Apenas se ha escrito sobre el origen y la conformación del amplio espacio urbano que conocemos como Cruz Blanca. Su nombre, como en tantas otras ciudades, procede de la existencia de una Cruz Humilladero de piedra caliza –de color blanco o crema–, que se ubicaría en el lugar donde hoy se levanta la capilla-tribuna de la Virgen del Socorro. Esta cruz de piedra debió de desaparecer hace muchísimos años y de ella no tenemos referencias concretas hasta el momento. Es más, en algunos documentos antiguos cuando se habla de todo este ámbito urbano se delimita diciendo que iba desde la Puerta de Lucena, a la altura de la trasera del convento de la Trinidad, hasta la Plazuela de la Cruz Blanca; por tanto, la cruz debió estar situada en el punto más alto, donde arrancaban las calles Santa Clara y Lucena. Pero como decimos, de ello no se conserva documento alguno, ni gráfico ni escrito.

 

La Cruz Blanca es, al día de hoy, uno de los espacios urbanos de Antequera que mantienen mayor vitalidad y también un cierto tono de barrio castizo, especialmente significativo desde el punto de vista etnológico en los días de Semana Santa. Recordemos en este sentido la gran concentración humana que se produce las noches del martes y jueves santos, en particular durante el “correr la vega” de la Cofradía del Consuelo de la parroquia de San Pedro. Se trata de un lugar donde confluyen múltiples circunstancias, siendo uno de los accesos más importantes al casco histórico y bisagra entre los barrios del Cerro de Vera Cruz (oeste) y de San Isidro, así como puerta de los de San Pedro y San Sebastián. Tampoco debemos olvidar que, en el pasado que muchos recordamos, la zona que hace esquina con la Cuesta de Salas era el triste lugar donde a primera hora de cada mañana se reunían los jornaleros del campo desempleados, esperando ser escogidos por los capataces de los cortijos para trabajar aquella jornada. Una estampa bastante deprimente, entonces normalizada en el sentir general, pero que no dejaba de ser profundamente injusta.

 

Las transformaciones del espacio

La construcción de la iglesia de Trinidad entre los años 1671 y 1683, con el potente volumen de su buque y el mentidero o lonja que se creó ante ella, sirvió para cerrar o delimitar un espacio urbano que hasta entonces estaba completamente abierto al campo, a pesar de la complicada orografía del terreno arenisco. Los frailes trinitarios supieron escoger un lugar apropiado, en cuanto a la naturaleza del suelo, pues la firmeza del terreno no solo aseguraba la estabilidad de los edificios que iban a levantar, sino que incluso el desmonte de la masa pétrea de arenisca les sirvió como cantera para obtener los sillares necesarios para la obra. Además, al orientar la fachada de la iglesia hacia la ciudad histórica y de espaldas al campo, estaban cerrando o creando un amplio espacio de carácter simbólico en el que su propia institución alcanzaba el máximo protagonismo y una gran visibilidad. La fachada de la iglesia de la Trinidad era cierre y despedida de quienes abandonaban la ciudad, camino de las tierras de Lucena, Córdoba y Madrid. Y justo enfrente, en el punto más alto de este ancho espacio, se situaba la cruz blanca de piedra. Dos elementos de significación religiosa, que son la expresión inequívoca de un proceso de raíz tridentina que buscaba la plena sacralización de la ciudad barroca. Con el tiempo, la construcción de la capilla votiva de la Virgen del Socorro, ya muy avanzado el siglo XVIII, no hizo sino reforzar el sentido sacro de todo este gran conjunto urbano.

Tema distinto es el referido a las casas para vivienda que se fueron levantando a ambos lados de esta ancha calle en cuesta. De las más antiguas del siglo XVI nada queda en pie, e incluso de algunas del siglo XVIII, que todavía adivinamos en viejas fotografías, tampoco se conserva demasiado, salvo algunas casas que hacen esquina entre las calles Herrezuelos y Porterías. Sí se mantiene el parcelario antiguo de estas viviendas al no haberse producido agregación de solares. Incluso las nuevas construcciones, levantadas en las tres últimas décadas pasadas, tampoco desentonan del conjunto histórico, ya que todas ellas siguieron en el diseño de sus fachadas la normativa del planeamiento urbano que les era de aplicación.

