miércoles 4 febrero 2026
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El día de los enamorados y las leyendas entorno a la Peña

Próximamente, se celebrará la festividad de San Valentín, santo católico, que dedicó su vida a hacer actos amorosos y afectivos desinteresados. De ahí que se haya creado la fiesta comercial del Día de los Enamorados. Este artículo intenta relacionarla con las diversas leyendas que han surgido a lo largo de la historia en torno a nuestra Peña, Patrimonio de la Humanidad.

En muchos lugares del mundo se documentan historias de enamorados famosos que, por diversas razones, no llegaron a casarse, pese a su interés. En Italia, está la Leyenda de Romeo y Julieta, uno de la familia Montesco y otra, de los Capuleto, ambas enfrentadas entre sí; en Teruel, los amantes Diego de Segura, hijo de una familia pobre, e Isabel de Marcilla, hija de un mercader rico; en Andalucía, la leyenda de Rafael, hijo de la familia Taranto y Juana, de la familia Zorongo, ambas enemistadas desde siempre y, en Antequera, tenemos diversas leyendas sobre La peña de los Enamorados.

El primer autor que trata esta leyenda fue el italiano Lorenzo Valla y, según Francisco López Estrada “nos cuenta la suerte de los dos amantes que, arrastrados por la fuerza del amor, perecen estrellándose por los riscos de la solitaria montaña”. Alfonso Canales añade que es de tradición oral y lo corrobora así: “Parece indudable que la tradición popular debió preceder a la narración erudita”.

Versión recogida por Valla en su libro Conquista de Antequera con la Leyenda de la peña de los Enamorados, de 1521

“Bien merece la pena dar un resumen, mejor que pasarla por alto, del origen de este nombre, pues es una historia muy agradable. Cierto joven –del cual se ignora el nombre, el lugar de nacimiento y únicamente se sabe que era español–, prisionero o de guerra o de alguna correría, estuvo sirviendo de esclavo en Granada durante dos o tres años, utilizando su dueño sus servicios tanto para la casa como para los asuntos de la ciudad. Prendada la hija de este moro de su apostura, de su manera de hablar y de comportarse, sintióse irresistiblemente atraída por el joven, y éste a su vez, enamorado con locura de la belleza y distinción de la doncella. Convencidos de que en aquellas circunstancias no podría reunirse, ni en el futuro tampoco les sería posible, –el uno era esclavo y la otra casadera–, constituyendo tal situación peligro de vida o muerte, decidieron escapar en la primera ocasión que encontraran.

Los hechos posteriores inducen a suponer que el joven procedía con más honradez –mientras él se encaminaba a los suyos, ella se alejaba de sus lares–, a no ser que mediaran motivos de religión, extremo al que no me inclino. Al llegar en su huida hacia la Peña, la joven agotada, quiso tomarse un poco de descanso; y he aquí que su padre, seguido de algunos acompañantes, todos a caballo, en veloz carrera venían en su persecución. Los amantes, trepando por los salientes de la Peña, llegaron hasta su cumbre, único refugio en aquellas circunstancias. Cuando llegó el padre de la joven, endurecido y bramando, con palabras autoritarias e injuriosas les ordena que desciendan inmediatamente o que, de lo contrario, hará en ellos un ejemplar escarmiento.

Los demás advertían y exhortaban al joven y, muy especialmente, a la doncella, que se arrojaran a los pies de su dueño y padre, en cuyo caso serían objeto de su misericordia más que de su venganza, porque con la resistencia exacerbarían más y más su irritación. En vista de que no se doblegaban ni a las órdenes ni a las amonestaciones, todos se apearon de los caballos; y unos por una parte y otros por otra, valiéndose de los pies tanto como de las manos, se esforzaban por trepar a la cima de la Peña, mientras el joven desde lo alto, arrojando piedras y convirtiendo todo en armas, arrancando tierra y ramas, les estorbaba la ascensión por un lado y por otro.

Por miedo a esto, desistieron de su propósito los otros, mientras el padre, inflamado en cólera, envió a uno de sus acompañantes a que del pueblo vecino trajera auxilio, especialmente de saeteros, que se hicieron presentes al momento. Dándose cuenta los sitiados de que iban a ser aprehendidos por los que continuamente acudían, lo que equivalía a tener que soportar toda colase de suplicios y afrentas, no podemos ni siquiera imaginar las lágrimas y lamentaciones en que se deshicieron. Lo cierto es que en apretado y mutuo abrazo –y besándose, como es creíble– se arrojaron por aquella parte que caía hacia donde se encontraba el padre, y así compenetrados dieron fin a su vida.

Se cuenta que todos los presentes –menos el anciano padre– y los que después oyeron el relato, tuvieron compasión inmensa de la muerte de ambos, y que algunos derramaron lágrimas sobre los cadáveres aún abrazados, a los que no faltó el amor antes que la vida, de modo que en aquella actitud voluntaria estaban dando testimonio de que aún después de muertos seguían amándose. Contra la voluntad del anciano, allí mismo fueron enterrados con la misma indumentaria que llevaban cuando se estrellaron. Siendo esta la razón de que a la Peña se le impusiera tal nombre.

Aunque este acontecimiento me produce un tanto de emoción, no creo, sin embargo, que sean dignos de misericordia en la presencia divina, puesto que la doncella iba en pos de sus amores y no del sentimiento religioso, y el joven fue audaz en demasía para conseguirse la libertad con su presa, que invirtiendo los términos, siendo estos los motivos por lo que se retrasó en su camino y los que le acarrearon unos perseguidores más encarnizados y la imposibilidad de alcanzar el perdón. Además, ninguno de los dos en aquellos instantes supremos tenía el debido concepto acerca de la bondad de Dios”.

La segunda versión nos la ofrece el antequerano Juan de Vilches en el año 1544 en el capítulo de un libro “Silva de rupe duorum amantium apud Antiquaria sita. Las aportaciones a la anterior versión son éstas: Está escrita en latín, en verso, dedicada a Fabián de Nebrija, hijo del gramático autor de la primera versión de la Gramática; se localiza la leyenda; se tilda de historia verdadera o fábula del pueblo y alude a una versión anónima que corrió de boca en boca; nos confirma que el protagonista era un servidor del rey granadino llamado Hamet Alhayar, musulmán, mayoral de rebaños; que conoce a una bella doncella, Tagzona, de Archidona y que se atrajeron mutuamente; que huyeron a caballo; que el padre de ella los persigue, que unos pastores golpean a Hamet dejándolo por muerto, para gozar de ella; que Tagzona le pide la espada a los soldados de su padre para vengarse de Hamet, porque le había engañado, la espada no era para vengarse de Hamet, sino para clavársela ella en el pecho. Como se podrá comprobar, Antequera aporta mucho a esta serie de leyendas de enamorados que no pudieron casarse.

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