Este domingo 25 de octubre el antequerano José María Fernández Rodríguez hubiera cumplido 145 años. Con motivo de este aniversario y tras la presentación de la tesis por parte de Miguel Ángel Fuentes, recordamos el artículo que publicó Belén Ruiz Garrido, profesora del Departamento de Historia del Arte Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Málaga, con motivo del Centenario de El Sol de Antequera en 2018, así como reseñas de Ángel Guerrero en estas páginas.
Así, los antequeranos de hoy, antes de la entrevista que vamos a realizar en breve a Fuentes, pueden bucear en la historia de este personaje que nos legó recopilar la historia del pasado y dejarnos la base para todo lo que hoy investigadores e historiadores pulen. Así, Ruiz Garrido cita que «a finales del siglo XIX, Joaquín Martínez de la Vega, profesor del entonces joven estudiante José María Fernández, retrató a su alumno en un espléndido pastel dedicado: “A mi querido discípulo J. Fernández le dedico este estudio para que recuerde días amargos para mí y lo mucho que le quiero”.
«Imaginamos a nuestro pintor antequerano, pasados los años, observando ese retrato que habría conservado como recuerdo imborrable de su maestro. Íntimo, introspectivo y sincero, el pastel trasluce la identificación con una imagen melancólica y tímida de un joven aprendiz de pintor, de piel pálida y atuendo elegante, que cierra los ojos para… quizás soñar».
Pasados los años, «con la añoranza de la juventud perdida y de la ilusión plena, con viajes y vivencias, el encuentro del amor y la llegada de los hijos, con expectativas profesionales por venir, las palabras del maestro de vida amarga vendrían a su recuerdo como una premonición funesta de coincidencias sorprendentes».
Volver a José María Fernández. «Y volver a su Antequera amada y sufrida, tal y como manifiestan sus palabras y una valoración de su bagaje. Y qué mejor regreso que acompañados por José Antonio Muñoz Rojas, el poeta amigo y albacea del pintor, descrito como“físicamente leve y quebradizo, atildado en el vestir, vivaz la mirada tras los gruesos lentes, cáustica y precisa la palabra”. Y al que define emparentando certeramente vida y obra: “pintó o dibujó toda su vida y todo cuanto su vida le ofreció”. El pintor de mirada certera, a veces complaciente, y otras desbordante de imaginación, observador siempre, crítico y delicado, se amparó en el arte, como dificultoso modo de vida y como refugio permisivo con existencias paralelas».
Entre sus pertenencias «encontramos un borrador en el que traza una semblanza de sí mismo, y en el que parece formular una declaración de intenciones: “no hemos de caer en la puerilidad o la malicia en descubrir al pintor, maduro, cuajado, en el tiempo y el arte y el hombre (…) que huyó siempre del reclamo (…) Don José Mª Fernández reside y pinta desde hace años en Antequera, ciudad que no es precisamente la Atenas de Pericles. En ambiente poco propicio, Fernández ha producido independiente y ansioso de horizontes nuevos, sin ambiciones y enamorado del arte”.
Tres perfiles para acercarnos al artista «que vivió una vida anhelante, vocacional, resignada y sufrida, y, sobre todo, consagrada al arte en sus más diversas manifestaciones. José María Fernández Rodríguez nace en el número 8 de la calle Estepa, el 25 de octubre de 1881 (el mismo día, mes y año que Pablo Ruiz Picasso). Sus restos reposan en el cementerio de la localidad desde su fallecimiento, el 12 de octubre de 1947», sigue Belén Ruiz Garrido.
Su formación académica tuvo lugar en la Escuela de Artes y Oficios de Málaga. «De esta etapa se conservan cuadernos que evidencian sus dotes para el dibujo y algunas de sus preferencias artísticas, como demuestra un soberbio retrato de Goya, al que homenajeará, posteriormente, en una serie completa. Una primera madurez se vincula al periodo iniciado en 1903, el de sus viajes y estancias en algunas de las ciudades europeas y españolas de mayor efervescencia artística: París, Londres, Bruselas, y, posteriormente, Barcelona y Madrid. Parte de su producción responderá a las perspectivas de la modernidad finisecular presente en su horizonte creativo. Su regreso definitivo a Antequera, entre 1911 y 1913, marcará el resto de su trayectoria vital y profesional, vinculada a toda actividad cultural y artística de la ciudad, y muy difícil desde lo personal, por afrontar el dolor y la desesperanza de las pérdidas familiares –la de su mujer, Rosario Oltra, y sus cuatro hijos– y los problemas de supervivencia».
