Todo nuevo en este tiempo igual y diferente. Todo está hecho, pero queda todo por hacer. En este mes de abril que siendo lluvioso,  con suave mano mece la cuna de la incertidumbre nubarrones grises a cielo abierto. Silencios aplaudidos  en la distancia que tienen un tiempo de espera,  una paciencia infinita con mirada profunda hacia un futuro  un tanto incierto.

Ariscos y solos los setos de la calle  devuelven un verde oscuro a las ojeadas indiscretas de las altivas palmeras. Maúllan los gatos desesperados por las ausencias.  Las gaviotas asoman   imponiendo la libertad  de sus alas,  el desahogo de su vuelo rasante y casi perfecto en medio de la certidumbre urbana. ¡Volad, volad! 

¿Cuántas fotografías se hacen al día, en estos días extraños? En estos días en los que se añora la otra rutina, la otra. Todo anda como resacoso de actividad. Parece que se vive sin selfies, sin miles de imágenes captadas en el click del móvil, sin paseos que dar por calles abarrotadas o solitarias, por plazas con sonido a agua de fuentes, o de arcos de triunfo.

Bancos solitarios a la espera del viandante cansado o perezoso, de la bolsa de las compras en un receso rápido entre tiendas. Cuerpos que no giran al sol porque están ausentes, sol tibio y casi desaparecido que alumbra imposibles estatuas tristes, erguidas sobre su pedestal a la espera de que alguien las mire.

En la vida casi todo o todo depende del color, de la lente, del ojo  con que se mire. Trampas de color  llenas de figuras abstractas. Fachadas enmudecidas sin legítima defensa. Memoria de voces que llevan  la cuenta de  la mudez  y el silencio pesado,  pesaroso, denso.

A veces viene la tristeza de algún lugar desconocido y le das la bienvenida porque es un variación  de  rutina.  Agradeces el sonido melancólico de lo cambiante pero no le permites la visita por largo tiempo. Deshacer el camino va a ser una ardua tarea.