El Misterio Pascual de Jesucristo alcanza su cumbre en Semana Santa. Vivir en profundidad el amor entregado de Dios da sentido a nuestra existencia y nos acerca a la madurez de la fe, a vivir en la esperanza de alcanzar la felicidad que nos ha prometido nuestro Dios. Por eso la invitación a adentrarnos en la profundidad del amor de Dios se hace vida en estos días santos y debe llevarnos a ser sus testigos ante todo el mundo.
Queridos paisanos: En estos días, tras el paso del invierno, la vida va abriéndose paso por todos los rincones, llenando de luz brillante nuestra ciudad. Es la primavera, que señala el nuevo comienzo, ese que cada año nos sorprende por su belleza, cuando inunda nuestra vida de imágenes y de aromas que nos trasportan a nuestra más tierna infancia, al mundo de los bellos recuerdos de antaño. Y que cada año nos da la oportunidad de renovar a fondo nuestra vida.
Además, es el regalo que la naturaleza nos da: ha llegado un momento único en nuestro calendario: ya está aquí, un año más y con su primera luna llena, la Semana Santa. Pero, como bien sabemos todos, estos días son mucho más que un anhelo del pasado, o una inyección de dopamina cuando vemos que nos inunda la luz, se templan las temperaturas y se alargan los soleados días.
Para los cristianos, estas jornadas son el corazón del calendario cristiano, un momento en el que los creyentes conmemoramos y revivimos los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, que constituyen el centro de la vida del Señor. Y de camino, son el centro de nuestra fe.
Dicho de otro modo, la Semana Santa es peregrinar en nuestra vida cotidiana de la tristeza al gozo. Desde la oscuridad de lo cotidiano, llegado a su más alta cota el Viernes Santo, hasta la luz radiante de la Resurrección, hasta el brillo que ilumina todas las tinieblas de nuestra existencia. Son días de vivir con sobriedad la Pasión y la Muerte de Jesús para luego celebrar, rebosantes de alegría, la gloria de la Resurrección.
Porque el misterio pascual de Cristo es la prueba definitiva del amor de Dios por la humanidad, de la apuesta de Dios por nosotros, manifestado de una manera inigualable en la entrega de su Hijo hasta el extremo de dar la vida por amor a todos y cada uno de los que formamos parte de la Humanidad.
Pero en esta “cuenta” de la fe, el orden de los factores sí altera el producto. Sin fe, sin la creencia de muchas generaciones de cristianos en el misterio Pascual de Cristo, nada del hermoso patrimonio que la Semana Santa nos ofrece, hubiera llegado a nosotros, sería una realidad muy distinta. Eso explica, que a pesar de haber transcurrido casi 2.000 años de esos acontecimientos salvadores, estos sigan teniendo tanta actualidad. Porque nosotros no recordamos algo del pasado sino que buscamos actualizar en nuestra vida lo que supone los momentos definitivos del misterio redentor de Cristo.
Solo creer en la entrega amorosa, en la muerte redentora, pero sobre todo en la nueva vida que nos da la resurrección del Señor, explica que esa fe tenga que salir de los templos e inunde las calles de nuestro país, o como ocurre en nuestra ciudad de Antequera, transforme por completa la vida de quienes vivimos en ella durante estos días de Semana Santa. Pero para seguir mirando al futuro con esperanza, os propongo profundizar un poco en las raíces que sustentan la hermosa expresión de fe que cada Semana Mayor inunda las calles de nuestra ciudad. Su origen está, como he señalado ya, en lo que aconteció en Jerusalén hace casi 2.000 años, cuando a Jesús Nazareno lo llevaron a la cruz por su vida y su doctrina.
Fue la culminación de una vida dedicada a repartir el amor de Dios en medio de las gentes. Sus palabras y sus gestos fueron una manifestación de lo que nuestro Padre Dios quería para todos los miembros de su familia, especialmente para aquellos que más sufrían, aquellos a los que la vida había tratado peor.
Pues en esas tinieblas brilla fuerte la luz de Jesucristo. Él que nos dice que es el Camino la Verdad y la Vida. Y estos días Santos son una magnífica oportunidad para reflexionar y contemplar que eso es así. Dar espacio a la vida interior, ser capaces de adentrarnos en lo que significa llevar el nombre de cristianos en nuestra vida, pondrá las bases de toda la manifestación pública de nuestra fe.
Si cuando salimos a la calle a hacer penitencia, si sobre nuestro hombro portamos un varal o participamos en una procesión de cualquier manera, y esto lo hacemos por nuestro amor al Señor o a su Santísima Madre, nuestro corazón va lleno del amor que tienen por nosotros, la perspectiva va a ser totalmente distinta. Eso no es una mera costumbre o una bella tradición. Eso es hacer vida la fe en la que creemos.
Esa vida nueva se manifiesta también en todo lo que hacemos como iglesia. Intentar buscar firmeza en nuestra fe da a nuestras acciones un nuevo impulso, ese que nace de nuestra condición de bautizados, ese don que renovamos cada año en la noche Santa de Pascua: hemos sido sepultados con Cristo por que queremos vivir con Él en su nueva vida.
Ojalá este impulso nos ayude a fortalecer todas las dimensiones de la fe. Vivir la Semana Santa no es solo participar del culto público. Es estar cada día trabajando para que todo el mundo conozca la Buena Noticia de Cristo resucitado. Con nuestras palabras, pero sobre todo con nuestra actuación. Ser cristiano, no lo olvidemos, implica asumir una responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad. Implica dar testimonio del Evangelio en lo concreto de cada día. Eso nos debe impulsar a vivir la realidad de la caridad y el servicio. No podemos olvidar que la cercanía a los más necesitados es lo que da validez al resto de las cosas que hacemos por amor a Dios en ellos.
Esa fe nos presenta otro reto importante, el de la comunión: necesitamos seguir construyendo comunidades marcadas por la fraternidad. Nuestras parroquias están llamadas a ser espacios donde la fe se celebra, se comparte y se vive con coherencia. Y donde todos podemos y debemos tener un lugar, porque es la Iglesia, es la casa de nuestro padre y por tanto de todos los que formamos parte de la gran familia de la Humanidad.
Finalmente, esta vida renovada nos envía a nuestras “Galileas”, a donde vivimos cada día, a donde nos toca ser testigos del Amor en medio del mundo. Cada uno de nosotros está invitado a recorrer su propio camino de Emaús, dejando atrás nuestras limitaciones y abriéndonos a lo que Jesucristo nos regala. Seamos la voz y las manos de ese Señor que tanto nos ama y necesita de todos para que “a toda la tierra alcance su pregón” (Sal 18, 5).
Feliz y Santa Semana, hermanos. Y que el encuentro con Cristo Resucitado haga de nosotros hombres y mujeres nuevos, testigos del amor misericordioso de nuestro Dios. Que Él os bendiga.





