La brillantez sonora de la banda de La esperanza que el otro día acompañaba a El Mayor Dolor por las calles de Antequera, fue un regalo para los oídos; pero no sólo: Parece como si el oído, tratándose de música, proporcionara al cerebro algo más que sonidos. Ese plus, –los acordes–, son como píldoras de paz.      

De muy poca paz disfrutó Fray Luis de León (Salamanca, segunda mitad del siglo XVI): Sólo los rumores del campo (“oda a la vida retirada”) y la música de órgano (“oda a Francisco Salinas) le sacaban del mundanal ruido y nos dejaron, de paso, dos de los más bellos poemas de la literatura española. “Del monte en la ladera//por mi mano plantado tengo un huerto…” Allí le despiertan las aves  “con su cantar suave no aprendido” y el aire en las hojas “con su manso ruido”… lejos del “mar tempestuoso” (las intrigas universitarias y las cárceles -casi cinco años-, de la Inquisición). Y libre al fin “… de celo//de odio, de esperanzas, de recelo”. 

Curiosamente, rumores del campo y notas del órgano, coinciden en una cosa: librarlo del deseo del oro “que el vulgo ciego adora//y la belleza caduca engañadora”. Pero no son las aves o el arroyo, sino el órgano de la catedral (oda a Salinas, su amigo, el organista ciego), lo que le llega más directamente al alma. Es como si ésta “que en olvido está sumida”, recobrase el sentido y, –ahora viene lo bueno–: que “…como se conoce//en suerte y pensamiento se mejora”. La musicoterapia de alma y cuerpo ya estaba inventada. 

Ignoro si alguien ha cantado mejor el efecto liberador de la música: “Aquí el alma navega//por un mar de dulzura, y, finalmente,//en él ansí se anega, //que ningún accidente//extraño y peregrino oye y siente”. Qué maravilla que alguien pueda quedar así embebido…, en tanto los sentidos “quedando a lo demás amortecidos” ¡Qué arte!