Cuando a la mediación del siglo XVI se comenzó a urbanizar la actual Cruz Blanca, los umbrales de las puertas de las casas de un lado y otro de la calle debieron compartir la misma cota que la calzada que las separaba. Es decir, sobre todo en el tramo que asciende desde la calle Pajeros hasta el bivio Santa Clara-Lucena, no debieron existir las dos citarillas en alto que hoy conocemos, lo que daría sentido a que en la documentación antigua se hable con determinación de la Plazuela de la Cruz Blanca. Tendríamos entonces una extensa plataforma casi plana, con bajada empinada y en cuesta a la altura de la calle Pajeros. ¿Cuándo se hizo el rebaje central de la calle para suavizar y repartir su pendiente? Esta es una pregunta para la que al día de hoy no tenemos respuesta, pero lo cierto es que en 1840 se decide demoler “las citarillas de la Cruz Blanca, que solo servían de depósito de inmundicias, con el fin de arrecifar (empedrar) el camino desde la puerta de Lucena hasta la misma plazuela de la Cruz Blanca…”, según se deja constancia en el acta capitular de uno de enero de 1841. Este dato parece indicar que en origen las primitivas citarillas de ambos lados estaban más cercanas entre sí e incluso que se remataban con pretiles de obra, ya que “servían de depósito de inmundicias”. Sin embargo, su desaparición, que supuso “dejar esta entrada con una hermosa anchura y libre de pestilencias que tenía” no debió de convencer a los vecinos, pues en 1868 –según documentó Antonio Parejo– se rehicieron las citarillas, más separadas entre sí, con la configuración que ha llegado hasta nosotros, reduciendo la altura de los pretiles a unos poyos para sentarse y con barandillas de hierro como espaldar. Precisamente para construir estos poyos se trajeron sillares romanos del cortijo de El Castillón (Singilia Barba), que se mantuvieron en la reforma integral de toda la Cruz Blanca llevada a cabo en el año 1996, de la que hablaremos más adelante.

 

Los dos hitos sacralizadores: la iglesia de la Trinidad y la Capilla Votiva

Por la importancia simbólica que encierran estos dos edificios en la configuración de la Cruz Blanca como espacio barroco sacralizado, debemos detenernos, siquiera sea con brevedad, en el estudio de los mismos. Aunque levantados con un siglo de diferencia, la iglesia de la Trinidad y la Capilla Votiva del Socorro siguen respondiendo a una misma intencionalidad ideológica, si bien al día de hoy su lectura discursiva es muy diferente para el ciudadano de a pie. 

La fachada de la iglesia de la Trinidad, desde el mismo momento de su construcción, es posiblemente el monumento antequerano que dispone de un ángulo de visión más despejado. Consciente de ello el arquitecto que la proyectó, el trinitario fray Pedro del Espíritu Santo, optó por un modelo barroco-herreriano de amplia raigambre madrileña, como es la iglesia del Real Monasterio de la Encarnación (1611-1616), aunque añadiéndole al cuerpo central otros dos ejes laterales solucionados mediante curvados aletones. Ante la Trinidad de Antequera nos encontramos con una de las iglesias más madrileñas de toda Andalucía, proyectada por un fraile arquitecto que vino de Castilla y que había nacido en Membrilla (Ciudad Real). Estante en nuestra ciudad, al tiempo que dirigía las obras de su iglesia conventual, también trazó los Miradores de Fiestas del Coso de San Francisco, demolidos en 1861 por su estado ruinoso.

En el aspecto formal la fachada de la iglesia trinitaria se compone de un rectángulo entre dos pilastras lisas y arquitrabadas, coronada por un frontón triangular recto y centrado por un óculo circular, todo dispuesto en un solo plano. El antedicho rectángulo se divide en tres ejes verticales y tres cuerpos horizontales. El primer cuerpo presenta pilastras toscanas pareadas a ambos lados de la puerta de acceso, que se enmarca de moldurón quebrado en ángulos rectos, y entablamento con triglifos umbraleados de gotas; en el segundo cuerpo se disponen tres hornacinas coronadas de frontones curvos, estando partido y enrollado el central, pensadas para albergar esculturas a los lados y un relieve en la de en medio; el último cuerpo repite el esquema de la Encarnación de Madrid, con una gran ventana rectangular en el centro –para iluminar el coro alto– y sendos escudos de la orden a sus lados. Tiene esta fachada la singularidad de combinar en el material de su fábrica la piedra arenisca, sacada del propio solar, y la caliza roja y crema de El Torcal para diferenciar determinados elementos arquitectónicos.

