sábado 21 marzo 2026
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Félix Jiménez exalta en su Pregón un rosario donde pide seguir a Cristo acompañando a su Madre en Antequera

El Pregón de la Semana Santa de Antequera de 2026 deja la frase del pregonero, Francisco Félix José Jiménez Zurita, «Sigamos a Cristo» como recuerdo de su exaltación en la tarde-noche del sábado 21 de marzo en San Juan de Dios. Mostró orgulloso sus apellidos con capa y flor, su clase, su oratoria, su forma de conectar e hilar un pregón a base de cuentas de rosario, iniciando y terminando su pregón con un canto a la madre, evocando a su tierra, a su madre y a su Virgen de la Paz. Una obra arquitectónica cristiana, con motivo de la Semana Santa, y con maneras taurinas.

Condujo el acto el secretario de la Agrupación, Guillermo Ramos, quien tras dar la bienvenida dio paso a la cronista, Rocío Moltó, que presentó al pregonero, al no poder asistir por problemas de salud el del pasado año, Pablo Javier Guerrero. Su esposa, la periodista expuso un perfil profundamente humano, culto y cofrade de Félix Jiménez Zurita, al que definió como una persona de “solidez poco frecuente”, firme en sus convicciones y alejada de toda superficialidad. Félix fue presentado como un hombre en el que confluyen el rigor intelectual y una sensibilidad exquisita hacia el arte, la música, la literatura, la arquitectura y la belleza entendida como camino de conocimiento.

En el templo, presidieron el arcipreste Antonio Jiménez, el alcalde Manuel Barón y el presidente Juan Manuel Vegas junto a sus esposas, la viceconsejera andaluza Ana Corredera, el vicepresidente de la Diputación Juan Rosas y la madre del pregonero.

El Pregón: entre un canto sentido a su tierra de un cofrade con faena de pregonero

Nada más subir, con capa, elegante como dispone, su hermana le colocó un ramillete en recuerdo de su abuelo, conocido cariñosamente como «El Gafas». Como un maestro de tauromaquia, se puso ante el atril, sin micrófono, apoyándose en el silencio para conectar con el templo. Tras unos segundos comenzó su particular exordio como elogio a los evangelios de la piedra antequerana.

De memoria, salido del corazón, cantó a su tierra, a su madre y evocó a la suya propia. «Madre,
si tengo algo que decirte
es que, al hallarme frente a ti,
no puedo sino bendecir
todo lo que me permite contemplarte…
así, de bonita.
Y es que no sé mirarte
sin agradecer a Dios, en cada momento,
el poder verte».

No paró de recitar, usar el lenguaje de sus manos, cuerpo, mirada y tiempos de respiración donde terminó su primera faena con:

«Y es cierto que, en la mirada de un hijo,
su madre será siempre la más bonita;
pero yo veo Menga, el Portichuelo,
el Carmen o San Sebastián,
y pienso siempre hacia adentro, con total sinceridad:
las otras serán muy bonitas,
pero la mía es guapa de verdad.
Gracias, Dios mío, por la madre que tengo,
por su luz, sus aires, sus tiempos y sus silencios,
su Madre de Dios, sus torres, su vega y su Torcal,
por esa belleza tan suya: su extrema generosidad,
por inculcarme lo cristiano muy dentro de mi ser
e intentar hacer conmigo, así, un hombre de verdad.
Gracias por este orgullo limpio que siento,
que a mí me rompe el pecho,
por esta alegría que me enciende y me atraviesa.
Yo no alcanzo a tu altura, Madre, ni llego a tu grandeza,
pero te juro que a eso consagro mi vida entera,
porque, si guardo algún orgullo en lo más hondo de mí,
siempre será, y lo tienes que saber:
hasta el día en que me muera
el poder llamarte madre mía,
mi bonita, mi guapa, mi Antequera».

 

Saludos y el rosario de las cofradías que siguen a Cristo

Tras saludar a quienes estuvieron en el acto, dejó claro su columna vertebral:

«Antequeranos… ¡sigamos a Cristo!
Cada uno desde su casa,
cada cual desde su iglesia,
desde su cofradía amada
donde el corazón se entrega.
Honremos al Señor vivo,
con entrega verdadera;
no por costumbre heredada,
sino por gracia que quema.
Y que Antequera lo acoja
como lo hizo en su historia:
con fe que no es apariencia,
sino fidelidad que honra.
Que pase el Señor por ella,
y que su paso la eleve;
que nuestra tierra lo proclame
como solo ella se atreve.
Antequeranos… ¡sigamos a Cristo!».

