Soledad casi absoluta a esas horas de la mañana. Abundancia de nubes que soportan agua olvidada de los grandes vientos. Sólo miradas algunas ausentes y otras presentes desde un ventanal cercano mojado por la lluvia en la entrada del verano. 

Las olas se sienten altas y fuertes, se miran  poderosas en los fondos de cristal acuoso, enfundándose en espumas extraordinariamente lejanas y llegadas como demundos remotos, de océanos  embravecidos que sin él, sin ese hombre de edad mediana,  pierden algo de su equilibrio irreal y  se convertirían en naufragios.

El hombre ciego ha llegado con su perro guía al borde de las rocas que rodean la playa. Si habitara en Dover, donde los acantilados blancos forman un contraste majestuoso,  hubiese olido un paisaje distinto.

Un ladrido satisfecho se oye a lo largo de la arena húmeda contenta al fin de perder un poco de su ardor natural, feliz de probar otros sabores.  El perro lazarillo es enorme aún en la distancia.Pelaje negro azabache, brillante,seguramente es un labrador retriver. Su reacción ante  la satisfacción de ayudar a su amo o la alegría y tranquilidad de reconocer la calma  de observar que no hay peligro. Los dos, el ciego y su perro se sientan  en la arena y comparten  momentos de sueños. Oyen, huelen, tocan, perciben, abarcan con su mirada laraya del horizonte sin límites que tienen delante.  No hay móviles que suenen, ni mensajes de wasap, ni instagran, ni memes, sólo el sonido agudo de algunas gaviotas que planean sobre sus cabezas. Ellos dos, perro y hombre  ciego, navegan desde la orilla en solitario. Son como la imagen hecha palabras de un cuadro de Renoir asomado al palco de la vida, o como las pinceladas rápidas y descriptivas   del impresionismo literario de Azorín  o  Machado.

El sol asoma con pudor. Los dos se levantan, perro y hombre ciego y se alejan del paisaje para emprender la rutina de cada día.