El grupo de antequeranos, junto a los demás participantes del congreso del SIT (Solidaridad Internacional Trinitaria), pasamos el control por la parte derecha. Enfrente la fachada del Vaticano, a nuestras espaldas, el Obelisco, “testigo mudo” procedente de la antigua ciudad egipcia de Heliópolis. Unos metros más adelante la Guardia Suiza nos recibía al pie de las escaleras. Un tramo y otro, perdí la cuenta del número de escalones cuando estaba próxima a los cincuenta. Antes de entrar A la sala Clementina, donde tendría lugar el encuentro, nos pidieron con mucha amabilidad despojarnos de los bolsos y todo lo que no era necesario para la visita. Solo quedó entre mis manos “El Sol”. 

Accedimos y nos encontramos ante una belleza de sala muy próxima a las dependencias papales. Varias hileras de sillas a derecha e izquierda tapizadas de rojo y perfectamente alineadas. Allí estuvimos sentados hasta que llegó el momento. Se hizo breve e intenso. Con el Especial de Semana Santa en mis manos y tratando, con las mangas de la chaqueta, borrar las huellas que mis dedos habían dejado en la portada. Yo quería entregarlo limpio, brillante, sin el menor atisbo de dejadez o arruga. Pensé lo que le diría al Santo Padre. Era el Vaticano y yo estaba en un lugar privilegiado. Siempre he tratado de seguir fiel a la doctrina de la Iglesia y hacer extensible mi respeto a todos los Papas que he conocido a lo largo de mi vida. Pero Francisco, permitidme que le llame así, a secas, me emociona desde el primer día de su apostolado como sucesor de la Iglesia Católica. No porque renunciara a ponerse unos zapatos rojos u otros ceremoniales por los que habían optado sus antecesores. Francisco es cercano, posee una sólida formación, como jesuita que es, y eligió el nombre que mejor le define. Francisco eligió la sencillez y humildad y con estas dos cualidades se presentó al pueblo católico. Es especial,  y quizá muchos no lo entiendan, pero está ahí porque Cristo lo ha decidido. 

En un momento que se dan circunstancias extraordinarias, con un Papa emérito de gran formación teológica, aparece el primer Papa argentino y el primer jesuita en ocupar el sillón de San Pedro. Ratzinger es el cerebro, Francisco el corazón. ¿En qué mejores manos podemos estar? Miles de cosas revoloteaban mi cabeza. Mucho que decirle a un hombre bueno que no manifestó ni una sola expresión de dolor, se mantuvo digno a pesar de ver cómo una de sus piernas no obedece a su cuerpo. Todo lo hizo fácil, despertó un entusiasta aplauso y la sonrisa asomó a sus cansados ojos.

El General de los Trinitarios hizo una alocución sentida y muy profunda. No era para menos. Todos los que estábamos allí asistíamos a un Congreso por los cristianos perseguidos. El Papa alabó su mensaje y dejó patente la tristeza que en estos momentos y, a lo largo de la historia, sufren los cristianos hasta el martirio.

Por orden fuimos saludando. Cuando llegó mi turno, guardé todo lo que había ensayado decirle. No hacía falta pedir nada. El Santo Padre con un estrecho apretón de manos sabía que estaba allí para sentirlo, para que su cercanía me dé fuerza y valor en un mundo convulsionado por valores alejados de la fe. Le entregué “El Sol” y le dije que en sus páginas se encontraban los tesoros de Antequera. Le aclaré que era un lugar muy hermoso y que se encontraba al sur de Andalucía y añadí: “Allí le queremos mucho”. Y volví a apretar su mano de la que no me había desprendido. Palabras no encuentro para describir el momento. Solo sé que es uno de los días más felices de mi vida. Es el sostén  que nos dejó Jesucristo donde apoyar nuestras alegrías y penas. Es un Papa social, mira a todos lados como sabe o puede. Pero, qué duda cabe, que el Espíritu Santo le asiste y tiene a Dios de su parte.

El Papa personifica a Ignacio y a Francisco como un jesuita que elige el nombre de Francisco. La familia jesuita y la franciscana se sienten unidas. ¿Quiso cerrar alguna herida del pasado cuando ambas congregaciones aspiraban al predominio en el establecimiento de las misiones en América? Hay que recordar que quien estaba sentado al lado de cardenal Bergoglio en el cónclave que lo convirtió en Papa Francisco, fue el franciscano Claudio Hummes quien le dijo que no se olvidara de los pobres.  Francisco los tenía presentes.

Lo vi muy mayor, no sé si la longevidad de hoy día es un problema para llevar sobre sus cansados hombros tanto peso. Pero ya hay un emérito. ¿Cómo puede con el tiempo la Iglesia dar una respuesta? A los católicos nos queda pedir por Él y encontrar en nuestra vida un poco de humildad de la que tanto  emana de su persona, débil y enfermiza, pero con una fe en Cristo inquebrantable. ¡GRACIAS, SANTO PADRE!