Fue cuando compartió su estructura clásica de pregón:

«Y yo, que soy dominico,
sigo a Cristo con la oración
que mi dominica madre me confió.
Y siendo ella copatrona de Antequera,
no puede haber forma más bella
de orientar este pregón.
Sean mis palabras Rosario:
cada día de nuestra semana
una cuenta en esta oración,
cada misterio enunciado
un tesoro para este pregón,
sea norte de mi dominica pluma
la oración que mi dulce madre me enseñó».

Primera cuenta de mi rosario antequerano:

«Es Domingo de Ramos en Antequera y la coqueta torre de San Agustín estrena la
luz alegre del sol de primavera. Algarabía en Infante, campanas que tañen
contentas, estampados vistosos en los vestidos, muchachos que estrenan, con más
ilusión que porte, floreadas corbatas de nudo prestado. Regusto en el aire a bacalao
frito, dulzor que termina en canela. Pequeños espadachines de palmas contra el
cielo de camino a su alegre penitencia. Ese pálpito extraño en el corazón de vivir un
día tan alegre como hondo, tan preámbulo como meta».

«María de la Esperanza,
bendice tu bendita tierra,
abre tus manos, Madre,
y haz más fértil su vega.
Bendice el fruto del campo,
florece sus olivares,
que quiero, Madre, ramones
que a tu Hijo sirvan de altares.
Acoge esta tierra en tus manos
y danos siempre tu esperanza;
Antequera clama en alabanza
por todos sus hijos cristianos.
Otorga a esta tierra consolación
y conforta de tus hijos el corazón
con esa esperanza de hermanos.
Que ya todos los antequeranos
con fe nos regocijamos:
¡que es Domingo de Ramos
y con nuestra fe más viva y rica
sale a las calles la Pollinica!
¡Queremos verte, Esperanza, así de bonita!».

El pregonero se agarró al atril y se sintió seguro de lo que había estudiado al milímetro como si fuera un edificio por hacer como era su pregón.

Siguió por la segunda cuenta de mi rosario antequerano: «Es Lunes Santo en Antequera y el aire en San Francisco yace disuelto en incienso teñido de verde. Día primero que sabe a día grande. Almohadilla a juego con traje en muchachos que desfilan hacia el templo. Sobre el traje, una banda que huele a vega, sabe a antiguo y suena a triste. Su natural júbilo, hoy doliente, serena la ciudad. La luz enrarecida rejuvenece la antigua piedra del sabio templo para hacer aún más bellas unas imágenes que resuenan en lamento. Y en Antequera, la Cruz no esperará al Viernes».

Estudió exprimir lo que cada imagen supone y poder recorrer todas ellas buscando lo que más llega al corazón de cada devoto:

«Santo Cristo Verde, silencio después del grito.
Muerte como promesa de vega.
Muerte como proclamación evidente.
Muerte como quietud que conforta.
Testa caída como descanso divino,
boca entreabierta por la exhalación del último aliento,
cuerpo rígido sobre la Cruz tensado.
Luz tenue de cuatro hachones de cera verde.
Luna que contempla corona de azucenas
con la que, para consolar la Muerte de Cristo,
Antequera devotamente se afana.
Dulce rostro inerte que muestra victoria cristiana.
Y Ella va siempre a su vera». 

Llegó al Martes Santo vecino de su barrio. «Tercera cuenta de mi rosario antequerano:
Es Martes Santo en Antequera y la calle Herrezuelos luce más ancha que la calle
Estepa. Más que a Semana Santa, el día hoy sabe a Rescate. Velas como armas de fe
para un ejército de antequeranos. Aire que huele a saeta resonando en las mantillas.
Merecillas despierta celosa de Laguna y Porterías. Porciones de paraíso son los
balcones de calle la Vega. El barrio tiene el alma engalanada para ver al Cristo que
lleva en la cartera. Y que bendice la casa. Y que acompañó en el hospital. Hoy se
honra la última divina faz que estuvo en la retina de los familiares que ya no están.
Lo accesorio no tiene sitio el martes. Hoy todo es por Cristo. El orden como regla,
la sencillez como bandera, la fe como verdad».

