Por lo pronto y a diferencia del año pasado, aunque de nuevo toca celebrarla sin manifestaciones de fe por nuestras calles, sí tenemos las puertas de nuestros templos abiertas de par en par, para quien quiera disfrutar de estas celebraciones, las más hermosas de todo el Año litúrgico. Por ello os propongo algunos medios, que desde la clave de la Caridad (unidas sin duda, a la fe y a la esperanza) nos permitan profundizar en el sentido de nuestra Semana Mayor, y especialmente del Día del Amor Fraterno, ese que celebramos cada Jueves Santo.

En primer lugar, poniendo en el centro de nuestra reflexión y nuestra vida al gran protagonista de estos días santos. Si a Jesucristo, al Señor, que por amor entrega su vida en la Eucaristía, acepta su pasión y muerte en la cruz, y es resucitado por el amor de Dios Padre la mañana del primer día de la semana.

Al igual que ocurre con nuestra fe, nosotros no creemos en una idea, o en unas costumbres más o menos piadosas, aunque nos puedan ayudar en la vivencia de dicha fe. No, nosotros creemos en la persona del Hijo de Dios hecho hombre, en el mismo Jesucristo. Y no solo creemos en él, sino que en Él debemos centrar nuestro amor.

Vivir centrados en Cristo no nos evade, sino que nos lleva a hacer silencio en nuestra vida para escuchar Su voz. Una voz que nos va a invitar siempre a que nuestro amor crezca y vaya dando mucho fruto. Que nos lleve a crecer en el amor a su madre y nuestra madre, a María, quien junto a la cruz nos recibió como hijos. Y que desde aquel día cuida de todos nosotros.

Pero sobre todo nuestra tarea es amar a todos esos “cristos sufrientes” que viven entre nosotros. No podemos decir que amamos al Señor y pasar de largo ante el sufrimiento de los hermanos que malviven a nuestro lado. Ahí encontramos otra tarea importante para crecer en la caridad, en el amor concreto en este tiempo que nos lleva a la Pascua.

Para hacerlo de verdad, para vivir la caridad “en cristiano”, es necesario empezar por hacer silencio de todos los ruidos que nos rodean. Vivimos inmersos en un bombardeo de los sentidos. Y debemos evitar caer en la tentación de que nuestros gestos de caridad estén cargados de ruido, de falsos protagonismos o de imágenes en las redes que nos distraen.

Frente a eso, el silencio nos centra en lo fundamental, nos permite vivir sosegadamente nuestras relaciones con Dios, con los hermanos e incluso con nosotros mismos. Ese silencio nos va a permitir oír la voz del Señor, esa que nos sigue preguntado ¿dónde está nuestro hermano?

Junto a evitar todo tipo de distracciones, se hace necesario caminar por la vida con los ojos bien abiertos. Es la única manera de ver a esos hermanos que sufren, que están “al borde del camino”. Porque no podemos permitirnos ponernos de perfil, si queremos, verdaderamente, que nuestra mirada sea parecida a la de Cristo. Él sabía buscar el rostro del que salía a su encuentro. Y lo hacía con una mirada compasiva y rehabilitadora de ese hermano, que de ese modo se vuelve elocuente, termina por hablarnos con claridad del amor de Dios.

Con todo este bagaje en nuestro corazón, podemos aceptar la invitación del Señor de participar de su mesa, en la mesa de la Eucaristía para celebrar su Última Cena, para participar de esa cena pascual que llena nuestra celebración de la tarde del Jueves Santo. Para culminar todos estos dones cierra la cena a los pies de sus discípulos lavando sus pies.

De nuevo los gestos de Jesús hablan por sí solos, siendo incluso más elocuentes que sus palabras. Puesto a los pies de sus discípulos como si fuese un sirviente, les da su penúltima lección: “me decís que soy el maestro y tenéis razón. Y como maestro os enseño lo que debéis hacer unos con otros”. Esa la clave de nuestro servicio, que sepamos hacer entre nosotros lo mismo que hizo el Señor. Solo sirviendo a los hermanos, sólo amándonos nos podremos llamar de verdad hijos de Dios, solo desde esa clave de la caridad podremos llamarnos cristianos. Porque “obras son amores”, porque nuestras acciones es lo que visibiliza el amor de Dios que vive en nuestro corazón.

Ojalá el Señor nos regale este año una Semana Santa que nos permita vivir en profundidad los grandes misterios de nuestra fe, con los pies en la tierra y el corazón en el cielo, disfrutando de la rica liturgia de la Iglesia y haciendo presente la compasión y el amor de Dios entre nuestros hermanos, especialmente con aquellos que más lo necesitan. ¡Que Dios os bendiga a todos en estos días santos!

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