Desde hace miles de años, el pan forma parte importante en la dieta de los humanos. Ya, en la Prehistoria, existen datos del consumo de una especie de pan, muy posiblemente confeccionado con harina de bellotas, hayucos y otras semillas que la especie humana fue incorporando en su alimentación. Pero dejaré la historia del pan, dado que, como tal, la pueden ver en muchas páginas de Internet, y sí les escribiré sobre mi apego y devoción a tener, siempre que se pueda, una buena hogaza en la mesa. 

Es curioso, ahora que nos acercamos a fechas donde el compartir unas viandas, ya sea con la familia, amigos, compañeros de trabajo, asociaciones y muchas variantes más de oportunidades y actos a celebrar, en torno a una buena mesa. Y digo que a mí siempre me queda ese pico de incertidumbre, en aquello de decidir entre la ingente y variada oferta de menús apropiados para cada evento, puesto que en ninguno suelen ofertar, argumentar, o publicitar, la calidad del pan que ofrecerán en su extensa carta. Es cierto que muchas personas, apenas lo consumen, unos por problemas de dieta, alergia, (también hay pan sin gluten)... Pero no es menos cierto que la mayoría, consideraría el comer sin pan, como algo falto de… magia alimenticia.

Cuando la oferta de menús es, tan extensa como la que nos vamos a encontrar, por fortuna, en hoteles y puntos de restauración, que se preparan para cerrar un año que no ha sido tan bueno como se hubiera deseado, les digo que hay que, apurar los detalles para ganarse el mayor número de comensales. 

No hay momento mejor para deleitarse comprobando la calidad de un buen aceite de oliva, que con un trozo de pan, mientras esperamos la llegada del primer plato. Sí, en ese momento del picoteo, el cual, muchos comensales prefieren hacerlo de pie, y que personalmente considero una falta de respeto, a nuestro cuerpo, dado que comer de pie nos limita nuestra capacidad para degustar los alimentos. Es por ello que considero más oportuno tomar los aperitivos en mesa y sentados. 

En la mesa, nuestro pan, a vueltas siempre con las dudas, ha de estar situado en la izquierda, del lado de los tenedores y a la altura de las copas. Y no debemos cortarlo nunca con el cuchillo, lo trocearemos con las manos a medida que vallamos consumiéndolo y si lo hacemos encima de nuestro plato, estaremos con ello, evitando el esparcido de migas.

No estoy muy de acuerdo con el protocolo cuando, restauradores, camareros y personas del acomodo, lo tienen por acostumbrado cumplimiento, en llegando la hora de los postres, retirar el resto de pan que pueda haber quedado de platos anteriores. Personalmente suelo comer todos los postres con pan. Y, siempre que concurre la situación he de estar pendiente de que así no procedan. Es muy posible que las formalidades, salvo que se sirva algún tipo de queso, digan que se deba retirar el pan como parte del postre. Ahora bien, si estamos disfrutando en una buena mesa, de unas apetitosas viandas y somos persona que nos gusta el pan, podemos pedir que nos lo dejen, o incluso pedir que nos repongan el pan consumido. Al fin y al cabo de eso se trata, de satisfacer nuestro apetito, disfrutando de todo aquello que nos causa placer, su consumo.

Muy de acuerdo que todas las personas no tenemos los mismos gustos, benditas diferencias, ahora bien he de confesarles que personalmente, el pan, lo consumo incluso con los mantecados. Sí, he dicho bien, con los mantecados. Es una manera mas de alargar, ese sabor especial, intenso, de estos productos cada vez más reducidos de tamaño. O de rebajar en algo el exceso del dulce, en otros. O de acompañar el sabor de algunas frutas. Aunque de éstas, y su escasa presencia en los menús, requeriría de otro comentario.