viernes 29 agosto 2025

Inmadurez

Trascurría el 30 de mayo de este mismo año, cuando asistía a la XXVI promoción de alumnos de Enseñanza Secundaria Obligatoria del Colegio Nuestra Señora Del Carmen. No les digo de la elegancia y vestimenta de etiqueta, de los alumnos al cumplimentar, una de sus etapas educativas. Sí haré mención, a los cortes de pelo y, o peinados de los chicos, puesto que ellas, las chicas, con menos zozobra y más inteligencia (es sólo mi opinión) suelen modificar y adaptarse a nuevas modas con más… sutileza.

Quédome claro, tras reflexión muy personal, que la envidia no influiría en mis pensamientos que ahora paso a describir. El corte de pelo, la forma del peinado, destacando los flequillos y la zona superior del cráneo, allí donde el paso de los años dictamina, el como habrá el individuo de configurar sus peinados en adelante, siendo éstas las caprichosas zonas donde más pronto, el pelo, nos abandona.

Es, en estos jóvenes, transgresores de las modas, donde, se adoptan unos cortes del cabello y un peinado, les digo, a modo que pareciese que llevasen puesta una mullida gorra, confeccionada con su propio pelo. O quizá, en viendo otros cortes de flequillo, de tal manera que quisieran tapar o enmascarar parte del rostro de una forma, introvertida, tímida… ¿inmadura?, tal vez.

Inmadura no es, precisamente, la imagen que hoy les dejo, es más, su contenido hace ya más de medio siglo que desapareció, no existe, el tiempo lo borró, de la misma forma que también desapareció el problema para peinar el rebelde, negro y rizado pelo de quien les cuenta. Pero la imagen, ha perdurado y su inconexo formato podríamos definirlo como un homenaje al anacronismo.

La chabacana y burda taxidermia, aplicada a la jineta que algún día muriese al cruzar una carretera, por efecto del atropellamiento, de alguno de aquellos primeros turistas, que en los años sesenta llegaban hasta la Costa del Sol, no le eximió para formar parte del incoherente decorado de aquella vivienda, donde el máximo espectáculo, para sus moradores era, escuchar los cuentos que emitía radio nacional, el concurso “lo toma o lo deja”, las canciones de los Beatles, “los sonidos del silencio” de Simón y Garfunkel, Pekenikes con su Hilo de Seda, por dejarles sólo unos ejemplos de la maravillosa música que aquel aparato, enganchado a una enorme batería, era capaz de reproducir.

Y no, no es que mi familia estuviese emparentada con el pintor Goya, eran unas cajetillas de tabaco Goya, que reproducían una foto del pintor nacido a mediados del siglo XVIII, esas fotos, recortadas, servían para, colocadas estratégicamente decorar alguna damajuana, para ello hacía falta fumar mucho, claro. El discordante decorado continuaba con la foto de algún personaje de la familia junto a otros objetos que aún perduran en la memoria de quien creció, al amparo de aquellas cuatro paredes, un pequeño cuadro con los personajes del Nacimiento de Jesús, un recuerdo de algún familiar emigrado y que, procedente de Cataluña, nos daba la nota de modernidad, al tener la posibilidad de darnos a conocer la temperatura ambiente.

Porque si años han pasado, desde la existencia de esos objetos “devorados” por el demoledor trote del paso de los años, con sus fríos inviernos, el inevitable calor de los veranos, sin piscinas ni playas, ni por supuesto aire acondicionado, desconociendo la existencia de… algo tan simple como un grifo, ni luz eléctrica. Estudiando, leyendo, todo lo posible por conseguir, el Certificado de Estudios Primarios, que era lo máximo a lo que podía aspirar, al amparo de la bucólica luz de un quinqué. Si algo se ha mantenido, aún hoy, les decía es que, cuando escribo estas letras, en mi mente, todavía resuenan las sensaciones positivas que en su día se produjeron tras conseguir ese mínimo, título escolar. La graduación para la vida de adulto, estaba conseguida.

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