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Los templos de Antequera celebran la festividad de Todos los Santos con la santidad como ejemplo de vida

El domingo 1 de noviembre se celebró la festividad de Todos los Santos en las diferentes iglesias de Antequera donde se profundizó en el significado genuino de las bienaventuranzas y la vocación universal a la santidad, cimentadas en una fe viva y en el encuentro personal con Jesucristo. Mediante vivencias pastorales y testimonios contemporáneos, se hace una llamada a superar el activismo superficial a través de la primacía de la oración, la intercesión mariana y la gracia sacramental, según expuso el padre Francisco de Paula Aurioles en la misa parroquial de San Pedro a mediodía del domingo.

Así nos comunicaron que hubo misas a las 9 horas en la Encarnación e Inmaculada. A las 10 horas en San Sebastián, La Trinidad, Belén y Colonia de Santa Ana. A las 10,30 horas en El Salvador. A las 11 horas en Bobadilla. A las 11,30 horas en la Residencia San Juan de Dios y Loreto. A las 12 horas en San Pedro, La Trinidad, San Sebastián, San Juan y El Salvador. A las 12,30 horas en La Victoria y Bobadilla Estación. A las 13 horas en Las Descalzas y Los Remedios. A las 19 horas en La Trinidad, San Sebastián y Cartaojal. Y a las 20 horas en Los Remedios.

Volviendo a la celebración en San Pedro, el sacerdote destacó en la homilía que la celebración se sitúa espiritualmente a través del recuerdo de los Santos Lugares en Tierra Santa, evocando la ladera que se asoma sobre el Mar de Tiberíades donde tuvo lugar el sermón evangélico. En este enclave se alza la Basílica de las Bienaventuranzas, un templo de planta circular rodeado por un entorno ajardinado provisto de mesas y bancos de piedra donde los peregrinos y sacerdotes acostumbran a celebrar la Santa Misa a primera hora de la mañana. Se subraya que la naturaleza del paisaje permanece inalterada, siendo el mismo mar y la misma ladera que contemplaron y escucharon la voz del Señor.

Esta memoria enlaza con el inicio de noviembre, un tiempo estacional que despide el verano y abre un periodo de casi un mes antes de dar comienzo al Adviento, tiempo litúrgico de preparación para la Navidad y la Nochebuena en un trayecto de aproximadamente dos meses. En este umbral otoñal, la liturgia invita a no detenerse en el aspecto caduco de la naturaleza, sino a abrazar la palabra de Cristo que proclama la bienaventuranza, llamando a los fieles a vivir dichosos, alegres y felices desde la esperanza del Evangelio.

Naturaleza de la Fe frente a la adversidad y testimonio sacerdotal
La fe se define teológicamente como un don sobrenatural que conforta, capacita y fortalece a la persona a modo de armadura espiritual, desestimando de forma tajante la idea de que constituya un mero refugio psicológico o un calmante adormecedor. Frente a las estructuras frágiles edificadas sobre arena que colapsan ante el dolor o la tribulación, la fe actúa como un cimiento inconmovible que impulsa a los creyentes a situarse en medio de las plazas públicas para proclamar que Jesucristo es el único redentor, salvador y la única verdad.

Esta convicción se ejemplifica en la respuesta pública brindada por el sacerdote Don Fernando Fernández de Bobadilla Nazareta ante los sucesos trágicos acaecidos en Los Yébenes (Toledo). Frente a los intentos de restringir la vivencia religiosa a un bálsamo pasivo, el testimonio sacerdotal reivindicó la vitalidad de la fe y el ejercicio sacramental inmediato al impartir la absolución en el lugar del suceso, reconociendo la presencia de cuerpos y almas necesitados de socorro. Se destaca que la misericordia que brota del corazón de Cristo es un océano sin orillas y de profundidad abismal, capaz de perdonar y sanar incluso las faltas más inconfesables.

Triunfo de la Iglesia celestial y comunión de los Santos
La solemnidad de Todos los Santos celebra la victoria de una multitud innumerable de hombres, mujeres, jóvenes, ancianos y niños que ya gozan de la presencia celestial, extendiendo la fiesta más allá de los siervos de Dios formalmente canonizados, beatificados o declarados venerables. Esta certeza suscita gratitud por el catolicismo y ratifica el sentido profundo de la comunión eclesial y de la intercesión por los difuntos.

Se recuerda el principio atribuido a la tradición eclesial de que «el que reza se salva», aclarando que la oración de intercesión nunca cae en saco roto: si las almas de los seres queridos ya disfrutan del cielo, los sufragios revierten en auxilio de aquellas almas más olvidadas y necesitadas de la misericordia divina. Esta práctica se articula especialmente en el rezo del Santo Rosario y sus jaculatorias, encomendando a todas las almas al amparo de la Santísima Virgen María, a quien se honra con filial devoción como salud, consuelo, auxilio y omnipotencia suplicante ante Dios.

Compartió que días atrás estuvo conversando con el flamante arcipreste Salvatore Musella, a quien le expuso que considera que vivimos en una notable carencia de vida interior, evidenciando que el activismo exterior, la sobrecarga organizativa y las dinámicas superficiales han desplazado la centralidad de la plegaria. Considera que se debería «hablar menos y rezar más. Hacer menos y rezar más. Reunirse menos y rezar más. Programar y organizar menos y rezar más. Procesionar menos y rezar mucho más». Para cultivar este vínculo auténtico, se orienta a los fieles a despojarse de artificios y acudir con perseverancia de rodillas ante el Sagrario, apoyándose en la lectura espiritual y en la guía sacerdotal. Se recuerda que los ministros ordenados cuentan con la «gracia de estado» sacramental para acompañar a las almas, un don conferido por la Iglesia que trasciende las limitaciones personales de cada sacerdote.

Concluyó citando a San Juan Pablo II y subrayando que la santidad no reside en devociones decorativas, imágenes policromadas ni en una fe superficial y acomodada a lo políticamente correcto. Por el contrario, se define como un encuentro personal, íntimo e intransferible —con nombre y apellidos— con la persona viva de Jesucristo. Es una relación de amistad auténtica caracterizada por la entrega mutua, el amor incondicional y la mirada interior compartida en la oración, la cual infunde una paz que supera toda flaqueza humana.

Este camino de madurez y verdad se ilustra mediante el itinerario de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), filósofa y universitaria alemana de origen judío que, tras una etapa de agnosticismo racionalizado, abrazó la fe católica mediante el bautismo, ingresó en el Carmelo de Colonia y coronó su entrega con el martirio en el campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Su testimonio reafirma que la santidad es una adhesión firme a la verdad de Dios que colma la existencia y capacita al creyente para vivir con una alegría indestructible.

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