El martes 14 de marzo de 1922 a las 18 horas comenzaba el novenario que organizaba la Hermandad del Dulce Nombre de Jesús “en homenaje a las imágenes que venera”. Las conferencias estuvieron a cargo del joven orador madrileño “que viene conquistándose en la Corte, puesto brillante, lo cual ya, por si solo, da idea de sus méritos”. Era Rogelio Jaén que ejercía en dos parroquias de Madrid. Habló sobre “Existencia y preponderancia del problema social” que trató “el deseo desenfrenado de gozar de los de arriba; la importancia para saciarlo de los de abajo”. Y el segundo tema sobre “Cuna de la sociedad según Aristóteles y Santo Tomás de Aquino” ya que “la sociedad no se funda en el pacto social y libre convenio de los hombres”. A pesar de ser años en los que no se organizaban procesiones, los cultos en los templos eran notables con presencia de 

Este año también hay una similitud de hace cien años con nuestros días. Si en los dos pasados años recordábamos los efectos de la gripe española con la COVID-19, en este 2022 lo hacemos con Rusia. Nos explicamos. Tras la Primera Guerra Mundial entre 1914 y 1918, el país ruso padeció la conocida como la “Hambruna Rusa” entre 1921 y 1922 por lo que desde varios países europeos, entre ellos España, se promovieron campañas de ayuda. Así, en las páginas de El Sol de Antequera se recoge. “Suscripción pro-rusos. El dinero para los hambrientos rusos. Lector: a quien te diga que el dinero recaudado para los hambrientos rusos va a parar a manos de los Soviets, puedes decirle seguro de que dices verdad y que él quiere engañarle. Que ni un solo céntimo del dinero recaudado se envía al Gobierno de Moscou. Que los organizadores de la suscripción española, como todos los demás del mundo, se entienden con los Comités oficiales de Socorro, de los cuales el más importante es el del doctor Nansen. Que esos comités tienen libre entrada y tránsito en Rusia, sin inspección ni vigilancia de los Soviets”.

Que no entra en Rusia ”una sola peseta del dinero recaudado, porque con ese dinero se compran cereales en Rumanía o en Polonia, y se organizan los trenes especiales. Que los citados organizadores invitan al Gobierno español para que nombre un representante oficial, a fin de asistir al reparto de cereales”. “El pueblo español, hidalgo y caritativo, respondió a la súplica, y de su escarcela sacó unas migajas de consuelo y se las envió a aquellos seres humanos entregados a las garras del infortunio. Mucho dinero se está recaudando aún para aquello infelices, a pesar de que en España nos llueven los pesares”. ¡Cómo cambia el mundo o no! Dejamos este apunte y sigamos con la Semana Santa.

En las páginas del 10 de marzo se recoge un natalicio el de Pura, hija de Santiago Vidaurreta Palma y Purificación Blázquez-Pareja Obregón. Se trata de  Purificación Vidaurreta Blázquez, camarera del Dulce Nombre de Jesús que es desde 1959 y que escribiendo estas páginas cumplía 100 años el lunes 14 de marzo. Una leyenda de las camareras de nuestra Semana Santa.

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Crítica por no organizarse procesiones: “¡Ésta es la realidad; así vivimos engañados”

Se lamenta en estas páginas que “hubo una época en Antequera que a la magnificencia de sus procesiones de Semana Santa llegaron a traspasar los límites de su término y aquí venían numerosas familias de otros puntos, a admirar el lujo, la ostentación de los pasos y el entusiasmo y fervor de los antequeranos”.  Llegó a “agotarse todas las provisiones de los establecimientos públicos, debido exclusivamente, al crédito de sus procesiones, y una bien organizada propaganda”.

En 1921 “hubo que ir a Archidona, Mollina y Bobadilla para ver procesiones, porque en Antequera no había cofradías o hermandades que las organizaran”. Por cierto que en Bobadilla, el  1 de abril comenzó un septenario a la Virgen de los Dolores que procesionó el Viernes Santo a las nueve de la noche con una “solemnísima procesión con los pasos de Nuestro Padre de la Vera Cruz y Nuestra Señora de los Dolores, asistiendo a estos actos, hermandades de la patrona y apostolado de la oración”.

Tras la Semana Santa, que transcurrió del 9 al 16 de abril, José Muñoz Burgos describía: “Otro año perdido por Antequera en lo que a sus fiestas de Semana Santa se refiere. Es decir, otro año más en que pasan los días consagrados a la Pasión, la más grande conmemoración de la Cristiandad, sin que las procesiones riquísimas y fastuosas de nuestras cofradías luzcan en la calle, como exteriorización del sentimiento religioso local y como manifestación artística y típica, digna de figurar entre las más de renombre de España”.