«¡Antequeranos, pronto llegará el Martes Santo!
Y cuando pase el Rescate
con las manos atadas y el paso soberano,
recordemos que Cristo quiso ser preso
para rescatar al corazón humano.
Pero hay más pobreza de la que imaginamos,
más soledad de la que queremos ver;
hay heridas demasiado cerca
que preferimos no conocer.
Que al besar el pie del Rescate
pidiendo gracia y libertad,
sepamos ofrecer también nosotros
gestos vivos de caridad.
Porque Cristo sigue esperando rescate
en el rostro de cada hermano.
Que Antequera, que tanto ama
al Señor del Rescate soberano,
aprenda también a ser rescate
de tanto hermano olvidado
que vive entre nosotros… necesitado».

«Cuarta cuenta de mi rosario antequerano:
Es Miércoles Santo en Antequera y la fuente de San Sebastián se empequeñece para
hacer hueco al fervor del gentío. En el solemne traslado, sol radiante que perfuma el
rumor de la devoción. En la estación de penitencia, luna inmensa y honda que
ennoblece el silencio. Conciencias rotas por la dureza de la agonía».

«Carvajal te soñó en su taller oscuro
y en tu piel labró surcos como arada,
cada músculo un verso de dolor,
cada herida, salmo en carne viva blanca.
¿Quién te puso de rodillas, Rey del cielo?
¿Quién osó lacerar tu espalda sacra?
Fuimos todos. Fue nuestra cobardía.
Fue el silencio del justo que no habla.
Señor, bendices la tierra con tu sangre,
Señor que alzas del suelo la túnica sagrada,
en tu gesto humillado cabe un mundo
y toda mi alma en la dulzura de tu cara.
Penitentes descalzos van contigo
por las calles que el ruan negro enluta y calla,
hachones rojos como heridas vivas,
esparto que se ciñe como tu soga atada.
Antequera te mira de rodillas,
Antequera no tiene más palabras.
Señor del Mayor Dolor, perdona».

Llegó al Jueves Santo, el pregonero fue subiendo el tono y su confianza. Llegaban los días grandes. «Quinta cuenta de mi rosario antequerano:
Es Jueves Santo en Antequera,
y San Pedro se deshace en incienso y cera,
guardando en su inmenso vientre de piedra
a Cristo que anhela bendecir a su tierra».

«Por las calles de Antequera avanzas
como avanzaste camino del Calvario;
y en cada esquina de esta ciudad
hay un dolor que busca refugio en tus brazos.
Misericordia en tu sangre derramada,
Misericordia en tus brazos llagados,
Misericordia eterna sobre Antequera:
manantial de amor que no ha cesado.
Y tras la Cruz, como siempre, María:
Nuestra Señora del Consuelo camina.
Palio que sube por la Vega arriba
con un vaivén que es plegaria antigua.
Flor delicada que en San Pedro anida,
Reina callada de gracia encendida;
niña de Antequera, faz de azucena,
tez de nácar y mejilla encendida».

«Sexta cuenta de mi rosario antequerano:
Es Jueves Santo en el barrio de Santiago ny las yeserías de Belén, de hipnótico azul,
despiertan adormiladas entre dulzor de bienmesabe y tiempo embriagado de
incienso. El día en que el pan deviene Cristo, el humilde barrio panadero es barroca
peana de carrete para elevar al cielo a sus devociones. La Cuesta Merinos es la más
preciada tribuna a un Cristo que hoy, en Antequera, no puede ser más bonito. El río
de la Villa quisiera acercarse a ver cómo amarran los hermanacos más fieles sus
almohadillas heredadas. El aire es tan solemne como alegre, tan barroco como
honesto, tan humilde como opulento».

El pregonero se detuvo, sacó su jarrillo de agua como si fuera un torero que se presentaba solo ante un ruedo lleno de gente esperando que él solo terminara la faena.

