Hace ya más de un año y medio que nos vemos inmersos en una situación excepcional, provocada por una pandemia que nos deja meridianamente clara nuestra debilidad frente a lo invisible. Toda nuestra actividad quedó congelada y nuestra sociedad se sumió en un letargo desconocido bajo una enorme “capa de hielo”.

Nuestras casas se convirtieron en improvisados centros educativos y laborales a los que nos tuvimos que adaptar sin conocimiento y sin experiencia previa. Nuestro mundo quedó reducido a espacios más o menos grandes, de los cuales no podíamos salir, salvo en contados casos y cuando lo hacíamos, nos sorprendía la sensación de soledad e incluso de inseguridad, al transitar por unas calles vacías y en silencio. Ese silencio que a veces echamos de menos, pero que se convertía en algo vacío y lleno de ruidos en nuestros cerebros. Ruidos que no reconocíamos, pero que siempre han estado en nuestro interior. Son esos ruidos que solemos recluir en esa esquina de nuestro cerebro a la que es difícil acceder y en la que depositamos todo aquello que nos aísla de un mundo en el que lo más importante son las apariencias y la actividad sin descanso.

Parece que toda esta situación va remitiendo poco a poco. Al menos eso nos dicen los datos. Estamos ante una primavera tardía que como siempre provoca el deshielo, pero en este caso, el hielo no está en las altas cumbres, sino, como decía antes, está sobre nosotros. Sobre nuestras cabezas y va desapareciendo en pequeños riachuelos que van uniéndose y aumentando su caudal, arrastrando todo aquello que encuentran a su paso. Se llevarán los días sin poder salir a la calle para disfrutar de la brisa o de un rayo de sol furtivo entre las nubes. Se llevaran los días interminables en soledad, las largas tardes nubladas y tristes y las interminables noches oscuras y sin estrellas.

Pero hay algo que no se pueden llevar. El dolor. Ese dolor que hemos sentido tan cerca de nuestra piel y que casi se ha hecho cotidiano y asumible. Ahora que estamos en pleno deshielo, nos damos cuenta de que nuestras heridas son tan profundas que nunca desaparecerán por más primaveras que lleguen. Es más; no debemos permitir que esto ocurra. Nunca olvidemos lo pasado y sus cicatrices, exhibiéndolas con orgullo. No debemos silenciarlas guardándolas en nuestra esquina del cerebro, sino que debemos llevarlas a flor de piel para que todos las vean y nunca olvidemos a los que quedaron por el camino y no verán este deshielo y la explosión de color que vendrá después.

(Siempre de dedicado a ti)