“Siempre nos encontraremos a nosotros mismos en el mar”. (EE.Cumming) 

Lectura de  agenda por si acaso. Hoy calma total, mañana ligera brisa, pasado renovar el oxígeno del planeta para eso se convierten los mares y océanos en los pulmones de la tierra. La semana que viene recordarle a más de uno,  que estos océanos son una fuente importante de alimentos y medicinas  y desde luego una parte fundamental de la biosfera, en fin,  el día a día  de las inmensidades. Parpadea la noche en medio de este paréntesis de pensamiento de sorpresa contenida no vaya a ser que… En realidad las aguas emergen de entre piedras y se quedan arremolinadas como caracolas de nácar, caracolas en la que se deshacen  las playas. Es un olor  de siempre, un raudal de energía que vuelve una y otra vez hasta el horizonte galvanizado de fronteras en las que las palabras se convierten en olas y los números cual ecuaciones irresolubles transitan entre callejones de sal y viento buscando la solución perfecta de los polinomios de los mares. 

Historias de grandes  naufragios, de mar en calma, de profundos zonas abisales en las que se escriben  el devenir de la leyenda de los hombres y las mujeres  que decidieron atravesar su  propio destino entre las sombras inconexas de los castillos de arena,  para mantener a flote sus vidas. Náufragos que recalan en las cuevas esculpidas por el mar, lamidas por las tempestades de los cuentos de infancia en las que a lomos de caballitos de mar se recorren los vetustos andamiajes   de las melancolías marinas  que habitan cerca de las desembocaduras de los ríos que llevan y traen  los misterios de las embarcaciones.

No hay mapas que señalen lo perfecto ni marcas en ellos que nos lleven a un lugar seguro en que los pies descalzos alcancen la luna.  Sólo las islas aparecen como sonetos encadenados en esta inmensidad  de las aguas.