Amanece tras las tormentas.  Escribo sobre el tiempo presente. No sé si el mar se acerca a mí o soy yo la que avanzo hasta la orilla del puerto.
 Estoy segura que yo no puedo moverme, estoy posando para pintores nómadas. Un ligero parpadeo, para ver de reojo los árboles que sobre el monte se muestran verdosos en una quietud semejante a la mía. Sonrío para adentro. Me siento afortunada, cobijada entre cristales transparentes, junto al mar.  Rodeada de una veintena de retratistas que quieren captar mi rostro. 
 
Miradas maestras que bajan al papel de dibujo y suben presurosas hasta mi cara. Ojos, nariz, boca pelo, pómulos… En quince minutos tiene que captar mi esencia. ¿Y podrán adivinar mis pensamientos? ¿Podrán dibujarlos, darle color? Pinceles que se apuestan consigo mismos una avanzada hacia el dibujo perfecto, hasta alcanzar la gloria y porqué no. Huelo a agua, a acuarela, a grafito, a papel blanco que poco a poco se cubre de trazos. 
 
Siento curiosidad, por verme retratada por personas distintas con técnicas diferentes, con manos y miradas aliadas bajo un mismo fin pero voluntarios de hacerlo.  Rectifican, crean, borran, van, vuelven. Humedezco mis labios y disfruto de mi quietud. Cada época elige sus héroes y ésta y aquí ha elegido los suyos: Retratistas Nómadas de Málaga. Cuando el reloj marque los segundos puntuales, yo entraré a formar parte de ellos y me sentiré transgresora, viajera, ágil de pensamiento.  
 
 Inexorable el paso del tiempo. Llega el final del principio. Me paseo entre los retratistas y me río junto a ellos de mi cara. Todos y todas han puesto pasión, vida, y unas pinceladas de verde en mis ojos. ¡Fantástica experiencia!