Me llega a través de El Sol de Antequera, la noticia del fallecimiento de Rosario Madrona. Su muerte me ha entristecido de manera muy especial porque era una persona muy apreciada por todos los que la conocíamos y también por los lejanos recuerdos que ha traído a mi memoria.  El Bar Madrona que ella regentó durante mucho tiempo, lo frecuenté de adolescente hasta muchos años después, pues mi padre cuando tenía que ir a Antequera desde su lugar de trabajo, siempre acudía a este bar para coordinar sus recados y quedar con algún amigo de su profesión. En esos  breves viajes que hacía yo le acompañaba en muchas ocasiones, y allí tomábamos café o comíamos, incluso algunas noches pernoctábamos en sus aseadas y cómodas habitaciones. 

Mi padre cuando dejó su pueblo natal, La Peza, para venir a Antequera poco antes de la Guerra Civil, recordaba que el Bar Madrona era el lugar elegido para reunirse con los carboneros y empresarios del carbón para discutir de sus problemas y negocios, que normalmente se centraban en lo poco que se pagaba por la arroba de carbón. Siempre había quejas de los carboneros por la miseria que cobraban por  el carbón que producían,  pero los pequeños empresarios se defendían argumentando  que no  podían pagar más.

Ante estas discusiones el padre de Rosario, don Miguel Madrona, cuando notaba que los debates subían de tono se acercaba a las reuniones para preguntar si alguien quería tomar algo, quizá, pienso yo ahora, con la intención de aplacar los acaloramientos  con la presencia de sabrosos cafés con leche u otras  bebidas con las riquísimas tapas que le acompañaban.

En esa época mi padre tenia claro que había que frecuentar el Bar Madrona para conocer a gente y al mismo tiempo ser conocido. Me contaba que allí siempre encontraba a personas interesantes  de su gremio, pero que había que distinguir entre profesionales serios y algunos pamplinas que acudían al bar con la  finalidad de engatusar a algún  ingenuo para que  le invitara a un café. Por otra parte, la ubicación del Bar Madrona era perfecta, enfrente paraban los autobuses Ranea que solía coger mi padre para sus cortos desplazamientos; también estaba cerca la plaza de Abastos donde solía acercarse para comprar algo y ver especialmente las hortalizas.

Pero para él lo más importante era que en el Bar Madrona le trataban muy bien, siempre estaban muy atentos y serviciales para lo que necesitara,  sobre todo, le distinguían con ciertas atenciones que valoraba y agradecía. La buena relación hizo que don Miguel y mi padre se hicieran  buenos amigos, hasta el punto que desayunaban juntos, eso sí, con la condición de que don Miguel ponía el café y mi padre se encargaba de comprar los tejeringos.

Rosario, heredó las mejores virtudes de sus progenitores a las que  añadió  las suyas propias, mostrando una gran capacidad de trabajo y profesionalidad a lo largo de su trayectoria al frente de un establecimiento con historia y prestigio. Rosario, además,  consiguió el afecto de todos los que la conocieron por su sencillez y generosidad. Descanse en paz.