Las comunidades parroquiales de San Pedro y Santiago se fusionaron para celebrar la Octava del Corpus Christi en la tarde del domingo 14 de junio, con inicio de la celebración eucarística a las 19 horas en San Pedro y posterior procesión hasta Santiago donde culminó la solemne ceremonia a las 21,30 horas.
En San Pedro comenzó la celebración con misa presidida por su párroco Francisco de Paula Aurioles, que contó como maestro de ceremonias a Rubén Camacho de la Hermandad de la Clemencia (Mutilado) de Málaga. Acompañó musicalmente el coro de la parroquia y al órgano, José Antonio Morales.
En la homilía, el párroco destacó que estaban viviendo una procesión eucarística como «última piedra” del ciclo litúrgico que comenzaron el Miércoles de Ceniza. Una misa con triple realidad: sacrificio, presencia real y testimonio procesional. Se preparaban para salir por calles y plazas como comunidad viva que porta a Cristo y ora en silencio.
En ella se siguen los consejos que en su día nos dejaron Benedicto XVI y San Manuel González con la praxis parroquial (San Pedro y Santiago), trazada por hitos: San Francisco, Santa Eufemia y Belén. Todo con un Evangelio que ancla la compasión como motor y la misión como respuesta.
«Nosotros, como comunidad parroquial, asumimos la responsabilidad de dar un testimonio ordenado, sobrio y teológicamente claro: la misa que se celebra deviene en procesión que proclama el Reino con disciplina espiritual y coherencia litúrgica».
Así, desde el Miércoles de Ceniza hasta la solemnidad del Sagrado Corazón, se ha estado construyendo con esta «última piedra” como preferencia por culminación efectiva sobre “primeras piedras” simbólicas como expuso San Josemaría Escrivá. Así, la comunidad valida su madurez litúrgica mediante una acción pública final con la procesión eucarística.
Todo con la solemnidad del Sagrado Corazón como nos legó Margarita María Alacoque del Monasterio de la Visitación en Paray le Monial: “He aquí este corazón que tanto ama a los hombres”.
Tras la Comunión, se emprendió el cortejo desde el interior del templo de planta catedralicia. Así, lo abría una cruz parroquial flanqueada por dos ciriales, llevados por tres acólitos de monaguillo. Un grupo de niños que lucían un estandarte franciscano por el octavo centenario de su muerte. Una veintena de devotos alumbrando con cirio. Los guiones de las realidades de María Auxiliadora, Dolores, Consuelo, Estudiantes, Salud y Santa Eufemia.
Seguidamente, un cuerpo de acólitos de monaguillo y dalmática cortejando la Reliquia del Lignum Crucis. Por último, acólitos con dalmática turiferarios y con faroles que abrían paso a las parihuelas que portaban la antigua custodia que se conserva en el Museo de la Ciudad, llevadas por cuatro jóvenes y dirigidos por Ramón Gómez León. Cerraban el Párroco, cuatro hombres con el palio, el coro y fieles acompañando en los rezos y cánticos.
El recorrido fue San Pedro, Toril, Acera Alta, Plazuela de San Zoilo y entrada al patio de la iglesia estudiantil. Allí hubo rezo de estación ante el altar montado en la puerta de entrada a la iglesia con San Luis de Tolosa, uno de los patronos de Málaga. Siguieron por Trasierras, Obispo, San Pedro y Santiago, donde hubo nueva estación, esta vez ante Santa Eufemia, que se dispuso en altar en su pórtico, recuperando su vinculación con el Corpus y su Octava.
Continuaron por Belén, con entrada al patio de la iglesia conventual de Belén donde se montó un altar con un San Francisco de Asís donde el Párroco impartió la bendición final, con el cántico de las religiosas clarisas y el altar montado por los Dolores. Y final hasta Santiago, donde terminó la procesión en el sagrario parroquial.
Finalizaba una Octava donde se rezó en comunidad, una práctica que quizá pasa desapercibida por las aceras y los grupos cristianos. Es la esencia de todo movimiento eclesial. Lleva dos años esta recuperación que debe de ser eje del día a día de toda realidad parroquial.









