Todo el frontis de esta iglesia de la Trinidad fue magníficamente restaurado por el personal del Centro Municipal de Patrimonio Histórico de Antequera, entre los años 2010 y 2011, recuperándose entonces las bolas escurialenses del frontón triangular del coronamiento. También se añadió la veleta con cruz patriarcal y su basamento de piedra, que remata el tejado a cuatro aguas de la cúpula del crucero.

Otro rasgo que fray Pedro del Espíritu Santo copió de las iglesias madrileñas del XVII es la disposición de una amplia lonja con gradas ante la fachada del templo, cuya función era proporcionar cómoda entrada y salida al interior, sobre todo en los días festivos y de procesiones, cuando se aglomeraban los fieles que acudían a las funciones del culto más principales. Por cierto, que durante las obras de mejora de la Cruz Blanca, realizadas por el Ayuntamiento en 1840, se allanó y aseguró el terraplén “que forma la plazuela nombrada lonja de la Trinidad, por una pared que se ha levantado hasta la altura suficiente a formar un poyo que al mismo tiempo de servir para sentarse, se ha evitado el peligro próximo de caída de niños por la parte que estaba ruinosa hacia el camino de Lucena y hermoseado el aspecto público”, tal como queda reflejado en el acta capitular de uno de enero de 1841.

 

 

El otro edificio de carácter sacro del conjunto de la Cruz Blanca es la capilla votiva de balcón dedicada a la Virgen del Socorro, que en el pasado cumplía una función ritual en el día de Viernes Santo durante el recorrido procesional de la Cofradía de ‘Arriba’ y que vino a sustituir a una simple hornacina de pared con un cuadro de la Virgen. El origen de la nueva capilla-tribuna, construida por el alarife de la ciudad Martín de Bogas, fue algo accidentado y no exento de controversia, pues la citada Cofradía decidió en 1750 levantar la capilla sin el consentimiento expreso de los dueños de las medianerías de las casas de las calles Lucena y Santa Clara, que no eran otros que los frailes del convento del Carmen Calzado. Nada más comenzar la obra, lo que suponía cegar las ventanas que se abrían a dichas medianerías, surgieron los problemas, que derivaron en un largo pleito no resuelto hasta el año 1774 en la Real Chancillería de Granada. Sabemos que los tres arcos de planta baja ya estaban construidos cuando se paralizó la obra en 1750 y que la segunda planta no se terminaría, con otros tres arcos, hasta la finalización del pleito. Después, con el paso de los años, la capilla necesitó de numerosas reparaciones, siendo la más importante la llevada a cabo en 1840, pues en las actas capitulares de la época podemos leer: “Se ha hecho casi toda de nueva fábrica la capilla de la Virgen del Socorro situada en la Cruz Blanca, que es propia del Ayuntamiento, en cuyos gastos han auxiliado al caudal público aquellos vecinos limítrofes, de lo que ha resultado una mejora de Ornato y evitado los graves daños que su ruina amenazaba”. En realidad, no creemos que se hiciera “casi toda de nueva fábrica”, sino que se realizarían importantes obras de consolidación; incluso no sería raro que se suprimiera entonces un cuerpo ático –quizá por su mucho peso– donde pudo campear el escudo de la Cruz de Jerusalén. Su aspecto actual resulta algo chato, como si le faltara un coronamiento central acorde con la tectónica compositiva de la época. También hay que aclarar que el lienzo que representa a la Virgen del Socorro no es el original del siglo XVIII, que sería bastante más grande y rematado en medio punto. El actual se pintó a finales de los años sesenta del siglo pasado, coincidiendo con un remozamiento de la capilla que consistió básicamente en retirar las diferentes capas de cal rojiza que tapaban la obra de ladrillo. Otro dato curioso es que la cruz, realizada con rasillas y yeso, que vemos en el faldón central del tejado no se incorporó hasta los años cincuenta del siglo pasado, lo que se deduce de la comparativa de fotos antiguas.

