Iniciamos hoy, una serie de artículos divulgativos sobre la historia del Cementerio de Antequera a fin de dar a conocer cuales fueron las causas para su construcción, la fecha, los personajes y autoridades que intervinieron, así como los obstáculos y adversidades que concurrieron y que alargaron más de cincuenta años su apertura. 

 

Pero antes de entrar de lleno en el relato de nuestra historia local, creemos necesario dar unas pinceladas generales sobre cuándo y por qué surgen los enterramientos y hacer un escueto relato histórico hasta llegar a la Real Cédula de Carlos III de 1787 que determinó su construcción.

Cementerio, camposanto o panteón es el lugar donde se depositan los restos mortales o cadáveres. “Cementerio” proviene del término griego “Koimetérion” que significa dormitorio porque, según creencia cristiana, allí los cuerpos dormían hasta el día de la resurrección. A los cementerios católicos se les suele denominar también camposantos, ello se debe a que en Pisa la autoridad ordenó cerrar el cementerio construido en el siglo XIII dentro de la ciudad por medidas higiénicas y se cubrió el terreno con una gran capa de tierra que las galeras pisanas habían traído de los lugares Santos de Jerusalén.

El ser humano es, a diferencia de los animales, el único que entierra a sus congéneres y deposita a sus muertos en lugares construidos expresamente para esa finalidad, y se cree lleva haciéndolo unos 100.000 años. En Europa los primeros enterramientos datan de la época Neandertal y se datan en unos 40.000 años.

En la época clásica los cementerios se situaban fuera de las ciudades y de las murallas de protección de las mismas, porque el mundo de los vivos debía estar apartado del mundo de los muertos. Los enterramientos se sucedían a lo largo de los caminos y terrenos cercanos, así ocurría en Roma, donde las tumbas de los romanos se realizaban a orillas de los caminos, o bien en jardines privados del propio difunto.

Con el tiempo, los enterramientos acabaron efectuándose en las ciudades y ello se debió al culto que los cristianos profesaban a sus mártires. Debido al culto y a las persecuciones a las que estaban sometidos como movimiento clandestino, se vieron los cristianos obligados a enterrar sus cadáveres en los lugares en que se reunían para orar, aprovechando para ello las antiguas galerías de canteras  abandonadas, lo que se conoció por catacumbas.

Desde el edicto de Milán, en el 313 d.C. las catacumbas se convirtieron en lugar de peregrinación y a su alrededor se fueron conformando los cementerios, siempre lo más cercano posible a las reliquias de los mártires. En la Edad Media, el crecimiento de las ciudades  pudo condicionar que los enterramientos que se venían efectuando, como era lo acostumbrado, en los cementerios anejos a las iglesias quedaran estos finalmente en el interior de las poblaciones.

La relajación posterior en las costumbres llevó a que determinadas personalidades, a su fallecimiento, fuesen enterradas en el interior mismo de las iglesias, eso ocurrió con determinados Obispos o con el mismo emperador Constantino que en siglo IV fue enterrado en la Basílica de los Santos Apóstoles en Constantinopla, o con Clodoveo dos siglos más tarde, enterrado en otra basílica.

La situaciónen nuestro país

En España, ocurría lo mismo que en el resto del mundo occidental y cristiano al que pertenecía. Con la invasión visigoda comenzaron a enterrarse los cadáveres en las afueras de la ciudad, pero luego, tras el Concilio de Toledo en 792, se permitió que algunas personas de jerarquía superior pudieran ser enterradas en el interior de las iglesias.

No obstante ello, las leyes del Fuero Juzgo (1241) no solo impedían los entierros en las iglesias, sino también la ubicación de los cementerios cerca de centros urbanos.

Las partidas de Alfonso X en 1318, prohibieron los enterramientos en el interior de las iglesias, aunque permitían que algunas personas pudieran ser enterradas en ellas, entroncando así con las costumbres heredadas del mundo romano y visigodo.

Así, en nuestro país, a finales de la Edad Media, los cristianos recibían sepultura en su iglesia parroquial, envueltos en un simple sudario, sin ataúd, los adultos boca arriba, los niños de lado en posición de dormir. Las inhumaciones se realizaban dentro o cerca de lugares sagrados esperando con ello las garantías de salvación del alma. La realeza y personajes más favorecidos ocupaban espacios privilegiados en las iglesias, mientras que el resto de la población ocupaba el espacio sobrante. El negocio de las sepulturas fue una constante que la Iglesia toleró y los fieles contribuyeron a mantener. El deseo de sobresalir, incluso en la muerte, potenció el encarecimiento de las sepulturas y el encargo de misas y novenas dedicadas a los fieles difuntos.

A pesar de las disposiciones sanitarias establecidas para controlar de alguna forma las consecuencias de esos enterramientos multitudinarios, en lugares tan reducidos, prevalecía la negligencia a la hora de cuidar el estado y aspecto de las sepulturas, con cadáveres hacinados y amontonados los huesos sin pudor alguno, mentalidad que subsistiría hasta el siglo XVIII. Los suelos levantados a causa de tumbas reutilizadas sin igualar, ni enladrillar, con el consecuente hedor y falta de higiene fueron continuamente denunciados.

A pesar de todo lo anterior, en épocas puntuales y de epidemias, se buscaban lugares alejados de las urbes para efectuar los enterramientos de las personas fallecidas por contagio, con la clara intención de tener estos cuerpos alejados y evitar el contagio. Sería este razonamiento el que más tarde daría lugar a que estos lugares fuera de la población se tornasen  de provisionales o puntuales en permanentes.

En el París del siglo XVIII se había intentado resolver la situación depositando los huesos en vastas catatumbas subterráneas, pero cuando estas empezaron a amenazar la estabilidad de la superficie de la ciudad se requirieron nuevas soluciones y en época de Napoleón se ordenó la creación de nuevos cementerios con el diseño de jardines alrededor de la ciudad. El primero y más importante es Pere Lachaise que abrió en 1804. Hoy este cementerio es una ciudad, donde se encuentran enterrados más de un millón de cadáveres. 

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