo, con el número de vomitorios que exigía la ley, al tiempo que se generaban cientos de metros cuadrados de espacios útiles para los más diversos usos, entre ellos un restaurante típicamente taurino. El proyecto de esta obra le fue adjudicado al arquitecto Sebastián del Pino Cabello, quien antes de redactar el proyecto visitó aquellas plazas de toros españolas que se tenían como más acordes con la normativa vigente en todos los aspectos. De la ejecución de la obra, encajada dentro del capítulo de inversiones del propio Ayuntamiento, se encargó la empresa antequerana Construcciones Rebollo, ya que se trataba de un proyecto que era imposible llevar a cabo con los trabajadores del PER.

Demolidos los tendidos bajos, la imagen que presentaba el interior de la plaza de toros resultaba más que sorprendente: sobre un alto muro circular apoyaba la galería ya construida de columnas y arcos a la que se asoman los tendidos altos, como si se tratase de una inusual logia o un extraño belvedere.

La demolición de los tendidos bajos a la que hacemos referencia se comenzó después de la Real Feria de Agosto del año 1990. En marzo de 1991 estaba terminada toda la cimentación en cadena y empezaban a levantarse los pilares de hormigón armado, con la correspondiente altura escalonada para conformar la cávea. Para la construcción del nuevo forjado troncocónico, sobre el que apoyarían los asientos de los espectadores, el arquitecto optó por la utilización de grandes piezas de hormigón prefabricadas. En este punto hay que aclarar que con esta obra se redujo dos metros el ruedo y se perdieron casi dos mil localidades, aunque se ganó en comodidad para los espectadores; hasta entonces la plaza era una de las más incómodas de España, de manera que las rodillas de los espectadores de una fila descansaban directamente sobre los hombros de los de la fila inferior. Situación que se veía agravada con las bolsas de la típica merienda que en Antequera se consume entre el tercer y cuarto toro.

En la Feria de Mayo del año 1991 no se pudieron celebrar corridas de toros, lógicamente debido a la obra, pero a finales de junio de aquel año los nuevos tendidos estaban casi terminados, a falta de colocar las piezas de los asientos de hormigón rojizo, enfoscar tabicas, colocar las barandas de los vomitorios y las maromas de las barreras. Finalmente se pintó todo en colores blanco y calamocha y, como ritual necesario en una plaza de toros andaluza, se aportó la arena de albero que se trajo de Alcalá de Guadaíra. 

El primer aprovechamiento que se hizo de los nuevos espacios generados bajo los tendidos fue la construcción de los servicios de señoras y caballeros, en las zonas de Sombra y de Sol, en el número y las dimensiones que exigía la normativa entonces vigente en función de los espectadores que podían acudir a la plaza. Curiosamente esta fue una de las novedades que más llamaron la atención del público, ya que los antiguos servicios de la plaza de toros no alcanzaban la calificación de tercermundistas.

Concluidas las obras que venimos comentando, la Plaza de Toros fue “reinaugurada” el día 4 de agosto de 1991 con una novillada con picadores, actuando los diestros Cristo González, Chamaco y Francisco Moreno, que lidiaron seis novillos-toros de la ganadería de Sancho Dávila. Días después volvió a celebrarse el resto del ciclo taurino de la Real Feria antequerana con total normalidad.

El Patio de Caballos

La última gran obra que se llevó a cabo en el conjunto de la Plaza de Toros de Antequera, en mi tercer mandato como alcalde, fue la portada y muro exterior del patio de caballos y los jardines que le preceden. Asimismo, se planteó como construcción autónoma dentro del referido patio, apoyado en el muro que lo cierra hacia los llamados “Jardincillos”, un edificio centrado por la nueva capilla de los toreros –cuya espadaña se percibe desde el exterior–, adosándosele a ambos lados dos amplias salas, la derecha dedicada a cuadra de caballos y la izquierda para la exposición del coche de caballos de las presidentas (antiguo de Romero Robledo) y el camión de riego Dion Bouton, estrenado éste en 1926 y restaurado en 1998.

La monumental portada del patio de caballos, proyectada en junio de 2001 y acabada de levantar en el siguiente año, se concibió dentro de la estética italianizante del llamado estilo rústico manierista, con la presencia del severo almohadillado en pilastras y arco. Como modelo de la misma, aunque en libre interpretación,tomamos la portada del Palazzo Farnese en Caprarola (Italia) del arquitecto Giacomo Vignola, cuyo dibujo incluyó en su célebre obra “Tratado de los cinco órdenes de Arquitectura”, muy manejado en su traducción española por los alarifes antequeranos hasta finales del siglo XVIII. Su composición de masas y detalles pretendía huir de los modelos identificados con la arquitectura religiosa y estar más acorde con una significación civil e incluso militar, dentro del estilo manierista o barroco. En definitiva, una arquitectura “menos significativa” y, por tanto, más entendible como entrada a un patio para caballerías. El potente frontón circular que sirve como remate “cerrado” respira una robusta expresividad en su sencilla molduración. El escudo de caliza blanca que lo centra y que mide tres metros de altura, de concepción formal cercana a lo rococó, sirve como específica concesión a un decorativismo contenido al tiempo que nos habla, en su carga simbólica con la Jarra de Azucenas y la corona real cerrada, de la seña máxima de la heráldica de la ciudad. Esta pieza tan singular fue tallada en piedra caliza de color crema de El Torcal por el escultor antequerano Antonio García Herrero; en su diseño se siguió un modelo de escudo, de dimensiones muy parecidas, que años atrás había visto y fotografiado en el atrio de la catedral de Palermo, durante un viaje con María Dolores a la isla de Sicilia.

Durante los tres primeros meses del año 2003 se llevó a cabo la formalización de los jardines que preceden a la tapia de la Puerta del Patio de Caballos. Se construyeron las dos fuentes circulares en los parterres laterales y se pavimentó el camino central de separación y de acceso al recinto. Las esculturas de hierro fundido, que representan en figuras femeninas a las cuatro estaciones del año, así como las copas de corte neoclásico, se colocaron sobre sus pedestales de granito y ladrillo, respectivamente, el treinta y uno de marzo del año 2004.

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