Dejaba las poesías en los lugares más insospechados, declinaba sus pensamientos entre el arbolado de la Dehesa de la Villa. Y decía mientras tanto que por nada del mundo dejaría de buscar palabras y de ser el guardián último de las historias las contadas, las escritas y las imaginadas. 

Fuera de acomodo y bañado de mente  lúcida. Flamencólogo de hondo rasgueo, de profunda mirada,de señorito andaluz en medio de las cuevas de los gitanos por seguiriyas. Cante,  baile, guitarra, voz rota y grave.  Escribía lo que pensaba y pensaba lo que quería y así vivió escribiendo ensayo, poesía,  filosofía y  rasgando, como buen crítico, aquello que a pesar de la amistad, le pedía este estilo. 

Conflictos personales, urdimbres de  renombrados tintes biográficos atados en ese cordel que casi teje a la vez que la vida. Nada de atropellos vanos,  de verborreas inútiles  o de pensamientos vacíos de contenido humano. Grupo del 50, Cerro de los Locos, calle María Auxiliadora, reuniones clandestinas de mentes sagaces. 

La poesía, decía, lo salvaba de las asperezas de la vida de lo inhóspito del mundo, de las injusticias sociales, del llanto de los olvidados del lamento de los no nombrados. Eludió como maestro  las fronteras de los géneros con la contundencia que le caracterizaba con la libertad que poseía, con la cíclica herida  de un código de honor de seguir estando vivo. No bajó la guardia ante las mudas preguntas que circunvalan Argónida  en un 13 de Agosto o en un invierno de ramas secas y frío montaraz.  Con ella y para ella elabora el no olvido de la lingüística, de la búsqueda de la perfección que tanto se critica él mismo en Pliegos de cordel. Experiencia volcada en la escritura.  Días y noches sin límites. Sitios que son tiempo.

“Era tan libre 

que nunca consintió  

que otro lo fuera”. 

Hasta siempre don José Manuel Caballero Bonald, Pepe para los amigos.