Queridos hermanos: Este año los domingos de Cuaresma se cierran con este fragmento del Evangelio de Juan, este signo potente de la misericordia de Dios para con aquella mujer sorprendida en medio de su pecado de adulterio. 

La ley era clara, debía morir. Cuando creemos estar en posesión de la verdad, cuando nos sentimos seguros de nuestra posición, fácilmente nos situamos por encima de los demás. Por eso insisten en que se cumpla la condena. Además les va a dar oportunidad de poner en un brete al Nazareno. 

Nosotros como aquellos maestros de la ley conocemos al Señor y ni ellos ni nosotros podemos dudar de que Maestro permita semejante barbaridad. Por eso es interesante y fijarse en los detalles que nos narra este texto. La mujer es puesta ante el maestro para que este haga lo único que puede hacer, para que confirme su sentencia a muerte. Rota por dentro y humillada por fuera, solo espera que acabe pronto aquella agonía, aquel escarnio. Y entonces es cuando cambian las tornas.

Dios, a través de la actuación de Jesucristo, se apiada del que sufre, perdona su pecado, por grave que sea, y le ofrece una nueva oportunidad. Como repite sin parar el Papa Francisco: no hay santo sin pasado ni pecador sin futuro. Y menos mal, pues otra cosa sería muy triste e impropia del amor de Dios.

Primero parece dar largas a aquellos energúmenos. Pero ante su insistencia les responde con una pregunta que desenmascara su corazón lleno de rencor y podredumbre. Su afirmación de  que el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra deja al descubierto la incoherencia de aquellos acusadores.

Oficialmente justos, pero con un corazón enviciado y lleno de pecados, no están en condiciones de dar lección alguna. Por eso empezando por los más viejos, los que más tenían que callar, se van avergonzados por dentro, por su cortedad de miras, por no dejar sitio a cualquier nueva oportunidad, porque su “estar en la verdad” no tiene lugar a dudas.

Jesús podía haber caído en el reproche, haberle echado en cara a cada uno sus pecados. Eso nos encanta. Pero no es la manera de actuar del Dios del amor y la misericordia. El no nos echa en cara nuestros pecados, sino que los perdona, nos invita a recomenzar el camino de conversión.

Finalmente, aquella mujer no solo es salvada de la muerte segura, sino que es devuelta a la vida por aquel maestro nazareno. Su “yo tampoco te condeno”, es abrir la puerta de la prisión interior de su conciencia, liberándola del peso de su pecado para que pueda vivir como persona nueva. 

Libre del peso de la culpa, ella es verdaderamente una criatura nueva. Es uno de los efectos de los encuentros con el Señor. No solo cura el cuerpo en sus acciones milagrosas, sino que esa renovación llega a lo más profundo del ser. Por eso, el vete y no peques más, es una invitación a vivir como criatura renovada.

Ante la inminente celebración de la Semana Santa, y a la luz de este texto, yo me pregunto si nuestra actitud no peca a veces de planteamientos demasiados farisaicos, de creernos que poseemos la verdad, y con la razón de nuestra parte, estamos dispuestos a que caiga quien caiga.

Sin embargo, incluso para una persona sorprendida en pecado, la apuesta del Señor es recuperarla, sanarla, hacer que venza la culpa y pueda sentirse de nuevo una persona feliz, una verdadera hija de Dios. 

Ojalá aprendamos la lección, y como el Señor luchemos por sanar lo enfermo, por salvar lo que estaba perdido; y no el gastar el tiempo en condenar al hermano. Con esa esperanza, os deseo una buena celebración de la próxima Semana Santa. Que Dios os bendiga.

 

 

Más información edición digital www.elsoldeantequera.com y de papel el sábado 2 de abril de 2022. ¡Suscríbase y recíbalo en casa o en su ordenador, antes que nadie (suscripción).