En su Antequera natal, «formó parte activamente de la vida cultural desde amplios frentes. Fue colaborador del abanico de publicaciones locales, como Patria Chica, Antikaria, Antequera por su Amor, Nueva Revista, El Sol de Antequera, Revista Antequerana o La Unión Patriótica, diseñando portadas y difundiendo sus trabajos de investigación y defensa encomiable del patrimonio histórico-artístico». Es en nuestras páginas donde deja gran parte de sus artículos de investigación que llevaron a la publicación de libros como «Las Iglesias de Antequera»
Llevó a cabo una labor incansable y pionera en el Archivo Municipal y como Cronista, «en pos del conocimiento, preservación y difusión patrimonial, entre los que destacaron los dólmenes, la Colegiata de Santa María, o la puesta en valor de la especificidad del barroco antequerano; participó en la creación de una Junta Local de Turismo para la que redactó Antequera turística y sus principales industrias. Fruto de estos empeños fue su trabajo de referencia: Las Iglesias de Antequera (1943, 1971), y sus reconocimientos como miembro redactor del Catálogo Artístico y Arqueológico de la ciudad, Académico correspondiente de la Academia de Bellas Artes de San Telmo y Asesor Provincial de Arte. Estuvo unido también a la fundación, docencia y dirección de la Escuela de Artes y Oficios de Antequera, cuya andadura resultó sumamente dificultosa».
A la ciudad legó una producción prolífica, «aunque escasamente expuesta en vida y, en su mayor parte, en muestras de pequeña entidad, exceptuando la Exposición Provincial de Málaga en 1924 o la individual de la Sociedad Económica de Amigos del País de Málaga, en 1932, así como la reproducción de algunas obras en La Esfera», comparte la profesora de la universidad malagueña.
El itinerario más “público”, y reconocido, «atiende a géneros y temáticas vinculadas a la exploración y recreación de lo local, que convierten al artista en cronista visual de su época; y lo hace, en retratos al pastel y al óleo, en un excelente muestrario de caricaturas de personajes y tipos antequeranos, y en visiones sugerentes de la ciudad, sus arquitecturas, la historia y las leyendas. Esta faceta atendería a unos lícitos intereses comerciales, en armonía con su curiosidad por el entorno».
Otro camino desvela una dimensión “íntima”, y, en consecuencia, más desconocida en su momento. «La predilección por el ser humano vertebra su producción. Fernández no dejó de pintar en toda su vida su propia vida. Retrata a su familia, en cientos de dibujos, pasteles y óleos, de sensible espontaneidad, elevando la aparente intrascendencia a motivación plástica; también en los autorretratos, que le sirven de ejercicios y autoconcepción de su condición».
Plantea la construcción de la “feminidad” en visiones arquetípicas del desnudo. «Y, sobre todo, revela la condición humana y sus rasgos múltiples. Por ello,las pasiones humanas, la vida y la muerte, centrantres series de cientos de dibujos, y algunos pasteles y óleos, de gran entidad iconográfica y simbólica. Una suerte de diario pictórico con referencias a la mitología báquica y la Antigüedad como paraísos perdidos y soñados; las fiestas transgresoras, como el carnaval con toda su “fauna”, la noche de San Juan y el circo; y la España profunda, con los motivos que proporcionan ese carácter abismal y negro, el ritual, la carne y la muerte, los esperpentos goyescos, la visión implacable sobre las procesiones antequeranas, los toros y el baile flamenco, la temática eclesial, los ajusticiamientos inquisitoriales, las ejecuciones, y los desastres de la guerra, las miserias humanas, la pobreza, la locura y la prostitución».
En definitiva, «sus secretos mejor guardados, aquellos que hubieran terminado de confirmar su fama de exótico, en los que la importancia de todo un bagaje cultural y estético se revelan», concluye Belén Ruiz.


Su trayectoria en Antequera
Ángel Guerrero escribió de él que «José María Fernández Rodríguez puede ser considerado como una de las más grandes y polifacéticas figuras de la Historia de Antequera en virtud de sus trabajos como pintor, historiador e investigador». Nacido el 25 de octubre de 1881 en su casa familiar de la calle Infante Don Fernando, hijo del “propietario” Tomás Fernández Rodríguez, natural de Soto de Carneros, Logroño, y de Emilia Rodríguez Revuelta, natural de Ceuta.
