La revolución de 1868 en España, conocida como la Gloriosa o la Septembrina, que abre el sexenio democrático y provoca el destronamiento de la reina Isabel II y su exilio en París, supuso en Antequera el nombramiento de un Ayuntamiento de corte liberal y anticlerical que, en cierta medida, no llegó a impedir acciones violentas como el incendio de la casa del marqués de Cauche de calle Lucena, anterior alcalde, o el asalto de una masa popular al antiguo convento de San Francisco –ya desamortizado y sin frailes–, pues se creía erróneamente que en aquel cenobio había tenido su sede la Inquisición y que se conservaban en su interior caballos de bronce para dar tormento. Fue entonces cuando, por orden de la autoridad municipal, desaparecieron numerosas capillas abiertas o retablos callejeros, que hasta aquel momento habían tenido una omnipresencia que hoy nos resulta difícil de imaginar. Sin embargo, no se llegó a casos extremos, como el de la ciudad de Sevilla en la que se demolieron varios conventos y algunas parroquias, así como seis puertas renacentistas de la muralla almohade. La teórica intencionalidad de todo ello era intentar resolver el problema del paro y mejorar el aspecto urbanístico, creando nuevos espacios públicos, pero a nadie se le oculta que en el fondo se buscaba una forma de desacralizar las ciudades en aras de la modernidad.   

A lo largo del siglo XX, ya sin una intencionalidad concreta de carácter ideológico o político, también fueron desapareciendo muchos de estos elementos de significación votiva que aun permanecían, simplemente porque los edificios en los que estaban ubicados fueron demolidos para levantar nuevas construcciones. En el caso de Antequera, en las dos décadas finales del siglo XX y primera del actual, coincidiendo con Ayuntamientos de mayoría socialista,se ha propiciado, desde la política urbanística municipal, la exigencia a los particulares propietarios de edificios la conservación o reconstrucción de estos elementos de carácter religioso, al ser considerados bienes de valor patrimonial y testimonios históricos de una sociedad concreta. En definitiva, unos testigos parlantes más o menos significativos de un modelo de ciudad-convento de tradición castellana en la que se fue convirtiendo Antequera en los siglos XVI al XVIII. También hay que recordar que todos estos objetos sacrales que existieron en prácticamente todas las calles y plazuelas –creados a iniciativa de cofradías, parroquias, órdenes religiosas, particulares o la propia municipalidad– también tenían en la mayoría de los casos una funcionalidad práctica. En unas ciudades en las que el alumbrado público era inexistente, estos elementos devotos cumplían la función de iluminar, aunque pobremente, los referidos espacios urbanos, ya que al acercarse la noche eran encendidas candelicas de aceite como una forma de venerar las imágenes, generalmente pinturas o esculturas de madera, terracota o piedra, que ocupaban estas capillas u hornacinas.


El antiguo recorrido procesional de la Cofradía de Arriba

Para comprender e interpretar hoy la ubicación de las capillas votivas de la Virgen del Socorro, repartidas por el casco histórico de Antequera, debemos conocer cuál fue el antiguo recorrido procesional de la Cofradía de la Santa Cruz en Jerusalén durante los siglos XVII y XVIII. El cortejo comenzaba a procesionar a la hora sexta del Viernes Santo (doce del mediodía, después del Ángelus) y se dirigía directamente a la Real Colegiata de Santa María la Mayor, pasando por la calle de Herradores –entonces llamada de Carpinteros–, para hacer estación de penitencia ante el Monumento eucarístico de la iglesia mayor. A continuación del acto penitencial la comitiva emprendía el largo camino hacia el Calvario de la ermita del cerro de la Vera-Cruz, siguiendo un itinerario, que podía variar levemente según los años, que incluía las calles Rastro, Pasillas, Nueva, Plaza de San Sebastián, Lucena, Cruz Blanca y San Pedro. En este punto se emprendía la subida, por el llamado camino de la Vía Sacra, hasta llegar a la ermita de la Vera-Cruz. Después bajaba la procesión por la cuesta de Archidona o Cerretes, llegando a la plaza de Santiago para seguir por Carrera, Cuatro Cantillos, Barbacanas, Nájera –entonces llamada Inájar–, Zapateros, Viento y Caldereros hasta llegar al Portichuelo. Conociendo este recorrido comprendemos la ubicación de las capillas votivas de balcón que aún subsisten en la Cruz Blanca y en la plaza de Santiago, lugares ambos en los que se desarrollaba un ritual penitencial al igual que ocurría en la propia capilla del Portichuelo. 