 

La restauración del conjunto urbano de 1996 

Dentro de la programación anual de los llamados planes provinciales, financiados por la Diputación Provincial y el Ayuntamiento de la ciudad, en 1995 le tocó el turno a la restauración del conjunto urbano de la Cruz Blanca, realizándose la obra al año siguiente. La idea era respetar al máximo su configuración histórica consolidada; de hecho, se mantuvieron todos los niveles y escalonamientos de ambas citarillas, dejando siempre acceso directo para discapacitados físicos. Incluso al reconstruir los muretes, de ladrillo y bolos de piedra, se volvieron a reincorporar todos los sillares que en su día –al parecer, en 1868– se trajeron de El Castillón, así como las barandillas de hierro originales. Una curiosidad podemos aportar sobre estos espaldares metálicos: en origen estaban decorados sus balaustres con unos nudos de plomo, pero estos fueron sustraídos después de la guerra civil, durante los llamados “años del hambre”, para su venta al peso por las personas que pasaban una necesidad extrema.

Las obras de restauración monumental del conjunto urbano de la Cruz Blanca comenzaron en marzo de 1996 y concluyeron a mediados de agosto del mismo año, si bien la arboleda (magnolios, cipreses y naranjos) no se plantó hasta la última semana de octubre. Con proyecto del ingeniero Francisco Ruiz García, la obra se había adjudicado mediante mesa de contratación a la empresa Acedo Hermanos SL, después del correspondiente concurso público. El 23 de diciembre de 1995, aprovechando un viaje a Madrid para realizar otras gestiones, hice entrega en el Registro General del Ministerio de Administraciones Públicas del certificado de adjudicación de la obra. Dos meses después, el 23 de febrero de 1996, se hacía el replanteo en presencia de Manuel Camacho, técnico de la oficina del ingeniero Francisco Ruiz, y de los representantes de la empresa adjudicataria y del Ayuntamiento.

 Especial cuidado se tuvo en la elección de la calidad de los materiales, ya que las obras que se llevaron a cabo pretendían reforzar los valores patrimoniales de uno de los conjuntos urbanos más singulares de nuestra ciudad. El adoquín de granito se empleó en la pavimentación de la calzada central, mientras que los costeros (losas de fuerte grosor y escafiladas en su cara inferior) del mismo material se utilizaron en el resto de los acerados. El ladrillo de tejar de los muretes de las citarillas y del muro de la lonja de la iglesia de la Trinidad se trajo de alfares de Vélez-Málaga, introduciéndolos previamente antes de su colocación en bidones de agua para comprobar su buena cochura. Los bancos de piedra granítica gris, con asientos de una sola pieza, que se colocaron en la lonja de la Trinidad se hicieron en Pozoblanco y responden al mismo modelo empleado en la remodelación del Coso Viejo. El suelo de esta plataforma se diseñó combinando adoquín y costeros de granito, así como guijarros de río, siguiendo un modelo de pavimentación artística que podemos ver en diferentes puntos del conjunto monumental antequerano. Con respecto al acceso escalonado a la lonja, se eliminó lo angosto de su entrada, ampliando la anchura de los peldaños de manera que, en su lateral izquierdo, van muriendo a cero en la pendiente del acerado. La idea era facilitar la salida de los pasos de la Cofradía del Rescate en Semana Santa y el acceso al templo de los viandantes que llegan desde las calles Porterías y Herrezuelos. Para naturalizar este ámbito se construyeron los correspondientes alcorques en los que están plantados naranjos.

Hoy todo el espacio urbano de la Cruz Blanca compagina, con cierta naturalidad, los valores históricos y monumentales de sus dos edificios de carácter religioso, con una arquitectura civil nueva respetuosa con el entorno y, lo que en 1996 fue novedad, con una arboleda que introduce el elemento verde en su justa medida. En definitiva, respeto al pasado y mejora de la calidad urbana, como premisas básicas de una actuación que aspira a permanecer en el tiempo. Aunque ya se verá: “Lo fugitivo permanece y dura”, escribió Francisco de Quevedo.

 

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