Todos recordamos a Charlton Heston, encarnando a Moisés, intentando arrancar del faraón su permiso para que el pueblo hebreo abandonase Egipto. Y conservamos en nuestras mentes la imagen de Heston-Moisés, levantando los brazos y el bastón para mantener separadas las aguas del mar Rojo y permitir a su pueblo cruzar ese brazo de mar.

 

Sin duda, nos encontramos ante un personaje  bíblico crucial. Moisés es actor principal de algunos de los hechos más relevantes del Antiguo Testamento,ocurridos en el siglo XIII antes de Jesucristo. Él interviene en las plagas que asolan Egipto para convencer al faraón de que deje partir a su pueblo. Conduce a su gente a través del mar Rojo y del desierto en un viaje histórico-mítico hacia la tierra prometida de Canaán. Siempre mediando entre Dios y su pueblo, contribuirá a que el Cielo socorra a sus hijos por medio del maná y de la roca que mana agua.

Y, en un plano religioso, Moisés es también un mensajero del que Yahvé se vale para dotar a su pueblo del famoso Decálogo y de un tabernáculo móvil, hasta que Israel construya el templo en tiempos del rey Salomón. Voy a caracterizar un poco a este líder. La hija del faraón recoge de una cesta en las aguas del Nilo a un bebé. Lo adopta como hijo y le pone por nombre Moisés, que significa: “sacar del agua”. Tiene un origen semejante al de otros héroes semi-mitológicos. Yahvé se le aparece en un monte, por medio de una zarza que no deja de arder, le revela su nombre y le encarga la misión de libertar, con la ayuda de su hermano Aarón, a su pueblo del yugo egipcio y conducirlo a la tierra de Canaán.

Por tanto, Moisés es un líder político, un libertador. También es un profeta, ya que es alguien de quien se vale Yaveh para comunicarse con su pueblo. Y un legislador de enorme altura. A él se le atribuye la autoría de los cinco libros iniciales de la Biblia, que incluyen la legislación que se conoce como ley mosaica o de Moisés, que estructura toda la religión judía. Estudios más recientes indican que su autoría debe circunscribirse al núcleo de la ley o Torah, o sea, Éxodo, Levítico y Números, pues el Génesis no lo nombra en absoluto y el Deuteronomio fue redactado con posterioridad.

Nuestro héroe peca y Yaveh lo castiga, impidiéndole entrar en la tierra prometida. Sólo puede contemplarla desde lo alto de un monte. Muere en Transjordania a los ciento veinte años de edad, cifra simbólica que expresa que ha vivido hasta el límite posible de la existencia. Me gustaría resaltar una idea. En el Antiguo Testamento, Dios siempre se muestra rico en misericordia y lento a la ira, pero a veces castiga al hombre, directamente –piénsese en Adán y Eva, Sodoma o el diluvio universal, por ejemplo–, o a través de la ley de Moisés. En el Nuevo Testamento, sin embargo, vemos como Jesucristo, Dios hecho hombre, nunca castiga ni condena a nadie, ni siquiera a quienes lo torturaron y mataron de modo infame en la cruz.