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Antequera como pacto de tolerancias

Los antequeranos nos quejamos cada vez más de que Antequera respire. Del ruido, del tráfico, de una celebración, de una terraza, de una ocupación temporal de la calle, de las campanas… de todo aquello que altera durante unas horas nuestro entorno inmediato.

Cada queja considerada aisladamente puede ser razonable. Pero la suma de todas ellas teminaría perfilando una Antequera en la que la interacción urbana resulta imposible: una concatenación aséptica de funciones, separadas para no interferirse, podrá ser ordenada; pero no será ciudad ni será la Antequera que conocemos.

Porque lo urbano nace de la mezcla: de la proximidad, de la superposición de funciones, de la convivencia entre usos que no siempre son compatibles. Antequera conserva todavía algo que muchas ciudades han perdido: una escala que permite que vivienda, comercio, ocio, culto, tránsito y celebración sigan encontrándose… con su punto justo de fricción.

En otros lugares, la radicalización de los usos ha convertido el territorio en áreas funcionales: centros volcados en el ocio y el turismo, periferias residenciales, zonas de trabajo separadas y desplazamientos continuos. ¿Es realmente ése el camino que queremos para Antequera?

Lo urbano no es ausencia de fricción, sino negociación permanente entre diferencias. Antequera descansa también sobre un pacto de tolerancias: ningún uso puede reclamar para sí la totalidad del espacio común.

Cuando toda interferencia se convierte en lesión y toda incomodidad en un derecho vulnerado, cada función reclama su inmunidad. Pero la inmunidad absoluta sólo se consigue separando. Y al separar aquello que antes aprendía a convivir, no ordenamos mejor Antequera: eliminamos el hecho urbano.

Quizá baste mirar el viejo lienzo anónimo de la peste, en Santo Domingo, para comprenderlo. Allí Antequera aparece como una acumulación simultánea de calles, culto, asistencia, tránsito, dolor, autoridad y vida cotidiana: un bellísimo y precario equilibrio de funciones que sólo existe porque ninguna de ellas ocupa por completo la ciudad.

Si seguimos pretendiendo eliminar cada fricción, acabaremos disolviendo precisamente ese equilibrio. Y entonces Antequera podrá ser más silenciosa, más reglada, más especializada y quizá incluso más cómoda. Pero correremos el riesgo de convertir una ciudad viva en algo mucho menos valioso: un museo tedioso y aséptico de sí misma.

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