En mi opinión, la más sorprendente y definitoria característica del tejido cultural contemporáneo es la indisoluble e inseparable comprensión de nuestra realidad desde el doble y antagonista prisma de lo local y lo universal. De este modo, dejaba de leer a Muñoz Rojas esta mañana para revisar textos sobre Proust, la memoria y el tiempo. Aparcar la rotundamente sencilla lírica nacida gracias a nuestra tierra para recordar imaginarios –demasiado académicos, demasiado adoctrinadores, demasiado pretenciosos– que han forjado, decididamente, nuestro modo de entender el mundo.

Las evocaciones de extrema sensibilidad reproducidas, –quizá recreadas–, por la cansinamente citada magdalena me hacían pensar en cómo ese fluido y pastoso elemento que es el tiempo reconfigura nuestra percepción dando –y recreando– profundidad y anclando en nuestro espíritu lo acontecido. Cinco años no son absolutamente nada en el lapso de nuestros monumentos megalíticos. En nuestra dimensión local son una ridícula porción de tiempo pero que, sin embargo, quizá constituyan en un entorno de visión aburridamente ortodoxa, académica y “universal”, un pliegue en la memoria que consiga, de una vez por todas, que vayamos asimilando la rotunda importancia del reconocimiento global de valores universales por parte de la UNESCO en nuestros monumentos que, curiosamente, nacen de la voluntad de sus constructores de preferir la realidad geográfica local, –por insondable e ineludible– a la realidad universal del orden celeste. 

El academicismo de carnet, –el frío y trepador–, llamaba provincianismo al regocijo de lo local. Si es desde parámetros universales, no es que no lo sea, sino que es lo más vivificador que podemos encontrar para el alma humana. 

NOTA: Quien no esté de acuerdo que se dirija a los constructores de Menga. O a Muñoz Rojas. O a la UNESCO… ¡Creámonoslo!