Fernando felicidad

Nos está llegando desde, estamentos oficiales y desde, una puesta en escena de la sociedad actual, como algo a lo que debemos acceder si queremos alcanzar la felicidad, la libertad… algo, muy cómodo, que nos va a generar la satisfacción plena. Esto es, compartir, departir, nutrir nuestro cuerpo, en una terraza.

Insisto una vez más. Comodidad, no es, sinónimo de felicidad. Esta no es posible, sino tenemos un mínimo de salud. Y a su vez, no alcanzaremos lozanía, vigor, robustez o vivacidad, sino es a través de la frescura de un buen estado saludable. ¿Y qué necesitamos para ello?

Verán, el invierno pasado, buscando las raíces de un clásico ritmo musical, las buenas temperaturas, pude visitar tierras caribeñas donde ahora comienza a llegar el turismo. República Dominicana, península de Samaná, en un pequeñito pueblo de las Terrenas, llamado El Limón. No, la bicicleta no la llevaba, ojalá, pero para llegar a “La Cascada del Limón” objetivo final del día, hubo que hacer varios kilómetros a caballo. Y ahí, donde los vehículos a motor y todos los adelantos y “comodidades” conocidas por nuestra adelantada civilización, aún no han llegado, pude charlar y ver como cocinaba una mujer para alimentar a su familia, que se esforzaba en ganar unos pesos, con la recolecta del café, cacao, piñas, cocos, papaya, chinola… y otros productos tropicales, a los que, se les está sumando el turismo, pude comprobar, les digo, la cocina, los enseres, la cubertería, los platos, con los que cuentan a la hora del disfrute, al compartir unas viandas de alimento para poder continuar su día a día.

Esta bella mujer criolla, en su rostro, no se aprecia más que felicidad, y salud. Estaba cocinando un buen guiso, criollo, me contaba que, con muy pocos medios, se podía ser feliz, gracias a una buena alimentación, y a la total ausencia de necesitar nada más, pues todo lo que le podría condicionar, para estar con deseos de oír, la música de la güira, los bongos y algunas guitarras más, para bailar y sentirse a gusto con los suyos, era, un buen guiso, la satisfacción de ver a su familia alimentada disfrutando de ver en plena selva y con total libertad, como amanece cada día, la vida, en medio de tantos alimentos que le dan, las fértiles tierras donde viven.   

Si, les amplio el mobiliario. La cocina, diáfana, amplia, contaba con dos fuegos, creados a partir de llantas de las ruedas, de un viejo vehículo a motor… y, una extensa cubertería.  Carne fresca, verduras variadas y una serie de aderezos que no memorice, estimando que por aquí no habría de encontrarlos. Y, no, no era esta una estancia improvisada por un día, se trataba de su residencia habitual, unas chapas de techo algunas paredes levantadas con cañas de bambú, una especie de barra donde servían piñas aderezadas con mamajuana y otros refrescos, todo ello servido con mucha atención, presteza y alegría por recibir un turismo, que les posibilita una forma de vida, algo más llevadera, proporcionándoles las necesidades básicas y permitiéndoles el disfrute de más tiempo libre.

Cuando te haces adulto, cuando el DNI, suma ciertas cifras, la experiencia nos deja bien a las claras lo que, en verdad es necesario para ser feliz, la salud, ante todo. Sin ella, la vida se nos tuerce y complica. Y ese estado saludable que en los últimos tiempos, hemos podido comprobar de su fragilidad para el mantenimiento de la misma, habrá que vigilar muy mucho. De vital importancia habrán de ser las condiciones, las formas y maneras que nos permitan estar sanos. Y en todo caso que tengamos que afrontar, episodios poco saludables, asegurémonos de contar en la sociedad con los profesionales, los medios, las medicinas y las atenciones imprescindibles para reparar y o reponer nuestras posibles carencias de salud.