Siempre me he cuestionado el hecho de por qué vivimos con tanta intensidad el tiempo de Cuaresma y la propia Semana Santa, y sin embargo, llegados el tiempo de Pascua de Resurrección, no se aprecia esa intensidad en la vivencia del verdadero motivo por el cual hoy podemos recordar, celebrar y vivir el Triduo Pascual: la Resurrección de nuestro Señor.

Las costumbres, al igual que los tiempos, van cambiando: nada es como era. La abstinencia de comer carne sólo persiste en los hogares donde los abuelos han inculcado este hecho de ayuno a sus hijos y nietos, y también hay que tener presente por qué se hace. Antiguamente, la carne era un manjar preciado, por lo que “el esfuerzo” contribuía a significar este ayuno. A día de hoy, en nuestra Cuaresma debemos vivir nuestro ayuno, si bien no de carne, de aquello que realmente no nos hace mejores y que podemos sacrificar. Pero este ayuno, ha caído en decadencia, al igual que la vivencia de la oración y de la limosna. Y más bien –diría yo- no solo deberíamos hacerlo en Cuaresma, por preparación hacia la Semana Santa, sino también el resto del curso litúrgico, porque nosotros, los cristianos, deberíamos practicar la oración, la limosna y el ayuno durante todo el año, por el simple hecho de ser cristianos y, por tanto, de ser condescendientes con nuestro prójimo al igual que con nosotros mismos, como bien era originaria la abstinencia todos los viernes del año.

Esto también debe mantenerse en nuestro tiempo de Resurrección: las costumbres se van perdiendo y muchas no se actualizan, pero hay una que debemos intentar no perder y que no nos debe dar miedo hacer: ¡felicitar la Pascua de Resurrección! Cada vez se recorta antes el decir “¡Feliz Pascua de Resurrección!” y en algunos casos queda sólo relegada a la finalización de la noche de la vigilia pascual. ¡Es nuestro motivo de alegría y es un hecho de esperanza para todos! ¿Cómo no vamos a transmitir, celebrar y contagiar esa alegría a los demás? ¡Debemos contarlo, vivirlo, mostrarlo! ¿O es que acaso no vivimos de manera especial los tiempos y pasan por nosotros como si de cualquier día se tratase? Si esto es así, tenemos una cuestión que replantearnos, que reflexionar y que realmente analizar y mirar para que, realmente, cambiemos algo en nosotros mismos, para así poder cambiarlos en los demás. 

Cincuenta días de celebración de un tiempo coincidente con la fiesta de la liberación del pueblo judío (de ahí el término “Pascua”) y coincidente con la vuelta a la vida del que murió para darnos vida y esperanza con su Resurrección. Celebremos la VIDA con mayúsculas. Celebremos con intensidad también este tiempo. No nos quedemos sólo con la pasión y con la muerte del Señor: el verdadero motivo de nuestra “Semana Grande” es que, el que padeció y murió en una cruz, volvió a la vida. 

¿Nadie ha pensado que hubiese pasado si Cristo no hubiese resucitado? Seguramente, hubiese sido “un caso más”, un hombre más acusado y crucificado y, por tanto, muerto en la cruz. La esperanza de los que le seguían se hubiese desvanecido y nosotros, a día de hoy, no celebraríamos absolutamente nada. 

Pero, no fue así: resucitó y, con este hecho, todas las esperanzas volvieron a los primeros cristianos, que transmitieron a todas las personas, hasta el día de hoy llegar a nosotros. Y es por eso que recordamos su pasión y muerte, porque, como dice el refrán “no hay dos sin tres”, y después de esos dos momentos de su pasión y de su muerte en cruz, volvió a la vida y resucitó, y con ello nos dejó un mensaje, en forma de hecho, de esperanza a todos. Así que, este próximo tiempo de resurrección celebra la vida, ¡CELEBRA LA RESURRECCIÓN!

 

 

 
 

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