La familia de San Juan de Dios de Antequera está de fiesta por el día del santo fundador de la orden, que cuida en nuestra ciudad de la residencia de personas mayores frente a los Dólmenes.
Así, este domingo 8 de marzo se comenzó con una exhibición del Cuerpo de Bomberos, a través del Consorcio de Málaga, donde mostraron cómo se eleva una escala e intervienen en un simulacro.
Seguidamente, a las 12 horas, se procedió a la celebración de una Eucaristía en la capilla del centro, presidida por el hermano Luis Valero y donde, además de los usuarios y familiares, acudió el alcalde Manuel Barón.
Por último, se entregó la granada de oro, a todos aquellos trabajadores de la residencia que recientemente se han jubilado, para finalizar el encuentro compartiendo un vino español.
La Orden Hospitalaria de San Juan de Dios quiere aprovechar este encuentro para agradecer la dedicación de quienes forman parte de esta casa en Antequera y sirven diariamente a sus residentes.
Como exponía el propio hermano Luis en un artículo en nuestro periódico, «ese legado de humanidad cristiana y servicio que Juan de Dios dejó al mundo continúa vivo hoy, también aquí, en Antequera. En la Residencia San Juan de Dios, que lleva su nombre, se hace visible cada día la misma hospitalidad que él encarnó».
Los Hermanos de la Orden, «profesionales, voluntarios y bienhechores trabajan codo con codo para que las personas mayores encuentren un hogar donde se les cuide con respeto, ternura y dignidad. En un tiempo en que tantos ancianos sufren la soledad, el aislamiento o la falta de recursos, este compromiso adquiere un valor especial».
Allí donde algunos solo ven edad o dependencia, «la Familia Hospitalaria reconoce rostros llenos de historia, sabiduría y vulnerabilidad; rostros que merecen ser acompañados con la misma mirada compasiva con la que Juan de Dios acogió a los más frágiles de su época».
Y la «residencia no es solo un edificio ni un servicio asistencial. Es un espacio donde la solidaridad se hace experiencia cotidiana: en la escucha paciente, en los cuidados profesionales, en la cercanía de los voluntarios, en la generosidad de quienes colaboran de mil formas silenciosas. Es, en definitiva, una prolongación viva del don que hemos recibido del Santo, un modo concreto de seguir construyendo humanidad en medio de nuestro tiempo», concluye el artículo del responsable de la orden hospitalaria.