«No hay reina que salga a la calle como lo hace ella.
¿Qué rostro tiene una madre que sigue a su hijo azotado?
¿Qué rostro cuando lo observa caído con la cruz cargado?
Es rostro de perla viva que el llanto tiene encendido,
aurora quebrada por siete dolores cumplidos.
Nácar silencioso que se deshace en claridad
mientras su peana sostiene su infinita majestad.
El palio la oculta al cielo para que no vea cómo llora,
y en sus mejillas la tristeza amarga anida y se demora.
Lágrimas que van cayendo como cuentas de un rosario callado,
cada una reza el eco amargo del martirio contemplado.
El dolor corona de lágrimas una faz tan pura y bella
que hasta el cielo baja a su palio para velar sobre ella.
Que en su palio infinito, hecho de luz, de plata y de estrella,
no hay soberana en la tierra que reine más alta que ella.
Y cuando pasa la Virgen de los Dolores
por el barrio que aprendió a quererla tanto,
Antequera humilde se inclina y comprende
que no hay forma más bella que reinar llorando.
¡Qué realeza la tuya en tu tibio llanto,
en Santiago enciende antiguos fervores!
¡Nadie llora tan bonito, ni tan dulce ni tan santo
como lo hace la reina, la Virgen de Dolores!».

Su cofradía como respiro de la recta final
La solemnidad con la que Félix Jiménez trazó su rosario precisó de un momento de relajación para encarar a su cofradía. Era su «séptima cuenta de mi rosario antequerano:
Es Viernes Santo en Antequera y la coqueta Citarilla despierta ilusionada ante el
día que espera todo el año. Tras la hora nona, un festivo luto barroco impera en
Santo Domingo. Antequera visita templos y en el dominico busca el dolor hecho
refinamiento, la más sofisticada y preciosa manera antequerana de honrar el
sufrimiento de Cristo. El rumor perpetuo de tantos devotos inundando la iglesia se
quiebra en hondo silencio interior al contemplar a Cristo».

Y sin esperarlo, dialoga con el público, buscando a sus hermanos de cofradías y dialoga con ellos, destacando el orgullo de hermano mayor honorario que es Antonio Carrasco, el todoterreno Martos que sacrificó ver a su Antequera o el siempre buscado mayordomo Jorge del Pino que todos buscan, pero siempre cumple y llega en su momento. Tras poder vaciarse, se preparó para piropear a su cofradía.

«¡Niño Perdido de Abajo,
la más cándida presencia de Cristo!
No hay fe más pura ni más sencilla
que la que tiene Antequera al amarte:
la de un pueblo que adora a un Cristo pequeño
porque en Niño Perdido, Dios es más grande».

«¡Antequeranos, sigamos a Cristo con su Dulce Nombre!
Que Antequera eleve sus andares con santo celo
y cargue su Cruz de plata que flota hasta el cielo,
dominico tesoro, revelación de luz.
¡Antequeranos, su Dulce Nombre es Jesús!»

«Antequeranos, sigamos a Cristo en su Buena Muerte.
Antequeranos, lo sabremos al tercer día.
Mirad sus heridas de amor:
y que acojan el alma de cada cual.
Y que en lo alto, el Angelote,
como centurión en cobre proclame a la vega y a la ciudad,
que Cristo de la Buena Muerte,
en su dulce expiración,
verdaderamente, Él era el Hijo de Dios».

Ahí rompió su rosario y dejó a su Virgen de la Paz… ¿para el final?

A pesar de ser de «Abajo», no escatimó en piropear a los de «Arriba». El recuerdo de su padre. «Octava cuenta de mi rosario antequerano:
Es Viernes Santo en Antequera y Cristo quiere ser escoltado por el Castillo y el
Camorro en su revelación en la Puerta del Cielo. Guiados por una devoción
inquebrantable, cientos de antequeranos llegan tan alto a la ciudad que hoy pueden
hablar de tú al Angelote. La riqueza de la Vega se hace hoy luto lujoso que en el
Portichuelo se perfuma con el aire cargado de romero que baja del Torcal. Desde la
puerta del cielo, Cristo camina hasta la del horizonte, junto al arco gigantesco, y los
vencejos, con un ahínco especial, porque saben que es Viernes Santo, en su honor
dibujan en su vuelo instantáneos sagrados garabatos que se deshacen en el cielo».

