Si nos preguntaran a qué tres personas queremos más en el mundo quizá muchos de nosotros coincidiríamos en responder que nuestros hijos, padres, amigos, o cualquier otra persona importante en nuestra vida. Ante esta pregunta no se suele contemplar entre esas tres personas a uno mismo.

Es un hecho simple, pero significativo que en nuestra escala del amor no nos incluyamos. El amor hacia uno mismo es, en ocasiones, una especie de amor prohibido que produce pudor al hablar de él en voz alta. En otros casos es una cuestión de raíces, un aspecto que desde que estamos en el mundo se va conformando en la persona y proviene de la educación recibida en la familia de origen.

Hasta cuánto la huella de nuestra educación nos marca es un asunto que debemos controlar por nosotros mismos. En muchos casos pensamos que las cosas deben ser así porque nos han enseñado de esa forma, en otros no nos atrevemos a desmarcarnos de la corriente familiar o social por miedo al rechazo, o puede que se llegue a un nivel de toma de conciencia en el que la persona se permita a sí misma ser diferente y buscar otro tipo de amor. Amor a los demás y a uno mismo.

La capacidad para decidir lo que nos conviene y la libertad de actuación nos confieren una potestad de nuestros actos que se escapa a las normas y límites establecidos. Así pues, cada uno es libre de tomar sus propias decisiones y de equivocarse o no sin recaer en otros el peso de las consecuencias que se derivan de ellas.

Se pueden vivir las situaciones más desfavorables y desplegar un abanico de habilidades sorprendente y maravilloso, al igual que se pueden tener todos los vientos a favor e ir a la deriva. Aun así SIEMPRE se está a tiempo de cambiar el rumbo de nuestra vida y pedir ayuda.