El pasado sábado, 21 de mayo, salió en procesión el Señor. Esta simple palabra, Señor, lo significaba todo en mi Antequera lejana; los antequeranos que habían emigrado a otros puntos de España, venían a Antequera por el SEÑOR y se despedían de sus parientes y amigos con un el año que viene nos veremos “pá” (para) el SEÑOR. Empezaban las novenas del SEÑOR. Todo hacía referencia, claro está, al SEÑOR de San Juan, al Cristo de la Salud y de las Aguas, cuya pequeña historia del Cristo y de su esperanza en que ayude a Antequera en tiempos de sequía quedó reflejada en el artículo escrito por nuestro director, A. J. Guerrero y publicado en el diario “Sur de Málaga” de 20 de mayo del 2018. En aquel año se cumplían 350 años de la sequía en la que se encontraba inmersa Andalucía. Era, en 1668. Esta vez, en el 2018, las lluvias volvieron a aparecer cuando se sacó en procesión al Cristo que desde 1668, vio su nombre original –Cristo de la Salud– ampliado a Cristo de la Salud y de las Aguas.

Mayo es el mes de las flores, el mes de María. Pero en Antequera es, ante todo,el mes del Señor. Recuerdo, aún muy niño, cómo esperábamos la llegada del mes de mayo, y el comienzo de las novenas y funciones religiosas que se celebraban en San Juan, en honor del SEÑOR. La casa donde vivía con mi familia, en la calle del Río, era un observatorio privilegiado para ver pasar a muchos de los que iban a pie cada día a la función del SEÑOR o a hacer su novena en la iglesia de San Juan y pasaban por mi calle; otros, lo hacían directamente por la Cuesta de “Los Rojas”. El caso es que toda la muchedumbre acudía a San Juan en aquellas dos primeras semanas de mayo en espera de la solemne procesión que siempre tenía lugar en domingo muy próximo al 20 de mayo.

¡La ida a la iglesia de San Juan por aquel camino del río con el huerto Perea esperando con sus flores enfrente,es uno de los recuerdos más entrañables que tengo de aquellos meses de mayo! Y ¡las dos filas inacabables de personas alumbrando el día de la procesión con su vela, los niños con una velita pequeña, y los mayores con una vela grande y gruesa, también! Por cierto, la de mi padre me parecía ¡especialmente gruesa! Y así, cada año, esperábamos pacientes el comienzo de las funciones, tras el día de la “bajada del SEÑOR” desde su capilla hasta el altar mayor. Ese era el regalo del cielo a los antequeranos: todos pedían salud y todos pedían agua de lluvia, en tiempos de sequía. Y todos depositaban su confianza en el SEÑOR. ¡También los estudiantes en aquellos días de exámenes finales!

Tradicionalmente eran los gremios los que dedicaban su función religiosa al SEÑOR. Más tarde, el panorama socio-laboral de la ciudad fue cambiando, y con el mismo esquema de siempre, fueron participando en los actos en honor del Señor otros grupos sociales, al lado de los tradicionales. Cada uno de estos grupos participaba a su manera el “día de su función”. Los “oradores sagrados” tradicionales dieron paso a la persona que cada grupo designaba para su oración-ofrenda al SEÑOR. 

Uno de estos grupos, pujante a principios de los años 90, no solo en Antequera sino en la Convención Anual de Peñas Taurinas de Madrid, fue la peña taurina “Los Cabales” que, de la mano sabia y silenciosa de Tito Pepe, organizaba todo tipo de actos: magníficos pregones taurinos, romerías al Cristo de la Verónica y, ¡cómo no!, una magnífica función al Señor. Un año –creo que fue el 1992– fui designado orador ante el Señor de la peña taurina “Los Cabales”. Volvía yo de Japón y fue en Tokyo donde empecé a pensar en mi ofrenda al SEÑOR. Créanme, verme tan pequeñito al lado del SEÑOR, que me pareció más enorme de lo habitual, hizo que me elevara también yo un poquito. Recuerdo perfectamente todo lo que dije y que atribuí al encargo que me había hecho  la peña taurina “Los Cabales”.

En un momento de mi intervención aseguré que los japoneses, en cada mes de mayo, veneran, sin ser conscientes de ello a nuestro Cristo de la Salud y de las Aguas; los pequeños altares que proliferan por Tokyo lo demuestran: los japoneses adornan Tokyo y –supongo que otras ciudades– con pequeños altares para pedir a sus Dioses buena salud y protección frente al mal. Acabé mi ofrenda al Señor, contento de lo que había dicho, no sé si más empequeñecido después de hablar “a su vera” y prometerle que “Los Cabales”, en sus acciones, velarían porque la fiesta de los toros fuera un lugar de convivencia alegre y no de confrontación violenta. Mi amiga, la madre Piedad, como siempre tan cercana, fue testigo de todo lo que dije y de cómo lo dije.

Terminaré diciendo que, en el año 2004, nuestro Cristo de La Salud y de las Aguas fue elevado a la categoría de Patrón de Antequera. Tenemos pues en nuestro pueblo un Patrón (el SEÑOR), una patrona (Santa Eufemia) y una Copatrona (la Virgen de los Remedios).