«Dirán que cruzaste lenta
San Sebastián y la Calzada,
que el Arco de los Gigantes
se inclinó cuando tú pasabas.
Que te miraron las torres,
que la Peña se asomaba,
que hasta el viento del Torcal
detuvo ante ti su palabra.

Pero yo no podré verte
cuando tu paso cruzara,
porque iré por otra senda
acompañando la carga.
Iré siguiendo a mi Cristo,
Nazareno de Dulce Nombre,
con la cruz sobre los hombros
bendiciendo a los hombres.
Mas cuando subas la cuesta
que a la Citarilla alcanza,
se arrodillará la piedra
de la dominica plaza.
Y allí las dos madres santas
se saludarán frente a frente,
y los hermanacos alzarán las horquillas
hacia el cielo como lanzas de respeto
temblando sobre la gente.

Y al verte por vez primera, Señora,
frente a mi dominica casa,
algo dentro de mi pecho
te juro que se quiebra y se levanta.
Porque en tu dulce mirada
veré a los míos que faltan,
a los que siempre creyeron
en tu bendición callada.

Y levantaré mi alma
como horquilla levantada
para decirte en voz alta
lo que mi corazón guarda:
¡Viva la Madre bendita, Virgen del Socorro, guapa!»

Y nuevo giro. Tras su «vega» a por el Viernes Santo, el entierro de Cristo le hizo parar, emocionar, orar porque a la Madre de la Soledad se le muere su Hijo.

«Novena cuenta de mi rosario antequerano:
Es Viernes Santo en Antequera.
Eterna hora nona en la ciudad.
La temblorosa luz se apaga.
Solo la luna osa alumbrar.
Callen las torres y las plazas.

La Peña es sombra en la distancia.
La Vega deja de mirar.
El horizonte se ha rendido.
Nadie lo quiere recordar.
Del Torcal baja un viento antiguo.
Viene la noche a coronar.

Las calles sudan negra pena.
Nadie la quiere pronunciar.
Pasó el rumor de las campanas.
Empieza el luto de verdad.
Cristo reposa en su sepulcro.
La ciudad aprende a callar.
Solo el tambor rompe el aire.
Pum. Pum. Pum. Nada más». Golpea sobre el atril y deja de nuevo en vilo al templo.

«Porque hay dolores tan hondos
que solo saben callar.
Antequeranos, sigamos a Cristo.
No lo dejemos pasar.
Cristo duerme en Santo Entierro.
La noche lo viene a velar.
Este es el Viernes más hondo
que Antequera sabe abrazar.
Llore Antequera en silencio.
Llore la piedra ancestral.
Que el sepulcro guarda un fuego
que nadie puede apagar.
Y este pregonero proclama
lo que el silencio dirá:
Antequeranos, sigamos a Cristo.
Porque Cristo resucitará».

Y en un abrir y cerrar los ojos, el triunfo de la vida a la muerte. «Décima cuenta de mi rosario antequerano»:
«El misterio que hace verdad todo lo anterior.
¡Antequeranos, mirad el sepulcro!
La piedra ha sido apartada del sepulcro,
y la tumba amanece vacía.
Cristo ha resucitado.
¡Cristo vive!
Antequera, que lloró en silencio,
puede alzar ahora su voz.
El Padre lo ha levantado de entre los muertos,
y la muerte ha sido vencida
por la luz invencible de la vida.
¡Cristo ha resucitado!
Antequera ha despertado esta noche
ante la gloria que aguardaban los siglos.
¡Cristo vive para siempre!»

Y como final de su rosario:

«Cuando la palabra ha cumplido su camino por Antequera,
y esta voz ha ido rezando su rosario en esta iglesia;
cuando la Pasión fue cantada por las calles de esta tierra
y el sepulcro abierto al alba nos anunció vida eterna;
aquí termina mi voz, aquí concluye la plegaria:
solo quiso ser oración alzándose en esta iglesia,
rezada al modo dominico —como el alma la contempla—
con luz, aire, tiempo y silencio sosteniendo la certeza.
Y si algo queda esta noche de cuanto aquí se dijera,
que sea Cristo resucitado vivo en la fe de Antequera.
Que lo proclame esta tierra con su fe antigua y perpetua:
Antequeranos… sigamos a Cristo.

