A Carolina.


Nos encontramos a pocas fechas de celebrar nuestra Semana Santa con una amalgama de espiritualidad, arte, cultura e historia por nuestras calles. Una de las épocas más intensas para la sociedad fue el siglo de oro. Aunque sería mejor decir “siglos de oro”, ya que abarcan los siglos XVI y XVII de nuestra era. En estas líneas, me propongo transmitir lo mejor posible, que significó esta época para una ciudad tan notable durante esos años, como lo fue Antequera.

El siglo de oro español se puede definir como una explosión cultural sin antecedentes y muy posiblemente irrepetible. Durante los siglos XVI y XVII se dieron las circunstancias necesarias en todos los ámbitos para hacer posible el nacimiento de la época más esplendorosa en la cultura de nuestro país. Pero no debemos olvidar que este éxito cultural vino acompañado de un declive en lo económico y en lo social. En lo económico hay un aumento de la riqueza, pero mal repartida. Como suele pasar en todas las crisis económicas, los ricos fueron más ricos y los pobres más pobres aun, con una clase media casi inexistente. En lo social se experimenta un aumento de la población; la cual al carecer de recursos suficientes, no tiene otra salida que agudizar el ingenio para poder subsistir, y es por ello que aparece la figura del pícaro, que de forma magistral queda plasmado en el “Lazarillo de Tormes”.

Las letras vieron nacer autores y obras indispensables para la historia de nuestra literatura, cuya influencia llega hasta nuestros días. Hay que destacar, por otro lado, que una de las mayores innovaciones tecnológicas de la época fue la aparición de la imprenta. Que permitió la difusión a gran escala de las obras literarias.

La pintura se desarrolló como arte independiente, creando en España una escuela propia con grandes autores como Ribera, Velázquez, El Greco, Zurbarán, Murillo y tantos otros que elevaron a la pintura española a las más altas cotas de la historia.

Otra de las manifestaciones artísticas que debemos destacar es la escultura y la popularización de la imaginería cuyos temas predominantes fueron los santos, la Virgen María y la vida y sobre todo la pasión de Cristo. La función principal de esta expresión artística era conmover al espectador ya sea admirando un retablo o una imagen portada sobre un paso procesional. Es a finales del siglo XV y principios del XVI cuando nacen en Andalucía y por ende en Antequera las primeras cofradías de pasión. Y para completar este panorama cultural, debemos hacer mención al auge de la arquitectura, tanto civil como religiosa, de las cuales tenemos muchos ejemplos en Antequera, siendo una de las más importantes la Real Colegiata de Santa María la Mayor. Como dato aclaratorio hay que reseñar que a finales del siglo XV, Antequera contaba con tres parroquias, sin existir aun ningún convento, ni orden religiosa establecida. Sin embargo, “dos siglos más tarde, la ciudad contaba con veintiún conventos, doce ermitas, amén de numerosas capillas oratorias, hornacinas de pared, etc, diseminadas por la ciudad”.

La espiritualidad de esta época estaba marcada por una gran ignorancia religiosa dentro de la feligresía. Algunos autores incluso destacan que numerosos fieles no conocían ni tan siquiera las oraciones básicas y muchos eclesiásticos afirmaban que no era necesario marcharse a América para evangelizar al pueblo, ya que en España había muchas “Indias” por evangelizar. En un principio se buscaba adoctrinar y convencer al pueblo, pero si esto no era suficiente se recurría a la imposición; y esta quedará en manos de la Inquisición.

Hablar de poesía religiosa durante el Siglo de Oro, nos lleva, sin poder evitarlo, a hablar de la poesía mística de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús; y de la ascética de Fray Luis de León. Esta literatura ascético-mística o espiritual es una expresión literaria de gran importancia en la literatura española. Con ella se pretenden tener experiencias religiosas y darlas a conocer. Si leemos detenidamente la obra de los autores citados anteriormente, podemos darnos cuenta de la importancia que se le da a la espiritualidad en la época. Se toma la vida como un tránsito hacia Dios y el tiempo que pasamos en la tierra debe ser dedicado a la espiritualidad y la meditación.

