No les voy a hablar de barcos. Yo nací tierra adentro, no muy lejos del mar, pero sí lo suficiente, para haber mantenido siempre mis pies, en tierra firme… o calados en los pedales de mis bicicletas.

Visionando antiguas fotografías, al ver la que hoy les traigo, varios pensamientos acudieron a mi mente, y a través del uso de estas letras, trataré de expresarlos con sinceridad y la inocencia que me asistía en aquellos años en los que yo recibía mis primeras nociones de geografía y otras materias lectivas y de raciocinio.

Yo nací en Alfarnate, pero con escasos cuatro años, mi familia, por motivos laborales se mudaba a una llamada “Casilla de Peones Camineros”, por ello, el tiempo de colegio, hube de realizarlo por cercanía a su escuela, en Alfarnatejo. Todo ello propició mis primeras divagaciones, con respecto a donde se habría de ubicar, “mi navegación” en la travesía de la vida. Aunque insista en términos marinos, el mar lo olía por primera vez adentrado ya en la adolescencia.

Sentía yo gran decepción cuando al llegar al colegio en Alfarnatejo, los compañeros no me acababan de “aceptar” mi condición de ser nacido en Alfarnate, o sea “palanco”. Y de la misma manera, cuando por visitar a mi familia en Alfarnate yo trataba de pasear y convivir con mis paisanos, muchas fueron las veces que me decían: Tú ya eres más de Alfarnatejo, o sea “tejón”. Esto en pueblos de una cierta cercanía suele ser normal, pero en mis incipientes ideas, se estaba gestando una manera de ser, de actuar, de enjuiciar, de colocar mis pies allí donde, a mí personalmente me apetecía. En tierra de nadie. Pero mantenerse en la “crujía” de la navegación, es difícil y de muy mala aceptación, por el resto de los compañeros de periplo, dado que, incluso en la noche, cuando en el mar todo es oscuridad y no hay más reglas de ubicación que el propio brillo de las estrellas, del lado de babor, el barco se ilumina con luces de color rojo, mientras que a estribor éstas son de color verde, quedando el blanco para señalizar la popa.

Hablando de colores, los primeros que se nos vienen a la mente suelen ser los de nuestras divisas o banderas, nacionales, regionales, equipos deportivos... En mi tiempo de escolar, en Alfarnatejo como les decía, el profesor, en ocasión oportuna, nos mandaba realizar un ejercicio que consistió en pintar una cartulina, rellenarla con los colores de aquella bandera, a la cual nos sintiéramos más ligados, o por la que sintiésemos más afecto. Cada alumno podía elegir la que más le gustase. 

Sí, yo elegí la española, con sus dos bandas de rojo y amarilla la del centro. Para poder pintar toda la cartulina, ¡bien repintada!, tuve que gastar, dejar sin color rojo, un par de cajas de mis preciados lápices de colores. Del amarillo, también quedé muy escaso. En los años sesenta, no era tan fácil ni existían en los comercios tantos lápices de colores, como hoy se pueden adquirir al momento. Ahí comencé a tener conciencia del significado de la palabra inteligencia, del acierto, a la hora de elegir… colores. Hubo compañeros que eligieron la bandera de la Cruz Roja. No solo es que gastaran un poco de color rojo, lo más exitoso para ellos, en aquellos trabajos, fue que pudieron entregar sus ejercicios finalizados, mucho más rápidamente que los demás. Con menor coste y en su tanto mejor realizados.

El amor por nuestra divisa nacional quedó muy magullado. Sí, eran esos años en los que la mente, fue guardando toda la información y experiencias que al día a día nos iban llegando, con todas ellas se fue programando, configurando, templando, marcando el proceder, y las formas. Las decisiones posteriores, los caminos a pedalear, fueron quedando despejados en sus horizontes, gracias a la luz del color, de la experiencia que los años vividos me dejaron.