Que viva su Semana Grande con fe encendida y sincera;
que lo digan juntos sus hijos con alegría verdadera.
Antequeranos… sigamos a Cristo.
Que Cristo viva en Antequera.
Amén».

El público se puso en pie, pero el pregonero siguió exaltando con el epílogo: Rezo a la madre antequerana. Se apagaron las luces…

«Madre,
si tengo algo que decirte
es que, al hallarme frente a ti,
no puedo sino bendecir
todo lo que me permite contemplarte…
así de bonita.
Y es que no sé mirarte
sin agradecer a Dios, en cada momento,
el poder verte.

Sé bien que a mí me vence la emoción,
mientras tú estás hecha de serenidad,
de esa calma profunda
ante la que ni el tiempo se atreve.
Tú, libre, siempre a lo eterno;
yo, cautivo de formas volubles.
Por eso te miro tanto,
para aprender de ti la calma
que yo no sé guardar.

Tú sabes estar;
yo soy apenas un aprendiz en eso de mirarte.
Mi pasión consiste siempre en lo mismo:
en observarte en silencio,
en dar gracias por lo que de ti en mí perdura,
y en bendecir cuanto me permite contemplarte». 

Y fue cuando la divinidad del pregonero se convirtió humana cuando emocionó al compartir lo que siente en la citarilla:

«Por un momento siento, madre,
un temblor leve y antiguo:
el alma de mi padre pasa
como un saludo bendito.
Sigue a la Virgen del Socorro
como siempre la ha seguido,
y alzadas van las horquillas
cuando tu paso ha venido.
Dos madres se reconocen
sobre el fervor compartido;
una bendice la plaza,
otra levanta el camino.
Y en ese cruce de luces
todo se vuelve infinito:
la noche está hecha de cielo,
la plaza es toda ella un himno.
Y yo me quedo en la plaza
con todo el ser reunido:
mi mundo entero en un punto,
mi padre que sigue hasta el cielo,
mi corazón recogido.
Porque allí todo se alza
como un incendio divino,
y tú reinando en la noche
sin pedir nada a tus hijos.
Y entonces entiendo, madre,
lo que siempre había sentido:
que mi ciudad sin ti sería un nombre,
pero ser Antequera lo es solo contigo».

Y dejó su exhortación a la Virgen de la Paz cuando se dio la vuelta y habló cara a cara, de tú a tú a la fotografía de su Virgen de la Paz:

«Madre,
de dulzura infinita hecha serenidad,
perdona,
no me he atrevido a nombrarte.
Mas yo no podría pregonarte:
tanta grandeza
yo no la sé pronunciar.
Sigan a Cristo, antequeranos,
desde su ser que lo siga cada cual,
yo lo acompaño refugiado en mi madre,
en su rostro, su mirada y sus manos,
en ella es desde donde mi alma sabe rezar.
Que cada antequerano acompañe a su madre,
que cada uno se refugie en su mirar.
Yo mis ojos, mi alma y mi vida tengo en la mía
y solo con ella puedo acabar
este pregón de Dios y de Antequera,
y como todo, hasta el día en que me muera,
que sirva para que a Ella,
a preciosa perla,
más se le pueda honrar.

¡Gloria a mi madre, la azucena más serena
que en Antequera pueda reinar,
mi guapa, mi bonita, madre primera,
mi dulcísima Virgen de la Paz!

Con la única voluntad de servir a Dios,
con más cariño que talento,
con más esfuerzo que inspiración,
siendo todo lo gafas
que el Señor me ha dado la gracia de ser,
En Antequera, a 21 de marzo de 2026.
He dicho».

Volvieron las luces al templo, el templo a sus pies, emoción, abrazos, y el pregonero que veía cumplido el sueño de noches de vigilia, de sentimientos, de súplicas, de recuerdos, de medidas, desmedidas, de querer cantar a su madre, Antequera, pero siguiendo a Cristo, su Hijo.

Para terminar, y antes de las múltiples felicitaciones, el actual presidente de la Agrupación, Juan Manuel Vegas Sancho, pidió a la anterior regidora, Trinidad Calvo, que, en una noche con tintes taurinos, entregaran alalimón el pergamino de pregonero a Félix Jiménez. 

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