En Antequera y bajo la protección de la Escuela de Gramática y Humanidades con sede en la iglesia de Santa María la Mayor aparece la denominada escuela poética antequerano-granadina, que es un grupo poético que se desarrolla desde la segunda mitad del siglo XVI y los primeros años del XVII. Dentro de dicha escuela y como máximo exponente, se encuentra Pedro Espinosa, que nació en Antequera en 1578 y murió en Sanlúcar de Barrameda en 1650. Dentro del esplendor antequerano como epicentro cultural indiscutible durante este periodo, trabó amistad con distintos poetas y otros artistas. Posteriormente y tras un periodo de vida cortesana, hay un cambio radical en su vida y se retira a la ermita de la Magdalena con el nombre de Pedro de Jesús, para posteriormente residir en la ermita de Nuestra Señora de Gracia de Archidona. En este tiempo, toda su producción literaria refleja su forma de vida y se reorienta de forma prácticamente exclusiva a la temática religiosa en una vertiente intimista y de devoción popular. Prueba de ello es este soneto a Jesucristo en la Cruz:

Desplegar como un velo en los coluros

el que, sin cabo, cielo se dilata,

y de llama, hermosamente ingrata,

armar sus campos de cristales puros,

cimientos a la tierra abrir siguros

donde el viento sus plumas desbarata,

hacer al mar, que en perlas se desata,

de floja arena inacesibles muros,

pequeña gloria fue de tu potencia;

más que, de puro amor, te hagas hombre,

Dios mío, por morir por tu criatura,

no es mucho que a los ángeles asombre,

ni los hombres, que ignoran tu clemencia,

lo tengan por escándalo y locura.

 

De su estancia en Archidona, podemos destacar este fragmento de su poesía dedicada a Nuestra Señora de Archidona:

Farol de esta comarca,

luz de Archidona,

Virgen madre de Gracia

Virgen toda graciosa,

tu nido en alto tienes,

blanca paloma,

tan alto, que parece

escala de la gloria.

Tú del Sol eres madre,

rosada Aurora,

privilegiado Oriente

no ultrajado de sombras...

En estos ejemplos y en toda su obra, podemos descubrir a un Pedro Espinosa intimista y capaz de expresar en sus versos el recogimiento y la espiritualidad de una época en la que la sociedad estaba muy necesitada de ella.

Otro exponente muy importante de esta escuela es la antequerana Cristobalina Fernández de Alarcón, a la que se le llegó a llamar la “Décima musa”, gozando de gran fama entre los autores de la época, incluido Lope de Vega, que elogiaron su facilidad para componer poesías, aunque esta fama se ve poco reflejada en las escasas composiciones suyas que se conservan hoy en día. En su época fue llamada también “La dulce antequerana Clío”. Su gran belleza física y espiritual levantó fuertes pasiones. Pedro de Espinosa, al sentirse defraudado, se hizo sacerdote. Lope en “El Laurel de Apolo” alabó la belleza de Cristobalina con gran entusiasmo:

[...]Mas ya por la extendida Andalucía

ríos de menos fama nos previenen,

que ilustres hijos tienen,

y se opone con lírica poesía

doña Cristobalina tan segura,

como de su hermosura,

de su pluma famosa,

Sibila de Antequera,

que quien la escucha sabia y mira hermosa,

allí piensa que fue de Amor la esfera [...]

 

La obra de Cristobalina Fernández, aunque como hemos dicho anteriormente, parca en su conservación, nos deja entrever un carácter pleno de espiritualidad y devoción. Sirva como ejemplo el siguiente poema titulado “Virgen, no hay alba; dígalo el Carmelo”:
Si el Monte del Carmelo es el oriente

de vuestra luz primera que le inflama,

Y de él a ser salasteis fértil rana.

que en planta virgen dio fruto excelente;

si vos sois la corona de su frente

roca de su grama,

que tanta gracia gloria en él derrama

que es en la tierra ya cielo luiciente;

si, junto con ser alba, sois la guía

de esta gran religión, madre y consuelo

de hijos y devotos, Virgen pía:

no os desdeñéis jamás de ser su cielo,

que sí le falta el sol de vuestro día

Virgen, no hay alba; dígalo el Carmelo.

