Qué alegría y qué felicidad poder escribir sobre un cumpleaños y más si son 100 los que celebra. Fue el 25 de junio cuando José Herrera Pedraza, ‘Pepín Herrera el latero’ como le gusta le digan, cuando sopló una tarta muy especial con su familia y amigos más cercanos, entre ellos el alcalde Manuel Barón.
Nació quince días después del incendio del Angelote, en la calle del Barrero, hijo de José y Carmen, siendo 13 hermanos. Se trasladó a calle de la Laguna donde creció con sus abuelos y sus tías. Vivió la Guerra Civil en pleno centro y recuerda cómo eran los bombardeos. Devotísimo de la Virgen del Consuelo y del Señor del Rescate. Aficionado del Antequera.
Le tocó la época donde los niños trabajaban desde temprana edad. Comenzó como latero y fontanero en 1953. Su primer negocio en la esquina de Chimeneas. Amplió el negocio a elaborar sillas y mesas para bares y negocios. En 1971 monta Muebles los Ángeles. Sus hijos siguen sus pasos y se jubiló hace 35 años, aunque sigue con su día a día: madrugar, supervisar el negocio familiar, su puro y sus charlas con los vecinos.

Una agradable entrevista este jueves por la mañana
Una semana después, quedamos con él para conversar y nos cuenta su vida, reflejo de la Antequera de la última centuria. Su infancia entre la calle Barrero y La Laguna, los temblores de la Guerra Civil, la posguerra de ingenio y trueque, la trayectoria laboral desde la fontanería y hojalatería al comercio del mueble, su vida familiar, devociones cofrades y aficiones, así como su celebración del centenario y el orgullo por su ciudad.
Hijo de José Herrera Peláez y Carmen Pedraza León, a los ocho años se trasladó a vivir con sus abuelos en la calle La Laguna. Recuerda de la Guerra “el ruido de los aviones y el miedo colectivo. Por indicación de Manuel Avilés, propietario de Mantecados La Antequerana, los vecinos de la calle La Laguna nos refugiábamos en la fábrica. No se me olvida cuando impactó una bomba en la fachada, con el temblor del edificio y mi propia cabeza encajada bajo una estantería de mantecados”.
Rememora la llegada de tropas, los registros violentos y la ocupación de casas; evoca fusilamientos y el dolor de ver cadáveres de conocidos asesinados, señalando la crudeza cotidiana del conflicto. Entre los episodios, el incendio en la casa de los Sarrailler donde un coche nuevo ardía en el patio y los sucesos de la desaparición de la corona de oro de la Virgen del Socorro.
La posguerra la define por la escasez y la astucia: el abuelo, fontanero en el Hospital, arreglaba utensilios y recibían a cambio cartuchos de azúcar o arroz. Nos comparte recados peligrosos como ir por vinagre a Santa Clara, donde patrullas armadas le obligaban a apartarse y su reflexión sintetiza la experiencia vivida: “mientras menos guerra, mejor se vive”.
En 1953 abre su propio negocio como fontanero y latero. “No tenía ni los 20 duros para pagar el mes”, pero el trabajo nunca faltó y llegó a tener dos empleados. En 1974 se produce la transición: una reparación de cama antigua deriva en dedicarse a muebles, señalando una evolución artesanal hacia el comercio del hogar.
En el plano religioso, su vínculo más entrañable es con la Virgen del Consuelo: “A mi abuelo lo hicieron hermano”, y aunque aprecia a todas las imágenes, confiesa recordar más a esta y al Señor del Rescate.
Conoció a su futura esposa de niña: la familia de ella vivía “arriba de la casa del abuelo y eran doce hermanos; uno emigró con sus hijos a Buenos Aires”. La relación formal empieza tras su servicio militar en Melilla. Se casó en la iglesia de San Isidro que hubo en calle La Vega.
A los 100 años, asegura estar “muy bien” de salud, con apenas necesidad de médicos ni recetas. Mantiene el hábito de levantarse temprano y fumar puros. Su filosofía de longevidad es simple y relacional: vivir bien, tratar bien a la gente y sentir que la gente siempre me ha mirado bien”.
Su centenario fue preparado con antelación. Él notaba movimiento, pero se dejó sorprender. Asistió muchísima gente, se sentó junto a su mujer y fue saludando a todos.
Pepín profesa su afición eterna al fútbol y, en particular, al Antequera, del cual es seguidor “de toda la vida”. Celebra su buen momento en Primera RFEF y recuerda nombres clásicos que jugaban un fútbol que él “disfrutó mucho”. Bromea con el hijo del que fue su vecino Juani Barón, el actual alcalde Manolo. Asegura que la jugada de la bicicleta la empezó él porque suya. Valora a Antequera por el trabajo, las buenas relaciones y porque “siempre ha sido por mi bien”, razón fundamental para haber permanecido un siglo arraigado a su ciudad. Es la historia de un antequerano centenario, ‘Pepín Herrera el latero’. Quedamos para la próxima…






