sábado 29 noviembre 2025
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El nacimiento de un niño que lo hace en silencio

Vivimos en unos tiempos donde sólo tenemos tiempo de fijarnos en lo malo, en las malas acciones, en las desgracias y no nos paramos para maravillarnos lo absolutamente entrañable que es vivir y apreciar lo que tienes a tu lado.

Nos viene a la pantalla del ordenador dos momentos intensos vividos en estos días. Ambos relacionados con dos niños. Uno, felizmente nacido, como nuevo apóstol en una familia, en la que creían que ya sabían todo lo que supone tener y amar a un hijo y la vida le ha dado otro regalo. Su misión sabrán con el paso de los años. La vida es un regalo que viene y va sin saber cuándo. Y mientras menos te lo esperas, a veces llega como respuesta a caminos complejos y sin destinos claros. Habrá costado, sí. No habrá sido lo fácil que parece, también. Pero no hay nada más increíble en esta vida que abrazar, sentir, amar, a esa pequeña criatura que la vida, Dios, el amor nos regala. ¡Es como ese Niño que pronto celebraremos en menos de un mes! El misterio de nuestra propia Navidad.

Por otro lado, un niño lleva meses estando presente en las oraciones, en los entresijos, en los pensamientos, en las intenciones de nuestro caminar y ha podido superar un nuevo escalón de lo difícil que es la vida. Porque sólo uno sabe lo difícil que es acostarse, dormir, levantarse bien y tener ánimos para seguir un día más.

¡Con todos estos obstáculos! ¿Qué nos pasa? ¿Por qué no somos igual de atentos, permisivos, solidarios, apóstoles en el día a día? ¡Qué pronto se nos pasan los malos momentos y qué pronto levantamos puentes y muros!

Al final, todo tiene un principio y un final. Y lo que percibimos de nuestros gobernantes, de los medios de comunicación y de las redes sociales, no tienen nada que ver con los buenos y ni tan buenos momentos que vivimos.

Ahora que estamos en puertas del Adviento, o del solsticio como a los modernos les gusta llamar ahora estas fiestas, ¿no podemos quedarnos con la luz que recibiremos? ¿No es hora de dejar atrás lo que nos separa y buscar lo que nos une? ¿Tiene que morir una persona para valorarla? ¿Sólo funcionamos ante las adversidades?

Ojalá estas semanas llenas de deseos, de buenos propósitos, sirvan para que vivamos como un equipo, no como entrenadores y presidentes donde sólo vemos el mal ajeno y se nos ha olvidado a trabajar en común.

Ojalá esos dos niños de los que nos hemos acordado mucho estos días, crezcan en una sociedad donde el “sí” esté por delante del “no”. La mano sea para ayudar y no para echar en cara. De todos depende. Del padre que concilie, del sanitario que comprenda, del administrador que priorice, del político que trabaje por quienes han confiado en él, por el enemigo que vea lo positivo que tenemos, por la abuela que se sienta útil, por la persona en soledad que sienta el abrazo, por quien perdió la memoria para que al menos tenga alguien que le guíe…

Sólo así viviremos mejor, porque en esta vida donde el insulto es el ejemplo, tiene que dar un giro. Ayudemos a esos jóvenes que aún tienen valores e ilusión por un mundo mejor, para realizar ese cambio que precisamos todos. Si no… esto es lo que nos queda: aparentar en las redes sociales, mientras que tenemos olvidado al que tenemos al lado… ¿esto es vida? ¿Ésta es la ilusión por vivir? Seguro que alguien empezará a transformarlo.

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