Desde la balconada de estas capillas, un fraile tercero franciscano del Colegio de Santa María de Jesús leía o recitaba de memoria a manera de sermón un texto relativo a la Pasión de Cristo, en el que se mezclaban textos de los Evangelios y otros sacados de las visiones de santa Brígida. Ignoramos en qué medida intervenían también en estos puntos del recorrido el acompañamiento de la capilla musical y qué papel desempeñaban, dentro de un ceremonial teatralizado, las figuras de San Juan, la Magdalena y la Santa Mujer Verónica, que procesionaban en parihuelas individuales. En cualquier caso, junto a la figura de Jesús Nazareno y la Santa Cruz en Jerusalén, el eje central de la procesión era la imagen de la Virgen del Socorro, objeto de la máxima devoción de los antequeranos a través de los siglos.   

Todos estos rituales callejeros de Viernes Santo, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, aquí como en otras ciudades españolas y de la América hispana, terminaron derivando en espectáculos poco edificantes, debido a la “ostentación de la plata” y otros signos externos de riqueza, así como al pésimo comportamiento de los participantes y del público en general.  A tal extremo llegó la situación que el conde de Aranda, entonces presidente del Consejo de Castilla, dispuso medidas radicales contra las cofradías, salvándose de esta normativa las de carácter asistencial o de culto a los difuntos. Es más, el rey ilustrado Carlos III promulgó un real decreto en 1777 prohibiendo los disciplinantes y empalados, el recorrido nocturno de las procesiones y los bailes delante de las imágenes, entre otras medidas. A todo ello se sumaron las críticas de la autoridad eclesiástica, que deseaba una mayor austeridad en las procesiones, y del poder civil más ilustrado, si bien el pueblo en general quería seguir ‘disfrutando’ de sus ancestrales costumbres y ritos más o menos ortodoxos. En definitiva, que las capillas votivas de balcón terminaron cayendo en desuso y se convirtieron en simples humilladeros de devoción cotidiana.

Las capillas votivas como expresión de una arquitectura vernácula

Aun cuando este tipo de construcciones se ha querido relacionar con las llamadas capillas abiertas de indios americanas o las capillas-posas de Méjico, lo cierto es que su precedente más inmediato está en las capillas adosadas a las puertas de entrada a las ciudades españolas, añadidas en época tardomedieval, renacentista o barrroca. Recordemos en este sentido que el Arco de los Gigantes llegó a tener dos capillas adosadas, una dedicada a la Virgen de la Antigua y otra a la Virgen del Pópulo, de las que no queda el más mínimo rastro desde el siglo XIX.

El arquitecto Frank Lloyd Wright definía a la arquitectura vernácula como un “edificio folclórico creciendo en respuesta a las necesidades reales, ajustado al entorno por personas que conocían mejor que nadie lo que encaja y con un sentimiento patrio”. También se ha teorizado que en la arquitectura vernácula el uso de materiales y sistemas constructivos son producto de una buena adaptación al medio. En el caso de Antequera queda claro que el uso del barro cocido, del ladrillo, es una invariante de siglos que parte de las construcciones mudéjares y continúa hasta el final del barroquismo dieciochesco, llegando a convertirse en material emblemático de su propio ser vernáculo.   

En este sentido las tres capillas votivas del Socorro son ejemplos paradigmáticos de una arquitectura semi-popular, que expresa en sus formas y materiales una clara identidad de lo local, algo aprendido y reafirmado por sucesivas generaciones de alarifes-arquitectos, quienes manejando los consabidos “libros de arquitectura” de rigor –exigencias del gremio–, al final se guiaban por su propia creatividad. El resultado obtenido variaba, por tanto, en función de la genialidad del maestro, aunque también influían las disponibilidades económicas del comitente.   

La más antigua de las capillas, la del Portichuelo, construida en 1715, es en todos los sentidos una joya de la arquitectura vernácula antequerana, hoy en parte oculta por las sombrillas de tela que cobijan los veladores para refrigerio de los turistas. El profesor Antonio Bonet Correa llegó a decir de esta capilla que era “un ejemplo de primer orden para estudiar el proceso de sacralización de la ciudad-santuario-convento español”. Pero, además, desde el punto de vista arquitectónico es un raro ejemplo de coherencia tectónica, aunando una cierta complejidad espacial, un variado uso de materiales y una síntesis de estilos precedentes sin caer en una voluntad de historicismo precoz. Se ha dicho, lo dijo José María Fernández, que el Portichuelo y otros muchos edificios antequeranos del XVIII eran raros ejemplos de un singular estilo barroco-mudéjar. No le faltaba razón, pero le faltó decir que todo ello se llevó a cabo de manera no consciente –entonces los estilos aun no estaban sistematizados–, utilizando los elementos formales que veían en edificaciones precedentes de su propia ciudad más que en los libros clásicos de arquitectura o en las modas que, a través de los grabados insertados en diferentes tratados,llegaban desde la corte madrileña o del resto de Europa.   