Sería bautizado el día siguiente, 26, en la iglesia parroquial de San Sebastián, por el Capellán de Honor y Misionero de Su Majestad y coadjutor de la Parroquia de San Sebastián, quien le impuso el nombre de “José, María, Agustín, Tomás y Crispín”, siendo sus padrinos Antonio López y Dolores Rodríguez.
En sus tiempos de estudiante, nacería una vocación especial de pintar con rapidez, esbozando a veces, detallando al máximo en otras, todo cuanto contemplaba, escenas de la vida diaria, fiestas como las del carnaval –que le dan pie para hacer dibujos fantasmagóricos, mitológicos o galantes–, Semana Santa –en los que recoge formidables visiones de lo que son los desfiles de las armadillas, las “vegas”, el gentío tras los “pasos”–, o la Feria, para, en su estudio, dedicarse a hacer soberbios retratos de figuras de su tiempo o de particulares que se los encargaban, cuando no dedicándose a pintar a su propia familia –en especial a su esposa– o a él mismo en numerosos autorretratos.
Su primera presencia pública en Antequera, tiene lugar con motivo de la Feria de Agosto de 1916, en la que el Ayuntamiento organizó una muestra de pintura y escultura. Después seguirían otras muchas, tanto en nuestra ciudad como en Málaga, pero mientras, no dejó de colaborar en “El Sol de Antequera” y otros, publicando sus descubrimientos, compendiados en una obra trascendental para conocer Antequera, “Las Iglesias de Antequera”.
A destacar su papel como profesor de dibujo y luego director de la Escuela de Artes y Oficios, o su participación en las fundaciones de la Biblioteca Antequerana, en los primeros pasos del Museo Arqueológico Municipal, todo lo cual le valdría ser nombrado Correspondiente de la Academia de Bellas Artes San Telmo. Por entonces comienza una época que marcaría su vida: desgracias familiares –su mujer muere en mayo de 1917; su cuarto hijo, Leocadio, cuatro meses después; el mayor, Emilio, en 1925; Dolores en 1930; José María en 1933– profesionales, económicas, que le hicieron un hombre taciturno, triste, apocado, todo lo cual, por fortuna, no incidió ni en la cantidad, ni en la calidad de sus trabajos, aunque de la mayoría de ellos se desprenda un aire melancólico.
Tanto dolor, hizo crisis y tuvo que ser internado en el Sanatorio que tenía en la Carrera de Madre Carmen el doctor Giménez Reyna, donde le fueron atendiendo sus amigos los doctores don José de la Cámara, don Bonifacio Sola o el propio Giménez Reyna. La esposa de éste, apenada por su triste vida, se encargaba de cuidarle personalmente, de procurar que tomara alimentos, de vigilar las medicaciones.
Finalmente, a las 5 de la madrugada del 12 de octubre de 1947, entregaba su alma a Dios. Su sepelio correspondió a lo que había sido su vida en los últimos años. José Antonio Muñoz Rojas, amigo y benefactor del insigne antequerano, en el prólogo a “Las Iglesias de Antequera”, recoge que “muy pocos amigos, entre los que recuerdo al propio Giménez Reyna, Antonio Muñoz y Francisco Madrona, lo acompañamos al cementerio, donde se reunirían sus restos con los que quedaban de su familia. Fue una escena patética que no olvidaré nunca y que acabó de cerrar una vida en la que los sufrimientos y las decepciones llevaron una buena parte”.
“El único amor que me ha quedado, ha sido el de Antequera, a la que he consagrado los mayores esfuerzos y desvelos de mi vida: en reconocimiento de este cariño, lego todos mis bienes a la ciudad” había dicho y se recoge en la necrológica que “El Sol de Antequera” dedicó al insigne antequerano, siete días después de su muerte. A pesar de sus penurias, donó todo a la ciudad y su obra está por ser reconocida más aún. De ahí que el Museo tenga sala propia, así como esta nueva tesis promueve conocerlo más y mejor.
Por cierto, que tuvo uno de sus estudios en la planta alta del hoy Centro Cultural de Unicaja, el mismo sitio donde años más tarde lo tuvo Cristóbal Toral. Fernández, un apasionado de la Historia de Antequera como refleja su destacado cuadro del Infante don Fernando en el escalera histórica del Ayuntamiento, así como de las tradiciones locales como el Carnaval o la Semana Santa, teniendo a su familia como eje de sus retratos.




