Llevo días preguntándome las razones de mi torpeza y ceguera en las decenas de veces que en nuestras aulas de educación de adultos alguna de las personas que acudían a clase, llenas de júbilo, nos manifestaban que acaban de ser abuelos. No acertaba a entenderlo. Otro tanto me ha ocurrido más recientemente analizando la alegría desplegada por mis amigos más cercanos que, llenos de ilusión, siempre tienen a los nietos en sus conversaciones y pensamientos.

Antes de ahora, con poca pericia tal vez, pensaba que ser abuelo podría ser la antesala de una nueva etapa en la que la palabra vejez iba a cobrar el protagonismo de los muebles aparcados en un desván ola de cualquier mapa antiguo de carreteras en papel y alambre olvidado en un cajón. Nada más lejos de la realidad porque curiosamente son los abuelos los que siempre enseñan los valores que nunca pasan de moda, los esenciales para mantener firmes nuestras sociedades y convicciones.

Con la reciente llegada a nuestras vidas de Mateo, he empezado a corroborar que la condición de abuelo pasa a hermanarse con la de soñador. Por eso ahora comprendo a los que me precedieron y esto mismo creo que va a seguir ocurriendo a los siguientes cuando lleguen a esa nueva emoción tan cercana, pero a la vez tan distinta de la paternidad. Es curioso cómo van sucediéndose esos sentimientos y hasta doy por cierto que ningún pistolero del lejano oeste sería más rápido desenfundando su arma que un abuelo sacando de la cartera –o del móvil en estos tiempos– una foto de su nieto o nieta. Bien me entiende quien ya es abuelo.

Mateo, vino al mundo en la preciosa noche de la Navidad. Como aquel niño Dios que marcó para siempre la historia de nuestra cultura y tradiciones más imborrables, desde que nació, ya es también nuestro norte y religión. La vida, dentro de sus ciclos siempre hace que a nuestros nietos los veamos nacer y crecer para que ellos sean luego notarios de nuestro envejecimiento y posterior despedida de esta singular sociedad que les construimos. Mientras tanto, en ese paréntesis de vivencias compartidas, las dos generaciones disfrutan igualmente sueños y tiempo. Todos los grandes abuelos tienen tiempo o lo consiguen pues para algo, entre más cosas,aprendieron a ser artesanos de la gratitud, la entrega incondicional y la ilusión, sin mencionar más cosas de sus múltiples recursos. A ellos querré parecerme.

Las ilusiones y los sueños son esas particulares formas de abrazar la vida y cuando se acompañan de nietos se transforman en las mejores medicinas para hacerla más longeva y construir un futuro más provechoso. Con toda mi admiración a todos los abuelos soñadores que nos leen.

 

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