Ahora bien, esta poesía representada aquí en las insignes plumas de Pedro Espinosa y Cristobalina Fernández de Alarcón, no podían llegar al pueblo llano con facilidad, ya que la inmensa mayoría del pueblo devoto de nuestra tierra no tenía fácil el acceso a la obra escrita, bien por incultura o bien por falta de recursos económicos para acceder a los libros. Se necesita una vía mucho más accesible y mayoritaria. Esa forma de expresión espiritual es la imaginería. Un poema puede ser una imagen mental de una escena, pero una imagen tallada en madera puede llegar a ser la poesía grabada en nuestras retinas. Ya hemos señalado anteriormente la enorme pujanza que vivió Antequera durante el siglo XVI y el asentamiento de un número elevado de órdenes religiosas, tanto masculinas como femeninas, que construirán sus conventos, y a lo que se añadirán los beaterios, santuarios, ermitas y parroquias.  La ciudad satisfizo la demanda de las órdenes religiosas, hermandades, clero secular, instituciones civiles y particulares a través de una producción desarrollada en la propia ciudad, lo cual explica el temprano desarrollo de los talleres locales: escultores, pintores, plateros, bordadores, entalladores, estuquistas, tejedores... Así nace en nuestra ciudad la escuela escultórica antequerana. Esta escuela se caracteriza especialmente por la escultura religiosa en madera policromada y estofada. Se representa especialmente la pasión de Cristo, Dolorosas e imágenes del Niño Jesús, así como los santos vinculados a las distintas órdenes religiosas que se asentaron en nuestra ciudad. Y son estas imágenes esculpidas por manos maestras las que cada Semana Santa llenan nuestras calles con sus miradas, sus manos encrespadas, sus gestos de dolor y surcos de sangre y nos llevan a una teatralización suprema de la pasión de Cristo sin necesidad de usar ningún tipo de texto, pero llenándolo todo de poesía. De una poesía llena de filigranas gramaticales, de todo tipo de adornos y colores, que es imposible no sentirse dentro de cualquier escena que veamos realizada sobre la base de un simple trozo de madera.

Durante los siglos XVI y XVII, aparecen en Antequera una serie de escultores e imagineros que conformaron la llamada escuela escultórica antequerana, con una amplia nómina de autores y con muchas de sus imágenes recorriendo aun nuestras calles durante la Semana Santa. Durante el siglo XVI podemos destacar autores como José Hernández, Diego de Vega, Juan Vázquez de Vega y Andrés de Iriarte. En esta época nace un estilo artístico denominado manierismo, que se contrapone al orden renacentista, caracterizándose por la expresividad y las composiciones se dotan de mayor sensación de movimiento. Estas características las podemos observar en el Crucificado de la Paz de la Iglesia del Carmen, obra cumbre de José Hernández y muy especialmente en el Nazareno de la Sangre de Diego de Vega, en el que podemos ver un gran dinamismo y expresividad.

En el siglo XVII podemos destacar a Juan Bautista del Castillo, Antonio del Castillo, Jerónimo Brenes y Gabriel Ortiz del Vargas. En este siglo, se desarrolla el barroco o periodo realista. De Juan Bautista del Castillo, podemos decir que se formó en los talleres de Martínez Montañés. Sus figuras son monumentales y vigorosas. Participó en la fundación de la cofradía del Cristo de las Penas de la iglesia de San Pedro, para la cual realizó la imagen del Cristo de las Penas en 1652, la Virgen del Consuelo en 1653.

De Jerónimo Brenes, podemos decir que trabajó en diversas obras de principios del siglo XVII y colaboró con otros escultores de la época. De su obra destaca la Virgen de la Vera Cruz, de la cofradía de los Estudiantes de Antequera, realizada en 1613 y policromada en 1614, por el pintor Gabriel Ortiz del Vargas.

Por último, podemos señalar a Antonio del Castillo. Hijo de Juan Bautista del Castillo. Aprendió el oficio en el taller paterno. De sus obras destacan sus imágenes de la Virgen como la Dolorosa del Museo de las Descalzas o la Inmaculada del convento de Capuchinos.

Una vez hecho este breve repaso por nuestro siglo de oro, sólo nos queda volver a llenar nuestras calles para poder revivir una época tan intensa y esplendorosa, que se repite año a año, teniendo en cuenta que hablar de la Semana Santa de Antequera supone ensimismarse en siglos de historia y arte. Una historia y un arte que debemos cuidar como uno de los tesoros más hermosos que hemos heredado y que debemos dejar en herencia a las generaciones venideras como algo único.

 

 
  

 
 

 

 

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