Destaca las tradicionales las características “armadillas”, por el lujo y gusto especial  de las vestiduras “de hermanos y campanilleros, y la perspectiva que ofrecen durante el  desfile por las calles del centro de la población”. Mientras tanto, “poblaciones que cuidan más de sus intereses, improvisan con elementos menos valiosos y peculiares, con menos originalidad, pero con una propaganda intensa, fiestas religiosas para la atracción exclusivamente de forasteros, y es que hasta en esto los tiempos modernos dan un mentís rotundo al dicho antiguo de que el “buen paño, en el arca se vende”.

Termina abogando por una solución para próximos años: “Es preciso, por amor a Antequera y por su interés propio, fomentar las fiestas de Semana Santa y ver de dar realidad estable a tan interesante asunto, antes que muera por la apatía y la indiferencia y antes que se vea completamente ahogado por la competencia feliz de otras laboriosas y activas poblaciones”.

Insiste en la crítica a los cofrades Javier Blázquez Bores, quien bajo el título de “Pasó otra Semana Santa, sin procesiones...”, expone: “Yo; no puedo creer, que tal hecho, se reproduzca en años venideros no debo abrigar esta sospecha; no es posible, que descienda a tanto, la propia estimación… ¡Vergüenza, debiera causarnos lo ocurrido! ¡En pocas poblaciones católicas, habráse dado un ejemplo igual! En ninguna, quizá, se haya dejado sentir, un tan completo indiferentismo religioso!.

El caso, es verdaderamente inconcebible; tan extraño, que no admite la más ligera justificación; olvidar nuestras valiosas imágenes en sus templos, es faltar al culto que debemos y que tiene un antiguo abolengo: es herir, la fe religiosa de nuestros mayores; es ofender, a una de las más gloriosas tradiciones antequeranas”. 

Seamos abúlicos en otros aspectos, continuamos siendo víctimas de la fatal desidia; no nos abandonemos tanto que acabemos por borrar hasta el amor a unas hermandades históricas, que tienen sus raíces, sus cimientos en las propias entrañas del pueblo.  De que se repita estos hechos, absolutamente a todos y más esencialmente a los que somos hermanos de cofradías, alcanza una responsabilidad definida, no pretendamos la disculpa, cargando tal responsabilidad sobre otros; porque el que calla otorga”. 

Expone que hay que dejar atrás el pasado y mirar el futuro desde el presente. “No hay que buscar las causas, en errores pasados, en peores o mejores aciertos de organización y de tacto; en fracasos más o menos evidentes; en atribuir, ¿por qué no decirlo?, a los hermanos mayores de cofradías, falta de voluntad y hasta de celo, en la labor; es verdad, que deben encerrar los mayores caudales de entusiasmo, quienes asuman la dirección de ella, porque en todas las colectividades, se precisan de hombres, que llevados en aras de una fe indomable, trabajen incansablemente y sean los primeros en dar patentes pruebas de su actividad, para estímulo y confianza de los que le sigan.

Tal ausencia de condiciones no cabe sospechar en ellos; lo que ocurre es, que para no dar razón a nuestro especial manera de ser, terminamos por adoptar siempre la postura más cómoda, la que más conviene”. 

Y culmina con una reflexión que, en más de una ocasión, años atrás, incluso hoy en día, se mantiene viva. “Sentimos una idea; la vigorizamos con el fuego de nuestros entusiasmos; la proclamamos en público, como excelente; la rodeamos de admiradores, y cuando es llegada la hora de impulsarla, en los instantes precisos de la acción, como movidos por misterioso resorte, aparecemos transformados: apáticos, indiferentes, y…  viene lo peor, lo lamentable, lo absurdo: protestamos de verla y realizada, hablamos mucho, censuramos más, sin convencernos de haber sido su mayor instrumento suicida, porque para hacerlas cristalizar se necesita del esfuerzo común, de ese primer empuje, que no supimos mantener hasta el fin”.

Para terminar, no tiene impedimentos en cerrar sus palabras con más contundencia aún: “Ésta es la realidad; así vivimos engañados y así transcurrirán una y otra Semana Santa, sin procesiones. ¡Siempre los mismos! ¡Tenemos, lo que merecemos! ¡Ya pasó!...”. Una reflexión a la que al menos en el último siglo, el mundo cofrade local se ha adherido en más de una ocasión. Cuando hay patrimonio, no se procesiona. Cuando se puede, no se quiere. Y en momentos en los que se quiere innovar, todo nos parece muy bien hasta que se pretende y nadie lo respalda. Si quitáramos el año 1921 y se pusiera en otros lustros, incluso hoy en día, la descripción puede ser muy actual en nuestras cofradías.

Hace cien años, las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y de la gripe española seguían presentes en Antequera, pero como en todo el mundo. Pero la escasez no impedía ayudar a quien lo necesitara, como curiosamente al pueblo ruso. Aunque en temas como los nuestros, las procesiones en Semana Santa, seguían arrinconadas y olvidadas en los templos, casas de cofrades y sin poder llevar a la calle para cumplir su cometido, incluso para contribuir al desarrollo económico de una ciudad a la que siempre le ha venido bien el turismo. ¿Tanto cuesta arrimar el hombro e ir todos a una? La historia se repite una y otra vez.

 
 

 

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