El Evangelio nos ofrece hoy, una síntesis de nuestra historia de tentación y de gracia. Jesús, al término de su experiencia en el desierto, no aparece como el superhombre esperado, sino como quien se ha hecho semejante a nosotros. Y por eso, lo vemos tentado y sufriendo las inseparables contradicciones del destino y la flaqueza humana.
La primera tentación es la de un mesianismo nadando en la abundancia sin necesidad de esfuerzo, capaz de transformar las piedras en panes. Tentación común, pues todos queremos que venga un ‘mesías’ a solucionarnos los problemas de cada día. Aunque nosotros hacemos lo que es peor: si el tentador dice: -“Dí que estas piedras se conviertan en panes”. Nosotros los panes los convertimos en piedras.
Jesús sufrió esta tentación porque tenía hambre. Y, hoy, ante las grandes hambrunas de la humanidad, tiramos la comida en los países ricos –con la comida que se tira en Europa se podrían alimentar millones de niños hambrientos–. Y convertimos los panes en piedras.
En la segunda tentación advertimos que el tentador conoce la Escritura y dice a Jesús: -Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras.
El Malo chantajea a Jesús tentándole para que ponga la Escritura a su servicio. Y Jesús le responde -También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. Y vence al tentador con la interpretación correcta de la Escritura. Pero nosotros ¿conocemos la Escritura o pontificamos sin haberla leído, meditado u orado. Cuaresma, tiempo propicio para leer, estudiar, meditar, orar y vivir la Palabra de Dios.
La tercera tentación es la del poder: -Todo esto te daré si te postras y me adoras. Todo será tuyo, yo te lo doy. Y quien está hablando es el padre de la mentira. Si te postras y me adoras. Si adoramos la mentira.
¿Cuánta mentira existe en este mundo nuestro y en nosotros? Cuánta mentira para mantener nuestra cuota de poder. Y resulta que las tentaciones de Jesús son prototipo de las nuestras, aunque no confundamos tentación con pecado. La tentación precede al pecado, pero ella no es pecado. Ella puede ser vencida, como nos enseña Jesús.
Mas si sucumbimos a la tentación, presentémonos ante el Señor con humildad, diciendo: Miserere mei Deus. Misericordia de mí Señor: y estaremos implorando el perdón y mostrando la calidad de nuestra fe.
La cuaresma es un tiempo propicio para vivir de cara a estas verdades: seremos tentados, pero Jesús, nuestro ejemplo y fortaleza, ha puesto a nuestro alcance el sacramento del perdón.
Cuaresma, tiempo de preparación para la Pascua, para el paso de la pasión y muerte del Señor a la gloria de la Resurrección. Y por ello, al final de la cuaresma celebraremos el triunfo de Cristo sobre la muerte. Cuaresma tiempo que conduce a la esperanza alcanzada y la alegría, al amor y la solidaridad, a la conversión. Bendito tiempo que nos acerca al amor del Padre, manifestado en Cristo Jesús, y mantenido en nosotros por la gracia del Espíritu Santo. Bendito tiempo que nos ayuda a cambiar el corazón.




