El Domingo de Resurrección nos liberaba del dolor de la Pasión de Jesús y nos abría a la esperanza y la alegría del triunfo de la Vida sobre la Muerte. Pero Antequera, el lunes, volvía a vestirse de luto, de dolor, por la pérdida de uno de sus más grandes hijos del pasado siglo, José María González. En otros casos, habría que decir de él, que fue un gran artista artesano, un gran industrial, una formidable alcalde, último de la pre – Democracia y primero de la Democracia, al que Antequera debe tantas cosas, un incomparable esposo y padre, un grandioso amigo… En este caso, no hay que decir nada de eso, porque todo queda compendiado en su nombre: José María González. Eso sólo, lo abarca todo, lo compendia todo.
Antequera, al filo del mediodía del lunes, sufrió un escalofrío de dolor, una sacudida, porque nadie podía hacerse a la idea de algo tan trágico. Se sabía que estaba grave desde hace tiempo, pero él lo ocultaba, como no queriendo sumirnos en el sentimiento que la cruel enfermedad nos supondría. Últimamente, apenas salía de su casa, pero cuando hablábamos con él, nos transmitía su optimismo, su confianza en superar esta crisis, experto él en superar crisis como le ocurrió en sus tiempos de Alcalde. De vez en cuando, en esas charlas, se le escapaba un sollozo incontenible, ante el que tratábamos de animarle y recordarle que en peores se había visto, cuando tuvo que luchar, sin los medios que hoy hay, sin las ayudas de hoy, por sacar adelante y mejorar “su” Antequera. Así, logró que el Hospital entrara de lleno en la Seguridad Social liberando al Ayuntamiento de gastos espantosos, incomprensibles para quien se enteraba de algo que Antequera protagonizaba desde hace tantos años; hizo el Campo de Fútbol, modernizó la ciudad con sus alumbrados resplandecientes, con los semáforos, con las nuevas barriadas, recibiendo a presidentes del Gobierno, como Calvo Sotelo, que eran enterados de las injusticias que se cometían con la ciudad y atendían rendidos ante la contundencia de los datos que José María ofrecía. Se trajo al Director General de la UNESCO y acogió con entusiasmo que Antequera fuera elegida para las fechas históricas del Pacto de Antequera, estableciendo una sincera y gran amistad con Plácido Fernández Viagas, impulsor de la Autonomía andaluza, que le expresó su reconocimiento ante tanta facilidad para recibir a todo el mundo, para ofrecer todas las dependencias municipales del Ayuntamiento, del Museo. En fin, la lista de logros no cabría en varias páginas como ésta, todos ellos realizados bajo su lema favorito: “A favor de Antequera, en contra de nadie”. Así tuvo amigos de verdad que le reconocían su independencia, su dar a cada uno lo que le correspondía, en todos los grupos del espectro político, desde la izquierda a la derecha, aunque él, siempre con Antequera como norte y guía, se consideraba de centro, defendiendo a ultranza sus creencias religiosas.
Pero antes de Alcalde, fue Presidente de la Agrupación de Cofradías, a lo que llegó como ejemplar cofrade del Consuelo, y del Sindicato de Actividades diversas, primeros puestos dedicados a los demás, en los que se fraguó una personalidad inquebrantable en defensa de los intereses de Antequera y, en la medida que le correspondía, de Andalucía, de España.
Hoy, toda Antequera le sigue llorando, mientras expresa, como nosotros, sus sentimientos más sinceros a su esposa, hijos y nietos y restantes familiares.
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