Belén campanas de Belén que los ángeles…

 

Estaba despierta, evidentemente. Llevaba oyéndola un buen rato. La imaginaba vestida, arreglada, maquillada, sin un rulo, ni una pinza, con una sonrisa de, ¡buenos días! Así era siempre.

Su despertador la llamaba temprano y ELLA, que era dormilona, se levantaba sin una duda. Y se vestía de empresaria añadiendo a su arrolladora personalidad, un toque de perfume de canela. La oía atravesar el salón con seguridad. Sus pasos se detenían ante el belén. Sabía, mientras remolona me desperezaba entre sábanas suaves, que estaba colocando en su sitio las figuras del nacimiento, que yo me ocupaba de reubicar cada día. La lavandera me gustaba que estuviera más cerca de la cascada, pero ELLA decía que así no podía lavar bien. Era entonces cuando me describía cómo lavaban las mujeres en el río. Me convencía. Pero al día siguiente, el ángel, estaba al lado de los pastores, porque yo defendía que así ellos, los pastores, se enterarían mejor de la buena nueva y ELLA: "No Carmen, a los ángeles se les puede oír desde cualquier lugar". Así que volvía el ángel mensajero a la copa del olivo, en un vuelo dorado de bendiciones festivas y mensajes divinos.

Beben y beben y vuelven a beber los peces en el río…

Guapa y elegante, como nadie que yo conociera, retomaba su caminar. Las ocho. Sonaba diana para el cole, para las notas, para el final del trimestre, para las vacaciones de Navidad. Sonrisa en ristre, me aleccionaba de todo lo que una niña buena debía o no debía hacer. Si ELLA tenía que marcharse, mi abuela la suplía y Carmen Avilés sin alzar la voz, conseguía su propósito: educación espartana, os lo aseguro, fuese la fecha que fuese.

Noche de Paz, noche de amor… Estos días en que todos recordamos, vivimos, e incluso imaginamos lo que pudo haber sido y no fue, yo la veo a ELLA, y somos cómplices a la hora de descubrir y trazar caminos de vida entre las ramas de un abeto verde. Verdes sus ojos, profundos como su pensamiento, infinitos como sus abrazos, lúcidos como su mente.

Madre en la puerta hay un niño más hermoso que…

En bandeja de plata ponía ELLA el anís y los dulces para los Reyes Magos y mientras, me contaba las más bellas historias de nieve remotas, de países lejanos, que siempre me fascinaban por lo inalcanzables que eran, por lo frágil que me veía al lado de los enormes glaciares de la Patagonia. ¿Podré viajar hasta allí? Cuando seas mayor. ¿Puedo cantar villancicos? Y cantábamos. Yo tocaba la zambomba y ELLA el piano. Un piano de teclado blanco, como las nubes de algodón del belén, y negro, como la noche que se cernía sobre él, cuajada de estrellas. Sus manos largas y de uñas rojas se deslizaban por los sonidos navideños y yo pensaba que algún día mis manos, aún pequeñas, arrancarían notas traviesas a aquellas teclas. Era la fugacidad de una idea que daba paso a acordes sentidos desde la emoción.

La Virgen está lavando y tendiendo en el romero…

El sueño, los sueños que contemplan y reflejan la redondez de las campanillas, la felicidad de los lazos, la aspereza del corcho, la suavidad del musgo, el brillo de los zapatos, la transparencia de las lágrimas, el tintineo del cristal.

Hay muchas preguntas sobre la Navidad de aquellos años que no me han sido contestadas, pero siempre espero, que uno de los regalos, del árbol que se eleva en el que ahora es mi hogar, aquí en Málaga, aparezca una tarjeta, un brillo, una estela de su perfume lleno de respuestas vivas, brillantes, inteligentes, leales, como ELLA, como Isabela, mi madre. ¡¡FELIZ NAVIDAD!!