Signos de mensajes. Palabras que brotan sin determinación.

Enfrentadas, cara a cara, azules, de seda. Al menos tres capas de singular trama. Se cuida con rendido afán, la trayectoria del tejido, la temperatura en cabina, la textura, la costura invisible en la parte más delgada, en la línea que diferencia a unos de otros, para que no se mezclen, para que no se volteen. Como la opaca caridad del rico sórdido que no debe parecerlo para que las masas lo aclamen, hasta que descubran su mala confección, su calidad deplorable.

Dos.

Cuelgan rectas, las dos partes, apuntalada la de atrás para que no se tambalee. Signos de excelencia. Pero ¿son de fiar? ¿O están confeccionadas para dar el pego a la primera de cambio? Sin arrugas, para que una vez anudada, nada se escape y caiga libre de impuestos y tenues sonrisas que tal vez oculten mentiras que no tiene nada de piadosas.

Dos corbatas.

Uniformados hombres. Estruendo disimulado de mandíbulas apretadas, caducada y antigua ferocidad. Arrogancia de partido. Es la hora, es el momento. Siete dobleces de seda cosida a mano. Lo más. Un lujo inapropiado en los días que corren. Abnegada predisposición al sacrificio, al combate, al heroísmo incluso. Destinados a ahogarse en sus propios nudos a asfixiarse, antes que ceder unos milímetros de alivio a los recortes, a la penuria, a la adversidad.

Dos corbatas azules.

 

¿Y por qué dos? ¿No sería mejor poseer un amplio surtido en los armarios gubernamentales?

Datos agónicos, cifras en rojo, inútiles, solas. Y nosotros aquí, mirando a través del cristal que no es rosa. Somos rostros ajenos al tacto. Contables, números. Vidas, seres humanos traducidos en cantidades anudadas, para que no escapemos al control lluvioso de las piezas sedosas, a los despidos libres, a la congelación salarial. Faltan pespuntes y líneas maestras efectivas para coser las piezas que no encajan.

Dos corbatas azules. Dos hombres. Verticalidad de cuerpo.