Hasta cierto punto, nos inquieta pensar quien pudo diseñar la capilla del Portichuelo, una arquitectura tan medida en proporciones, de tamaño relativamente menor, en la que con mucha gracia y sutileza se combinan los mármoles de colores, el ladrillo avitolado y elementos de tradición hispano-musulmana. Y. además, generando dos alturas: un soportal abierto en planta baja y un espacio ‘sagrado’ en la superior –presidido por un gran lienzo de la Virgen del Socorro–, distribuyendo en total seis espacios compartimentados, que serían siete si tenemos en cuenta la cúpula del central superior que se encaja en el volumen ciego del ático, rematado en un tejadillo a cuatro aguas, que a Bonet Correa le recordaba unode los pabellones del patio de los Leones de la Alhambra.   

De mucha menor complejidad arquitectónica resulta la capilla votiva de la Cruz Blanca, obra de 1774 aunque dilatada su construcción en el tiempo por problemas con los edificios medianeros, propiedad de los carmelitas calzados del convento del Carmen, que levantó el alarife de la ciudad Martín de Bogas, quien ya entonces había construido las puertas de Granada (1748) y de Estepa (1749) y la capilla votiva de balcón de Nuestra Señora de los Remedios (1750), demolida en el siglo XIX, que se ubicaba en el solar que hoy ocupa el llamado edificio de San Luis, en la Alameda de Andalucía.

La localización de la capilla de la Cruz Blanca en el lugar formado por las calles Lucena y Santa Clara condiciona su doble planta de forma trapezoidal con triple arcada en cada uno de sus dos cuerpos. Como en el caso del Portichuelo la planta baja hace las veces de soportal público y la superior de capilla abierta donde se venera hoy un cuadro moderno de la Virgen del Socorro. Su decoración exterior de ladrillo raspado y tallado evidencia el carácter de arquitectura popular y vernácula, manejando a su vez elementos ya conocidos del lenguaje culto como las pilastras y arcos almohadillados o los cuatro estilizados estípites que enmarcan la arcada superior. Sabemos, por referencias documentales, que esta capilla de la Cruz Blanca tuvo que ser reparada en numerosas ocasiones debido a su estado de casi ruina. Ello nos lleva a pensar que en origen pudo tener un cuerpo ático superior, que remataría con mejor lógica el edifico, y que quizás fue eliminado por razones de estabilidad en alguna de las obras de consolidación.

La última capilla votiva de la Virgen del Socorro conservada es la existente en la plaza de Santiago. Está documentada su existencia desde el año 1656 y posiblemente fuese reconstruida en el siglo XVIII, fecha del actual cuadro de la Virgen del Socorro. Sin embargo, al siglo XX nada llegó de lo antiguo, salvo una sencilla hornacina de limitado espacio en el que se exponía el referido cuadro. En el año 2004 me visitó, en el Centro Municipal de Patrimonio Histórico de Antequera, el propietario de la vivienda situada en la esquina existente entre la calle san Pedro y la propia plaza de Santiago en la que estaba incluida la referida capilla. El Ayuntamiento le había autorizado a demoler el edificio con la condición expresa de reponer la capilla de la Virgen del Socorro.

En definitiva, lo que quería era que le diseñase una nueva fachada hacia la plaza de Santiago, para incluirla en el proyecto de viviendas que estaba redactando el arquitecto Pedro Pacheco Orellana. El reto era difícil para mí, optando finalmente por recurrir a un diseño afín al estilo y lenguaje de los alarifes antequeranos del siglo XVIII, con evidente intención historicista, que pudiera dialogar en tono menor con dos edificios de gran singularidad en aquel ámbito urbano, como las fachadas de las iglesias de Santa Eufemia y Santiago, ambas obras documentadas del alarife-arquitecto Cristóbal García.

La utilización de ladrillo antiguo procedentede derribo en la nueva capilla le confirió a su formalización un marcado carácter vernáculo, en sintonía con las antiguas capillas del Portichuelo y la Cruz Blanca, convirtiéndola así en la hermana menor de éstas. El antiguo cuadro de la Virgen del Socorro, que se encontraba muy maltrecho por su exposición a los agentes atmosféricos, fue restaurado entonces por Marisa Olmedo en el Centro Municipal de Patrimonio Histórico, en el mismo tiempo en el que se levantaba el nuevo edificio. Con todo ello una capilla votiva, que apenas era una sombra de lo que fue, pasó a cobrar un nuevo protagonismo urbano y simbólico  acorde con su propia historia y significación.


 

 

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