Así como quien no quiere la cosa llegué a un portal oscuro. Se presentaron ante mí, cuatro escalones inmensos, cuatro alturas definidas y suspiré. Agarré las muletas con fuerza y salvé el obstáculo. Un pasillo angosto me sorprendió en la entrada de la clínica. En él una sonrisa con bata blanca. Mis dos muletas avanzaban hacia la luz. Una figura menuda interceptó mi torpe caminar, "Hola soy Julia, seré tu fisioterapeuta".

Vi su rostro de rasgos jóvenes, sus ojos, sus pupilas, y enseguida, mi mirada se detuvo en sus manos.

Oía voces de fondo. Observé hombros doloridos, rodillas cubistas, muñecas de escayola, espaldas inseguras.

Seguí a Julia por aquel bosque de máquinas y sillas, de respiraciones relajadas, de charlas distendidas, de camillas impolutas. No dejaba de observar sus manos. Llegamos al trono en donde debía sentarme. Ella, a mis pies, menuda, sonriente. Alargó sus dedos finos, flexibles y los colocó enguantados sobre el maltrecho punto de mi anatomía. Las manos se movían ágiles, sentía dolor y alivio. Enseguida supe que las manos de Julia, desconocidas para mí hasta ese instante, me salvarían del inmovilismo. No eran diez dedos profesionales, buscando los puntos nerviosos, eran mucho más que eso. Sin darme cuenta, se transformaron en diez miradas atentas, siempre, a cualquier gesto de dolor contenido.

Surgieron las palabras y conectamos la triangulación. Hay momentos en lo que todo es sencillo, preciso, donde todo lo que te rodea respira armonía. Los pasillos se vuelven acogedores, los aparatos de tortura se convierten en tus aliados, las personas amables, divertidas, amigables y las manos de Julia, ¡ah!, éstas son mágicas.

¿Y los escalones de la entrada, Carmen? Siguen ahí a la salida. Sí, pero ahora no me parecen insalvables. Si pienso en mañana, respiro tranquila y confiada:"Mañana las manos de Julia obrarán de nuevo el milagro".