Dicen que, si no quieres trabajar ni un día de tu vida… búscate un trabajo que te haga feliz. Llevo trabajando para personas con discapacidad intelectual ocho años, durante los cuales no ha habido día que no haya sonreído ni me hayan dejado de sonreír. Disfrutar de estos años me ha enseñado, además, a ver la vida desde un punto de vista que me hace darme cuenta que las barreras nos las ponemos nosotros mismos. 

Lo que intento es que cada persona con discapacidad intelectual tenga la posibilidad de actuar y desenvolverse a lo largo de su vida conforme a su voluntad, es decir, que sea libre; que viva de acuerdo con lo que piensa y siente, o sea, que sea honrada; que acepte una serie de obligaciones y deberes que hay que cumplir en todos los ámbitos de la vida, esto es, que sea responsable. Me propongo otras muchas metas lo mismo de importantes que éstas tres.

¿Cómo no mencionar la confianza, el apoyo, la colaboración y el afecto de las familias, con las que estrechamos lazos desde el minuto uno?

Este es un trabajo bidireccional: aprendemos más de lo que enseñamos, como conocer a las personas directamente, sin prejuicios; valorar el cariño y la compañía por encima de nuestras diferencias; tomar cada reto como una oportunidad para crecer; apreciar los aspectos y situaciones verdaderamente importantes que nos brinda la vida, así como las múltiples ocasiones para ser diferentes sin temor ni inseguridad…

Termino con el lema que preside y guía a diario nuestro trabajo y nuestra convivencia con quienes están a nuestro cargo: “Usa las habilidades que tienes, no te centres en las que no tienes”.